Por Emilio J. Sánchez

 

Los estudiantes que escuchan las disertaciones contra la democracia Americana y los males del capitalismo son los que nutren buena parte de las protestas de hoy

Días atrás unos amigos se quedaron desconcertados cuando su hija, de 21 años, les dijo que el profesor de Historia había prometido puntos extra a los alumnos que asistieran a las manifestaciones convocadas por Black Lives Matter.

Puede que para algunos este hecho sea absolutamente excepcional; no lo es, en cambio, para muchas familias cubanas que huyeron de la Cuba de Castro a principios de los 60 y vieron con indignación, primero, y resignación, después, que sus hijos se convirtieran a las ideas socialistas, ingresaran en las brigadas Venceremos y Antonio Maceo —con ellas pudieron conocer, in situ, la “experiencia del socialismo”— y, finalmente, no les perdonaran haberlos arrancado de la isla.

Este Via Crucis vuelve a repetirse en nuestros días, cuando cubanos de segunda y tercera generación observan, sorprendidos, que hijos y nietos criados con todas las comodidades de la “sociedad de consumo” abrazan, una vez llegados a la universidad —y a veces desde el High School— las ideas de izquierda y profesan su admiración por Bernie Sanders.

Los estudiantes que escuchan las disertaciones contra la democracia americana y los males del capitalismo son los que nutren buena parte de las protestas de hoy y que fomentan el caos en Chicago, Seattle y Portland. Y son los mismos que luego ocuparán posiciones en la academia, los medios de comunicación, las instituciones políticas y filantrópicas e incluso las grandes empresas.

Guerreros sociales

Mirado de cerca, el fenómeno no tiene nada de asombroso: la mayoría de los profesores de universidades y colleges en Estados Unidos profesan ideas izquierdistas

Aunque los estadounidenses se percatan de que ahora están sucediendo hechos impensados apenas cinco años atrás, aún no descubren la relación entre la convulsión social, por un lado, y la naturaleza de la educación superior, por otro.

Al tema ha dedicado bastante atención el psicólogo, profesor de la Universidad de Toronto, Jordan Peterson. Autor de varios libros, el canadiense se ha convertido en un fenómeno masivo entre los jóvenes —su canal de YouTube tiene más de 1.8 millones de suscriptores y, solo hasta 2018, sus videos han sido vistos más de 65 millones de veces—, referencia del pensamiento conservador y objeto del encono de la izquierda, grupos LGBTI y feministas.

Peterson ha insistido durante varios de los programas de su canal de YouTube en que las universidades preparan activistas, guerreros por la justicia social, y resiente la ignorancia de los estudiantes sobre temas de la contemporaneidad, verbigracia, los cientos de millones de muertos del comunismo: el Gulag soviético, la China de Mao o la Cambodia de Pol-Pot.

Un escritor que desde hace décadas viene abordando el mismo tema es David Horowitz. Él mismo estudiante vinculado en los 60 a organizaciones radicales, exmarxista y simpatizante de las Panteras Negras, ha escrito The Black Book of the American Left (2017), una colección en la que denuncia la expansión de la izquierda en la sociedad

El volumen VIII lo dedica a su presencia en las universidades: “La mayor tragedia de mi vida ha sido la destrucción de nuestro sistema educativo por parte de los progresistas y su conversión en un centro de adoctrinamiento y reclutamiento para la izquierda ideológica”.

Horrowitz también ha fustigado la ignorancia supina de los estudiantes evidenciada en las encuestas: “Una tercera parte de los millennials piensa que George W. Bush mató a más personas que Joseph Stalin. Un 25 por ciento sabe quién era Lenin, lo cual es una minoría, pero piensan que fue un gran personaje”.

Desbalance político

Desde los años 70 del siglo pasado numerosas investigaciones han constatado el paulatino aumento en la cifra de profesores de tendencias izquierdistas en las universidades, sobre todo en el área de humanidades —filología, comunicaciones, historia, sociología, psicología— y su correlato: la disminución de los de tendencia conservadora. En la actualidad, más del 50 por ciento del claustro se identifica con el Partido Demócrata y cerca del 10 por ciento con el Partido Republicano.

Asimismo, el número de profesores en las disciplinas mencionadas ha aumentado a un ritmo más rápido que en otras de menor carga política, lo que inclina aún más el peso hacia una parte del espectro.

Una encuesta de 2016 mostraba que los docentes conservadores o de tendencia republicana representaban el 4 por ciento de los historiadores, el 3 por ciento de los sociólogos y solo el 2 por ciento de los profesores de literatura. A ello hay que agregar la incorporación de mujeres y miembros de minorías como resultado de las políticas de Acción Afirmativa. Sin duda, el caso más relevante es el de las primeras, que han copado muchas cátedras universitarias y dado amplio cauce a ideologías feministas.

La cuestión, no obstante, no es solo de número y opción política individual. El principio central en el que se basó por décadas la educación en Estados Unidos fue la libertad de enseñanza, el fomento del pensamiento crítico y la confrontación de diferentes perspectivas en el proceso de búsqueda de la verdad.

Desde principios del siglo XIX se estableció un código de conducta moral: evitar aprovecharse de la inmadurez de los estudiantes para adoctrinarlos con las visiones políticas personales de los maestros.

