Por Humberto Seijas Pittaluga

Desde Venezuela

 

Gracias a Dios, el castellano es muy rico en matices y distinciones.  Unos y otras se han modelado por el afán de precisión a lo largo de generaciones de hablantes.  Lamentablemente, el desenfado al hablar, la flojera mental, los guasaps más llenos de emoticones que de términos, están arruinando la riqueza del vocabulario actual.  Mucho del empleo actual del idioma desvertebra las posibilidades de expresión y el lenguaje ha devenido en “jetabulario”. 

A estas alturas, quienes no han abandonado la lectura estarán diciendo: “¿por dónde viene el tipo hoy”?  Pues por la precisión que debemos utilizar cuando hablamos o escribimos para endilgarle al régimen términos como “dictadura” o “fascista”.  Y lo hago porque, recientemente, un buen escritor y querido amigo, Eddy Barrios, sacó un artículo dedicado a clarificar los vocablos “dictador” y “tirano” afincándose en la historia de Cincinato.  Hoy, lo que haré es seguir la estela que Eddy, como buen marino, dejó.

Lucio Quincio Cincinato era un romano que, según Catón el Viejo representaba el arquetipo de la rectitud, honradez e integridad romanas.  A ellas se sumaban su falta de ambición personal, y capacidad estratégica militar.  En el año 458 antes de Cristo, el Senado, que estaba desesperado por la inminente invasión de unas tribus foráneas, discutió como enfrentarla y encontró sólo una solución: concentrar todos los poderes en manos de un solo hombre.  Y eligieron a Cincinato para concederle el título de dictador por seis meses y pedirle que salvara a Roma.  El elegido estaba en su finca al otro lado del Tíber, arando, cuando se le hizo llegar el requerimiento. A día siguiente se presentó en el Foro, llamó a todos los ciudadanos a las armas, los organizó en legiones y se puso al frente de ellas. En solo dieciséis días logró la victoria sobre los invasores. Cumplida su misión, el dictador —aunque le quedaban cinco meses y medio de poder absoluto en la ciudad— se despojó de la toga orlada de púrpura, rechazó todos los honores y se reintegró a su tierra para seguir arándola.

Por eso, el Diccionario de la RAE trae como tercera acepción de “dictador”: “Entre los antiguos romanos, magistrado supremo y temporal, que se nombraba en tiempos de peligro para la república”.  El problema radica en que la primera acepción del mataburros se adecua más a la circunstancia contemporánea: “En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyada en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica”.  Y a “dictadura” como: “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”.  Estarán de acuerdo conmigo en afirmar que ambas definiciones son el vivo retrato de la circunstancia venezolana de los últimos veinte años.

Los primeros, aunque basados en el bajeo del encantador de serpientes que pedía “un millardito”, tenían un cierto baño de legalidad.  Claro que si uno lo rasguñaba un poquito, se le caía el gold filled y se le veía el cobre.  Era el abuso del empleo de las leyes habilitantes.  Que la Constitución reserva para cosas muy específicas pero que Boves II las pervirtió y las empleó para todo lo que le diera su real gana.  El heredero no ha actuado distinto.  Por el contrario, a punta de “decretos de emergencia” —que tienen una finalidad muy específica y una vigencia limitada— y alcahueteados por un Tribunal Supremo (omito lo “de Justicia” porque es muy poquito lo que hacen por ella) he empeorado la situación que encontró. 

Hoy, Venezuela, por culpa de él y su manga de cómplices, está peor; en tal inopia que estamos por debajo de Haití como país más pobre del hemisferio.  Tanto, que el más reciente Índice de Miseria de Hanke nos coloca como el primero; el más miserable de todos, casi ocho veces peor que Zimbaue, veinte por encima de Sudán y ochenta sobre Argentina, que ya es mucho decir por lo bajo que la ha llevado el kirchnerismo.

Ya llevo casi setecientas palabras y no he hablado del otro término que anuncié al principio: el fascismo.  Que es una palabreja que Jorgito Audi Rodríguez se lo pasa endilgando a los de la acera de enfrente.  Es algo que los psiquiatras, como él sabe bien, llaman “proyección” y que consiste en un mecanismo de defensa de los psicóticos que les atribuyen a otras personas los impulsos censurables que aquellos sufren.

Para caracterizar al fascismo, lo mejor es recordar la enumeración que hizo Umberto Eco en 1995, cuando se conmemoraba el quincuagésimo aniversario de la derrota del fascismo en Italia.  Dijo que sus rasgos más significativos de ese sistema político son: que el fascismo no tiene una filosofía, ni un pensamiento rigurosamente estructurado, pero se basa en un totalitarismo impreciso, cruel, intolerante y dictatorial en el cual: se exacerba el culto a la nacionalidad y los prohombres de la historia patria. 

Que entiende al líder carismático como un único y fiel intérprete del designio nacional y por eso es quien expresa la voluntad de la nación.  Que preconiza el estatismo y condena la democracia representativa. Que emplea la frustración individual o colectiva para exaltar y movilizar las masas a su favor.  Que mantiene una obsesión en creer en los complots y las amenazas de unos enemigos coligados que no están con la revolución: empresarios, gremios, iglesia, universitarios, medios de comunicación, ONG, etc.  Que tiene una fascinación por las armas y el militarismo.  Que busca el enfrentamiento permanente.  Que hace uso sistemático de la mentira.  Que invierte en su discurso la naturaleza real de las cosas, como convertir las víctimas en victimarios; en ser el golpista y acusar al otro de serlo.

Eco afirma que si un gobierno o un partido político muestra algunas de esas características, puede ser reputado como fascista.  El conflicto venezolano está en que en la fulana robolución concurren todas y cada una de esas características.  Ergo, son fascistas…