Proselitismo ilustrado

Lamentablemente, es lo que ocurre hoy, cuando la frontera entre enseñanza y activismo se ha difuminado en la academia, al igual que ha sucedido en el periodismo con las que separaba la información de la opinión.

En las aulas los profesores explican su visión personal acerca de los fenómenos y acontecimientos sociales, del pasado y del presente, del arte y la literatura, del individuo y del grupo, la dan como la única válida mientras entregan una versión simplificada y peyorativa de otros enfoques, cuando no los suprimen.

Han desechado las ideas de El hombre unidimensional, la obra de Herbert Marcuse (1898–1979) que inspiró a la Nueva Izquierda en los 60. Ahora las lecciones se basan en corrientes neomarxistas de identidad de grupo y la antigua lucha de clases es presentada en términos de blancos, hombres, heterosexuales, judíos—los opresores— contra negros, mujeres, LGBTI, musulmanes—los oprimidos.

El sustrato ha sido fértil para el surgimiento de nuevos campos: Estudios de la Mujer, Estudios Afroamericanos, Estudios Chicanos, Estudios Homosexuales, Estudios Postcoloniales, Estudios sobre Supremacía Blanca, entre otros.

De aquí se derivan asignaturas, obligatorias u optativas, sesgadas en su misma base, que no se limitan a trasladar un corpus gnoseológico, sino que reclaman una toma de partido del estudiante no tanto para interpretar el mundo sino, como quería Karl Marx, para transformarlo en tanto “guerreros sociales”. Proselitismo ilustrado.

Vale la pena detenerse en el ámbito de la literatura, donde la tendencia antes mencionada ha logrado desplazar de los planes de estudio las obras clásicas por considerarlas una consecuencia de la supremacía blanca. En su lugar se han incluido otras de menor valía, pero representativas de cierta etnia, grupo u orientación sexual. A este enfoque de identidad de grupo el afamado crítico y académico Harold Bloom (1930–2019) calificó de “escuela del resentimiento”.

Bloom, quien ejerció la docencia por muchos años en las universidades de Yale, Harvard y New York, debe de haber sufrido este ataque a la herencia clásica occidental. No en balde se lamentaba de que “todos los criterios estéticos y casi todos los criterios intelectuales han sido abandonados en nombre de la armonía social y el remedio a la injusticia histórica”.

Algunos han denunciado la presencia de ideas izquierdistas en la enseñanza primaria y secundaria como resultado, al menos en parte, de un curriculum escorado a la izquierda en algunas carreras de pedagogía (escuelas de educación).

Ya se notan algunas señales de lo anterior: una escuela suprimió el himno nacional, otra incorporó la expresión de género desde el kindergarten, unas cuantas han retirado de sus bibliotecas obras de Mark Twain por considerarlas “racistas”… Recientemente la Junta Escolar del condado Miami-Dade aprobó introducir la “instrucción antirracista” en sus programas escolares. Es un hecho que la alegación del “racismo sistémico”, a pesar de carecer de base empírica, ha sido impuesta en la agenda social por grupos radicales y sus aliados. Muchas instituciones, empresas e individuos la han aceptado acríticamente, en muchos casos por contagio o presión social.

Atmósfera tóxica

La atmósfera es ciertamente tóxica. Se descarta la noción y práctica del “mercado de ideas” y la libertad de expresión. La cultura de la cancelación (suprimir las voces discordantes) desborda las redes sociales y levanta ronchas, como en la reciente carta de los 150 intelectuales contra la intolerancia en la izquierda (A Letter on Justice and Open Debate).

Los estudiantes exigen un “espacio seguro” donde interactuar con sus afines sin verse obligados a escuchar opiniones diferentes que contradigan sus convicciones en torno a raza, sexo, género, política o religión. Ello explica el boicot e incluso el ataque físico a conferencistas y autores conservadores.

¿Hay alguna esperanza de recuperar la universidad americana, la escuela que formaba profesionales competentes, no guerreros sociales? Por las tendencias que se observan en los últimos meses mi pronóstico es bastante pesimista. Muy difícil, aunque no imposible.

Ante todo, hay aún reservas morales en los jóvenes, buena parte de los cuales no se han dejado engatusar por las corrientes en boga y buscan sus propios caminos de aprendizaje y desarrollo personal. Gracias al caudal ilimitado de información que atesora la web, es posible vencer la intolerancia que prevalece en las aulas y que impide el enriquecedor debate de opiniones.

Además, ya existen varias organizaciones que tratan de movilizar a docentes y estudiantes para defender el derecho al libre intercambio de ideas. Pueden citarse, entre ellas, la Foundation for Individual Rights in Education (FIRE), la National Association of Scholars y la Association of Literary Scholars, Critics, and Writers.

Retomo el tema que con que inicié el artículo. Si su hijo o nieto —estudiante aplicado de college o universidad— viste una camiseta con la imagen del Che Guevara o en una conversación de sobremesa reacciona violentamente cuando usted se refiere a Nicolás Maduro como dictador, ya sabe las causas.

Si me pregunta qué debe hacer, le contesto que no lo sé (y lo digo por experiencia propia). Pero, al menos, ya estamos avisados.