LA MUERTE DE OSAMA  Y EL NUEVO OBAMA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

 

En los últimos meses, el equipo de campaña para las elecciones del 2012 del Presidente Barack Obama ha visto con preocupación la caída vertiginosa de la popularidad de su candidato en las encuestas de opinión pública. Un informe del mes de abril de la prestigiosa firma encuestadora Gallup arrojo el ominoso resultado de solo un 41 por ciento de aprobación entre los votantes de ambos partidos y, peor aún, de sólo un 35 por ciento entre los electores independientes. Estos últimos fueron los electores que le dieron la victoria en el 2008 y sin los cuales no podría ganar en el 2012.

 

Uno de los puntos vulnerables del presidente es la justificada percepción del pueblo norteamericano de que al actual residente de la Casa Blanca le queda grande el uniforme de Comandante en Jefe. Sus adversarios republicanos alimentan esta percepción con sólidos argumentos sobre la renuencia de Obama a calificar de terroristas a los vándalos islámicos y sobre su conducta dubitativa ante los recientes brotes de libertad en Irán, Egipto, Yemen, Túnez, Siria y Libia. Un hecho destacado la semana pasada por nuestro colega en La Nueva Nacion, Charles Krauthammer, en su artículo “Obama, Lider de la Retaguardia”.  

Pero no hay nada como el riesgo de perder el poder para motivar a la mayoría de los políticos a tomar medidas totalmente inesperadas y hasta contrarias a sus conductas y convicciones previas. Porque, nadie se llame a engaño, Obama es un izquierdista incurable que se abochorna del poderío norteamericano y que, muchas veces, ha incurrido en la tontería de negar las virtudes de su propio país con el objeto de caerles bien a los enemigos jurados de los Estados Unidos.

 

Es el candidato que, en la campaña del 2008, prometió cerrar la prisión de la Base Naval de Guantánamo y poner fin a los sistemas para interrogar a los terroristas encarcelados en la misma por considerarlos lesivos a los derechos humanos. El candidato que expresó su disposición a dialogar con el monstruo de Ahmadinejad y le aceptó chistes de mal gusto al payaso de Chávez sobreestimando su carisma y su capacidad dialéctica para ganar mas batallas con argumentos y sonrisas que con balas. Es, en síntesis, un guerrero renuente que utilizó la capacidad militar de los Estados Unidos solamente cuando la misma sirvió para promover sus propios intereses políticos.

 

Pero, más allá de las motivaciones personales de Obama, la liquidación física de Osama Bin Laden contiene un mensaje inequívoco para los enemigos de los Estados Unidos entre los que se encuentran los Castro, los Chávez, los Ortega, los Morales y los Correa. Quienes, dicho sea de paso, han mantenido silencio algunos y moderación todos con respecto a esta prueba de la inmensa capacidad militar norteamericana para mandar al infierno a criminales de tal calaña y peligrosidad. Tengo la bien fundada sospecha de que los mandones de la Habana y de Caracas no duermen bien por estos días porque se han dado cuenta de que, al menos por los próximos dos años, no pueden contar con la pasividad de Obama para sus artimañas, chantajes y felonías.

 

En los meses que nos separan de noviembre del 2012 veremos a un Obama transformado, al menos en lo externo, de izquierdista indiferente ante asuntos de seguridad nacional en político endurecido por la experiencia en el cargo y por la ambición de mantenerse en el poder a toda costa. Estarían muy equivocados los republicanos si piensan que este hombre está derrotado o será tímido a la hora de confrontar a sus adversarios. Harían bien en tener presente la pateadura que Obama les propinó a estrategas políticos formidables como los Clinton en las primarias del 2008. Este hombre será oportunista, despiadado y habilidoso en su lucha por preservar el poder.

 

Seremos por lo tanto testigos de cambios en sus proyectos y prioridades. Sus promesas de legalizar la presencia de los inmigrantes hispanos, en su mayoría mexicanos, estarán condicionadas a medidas encaminadas a asegurar las fronteras y a proteger la seguridad nacional. Sus iniciativas para iniciar cualquier tipo de diálogo con la tiranía castrista serán paralizadas durante el tiempo que queda de la campaña presidencial. Obama sabe sumar y restar y está consciente de que necesita los votos electorales de la Florida para permanecer en la Casa Blanca más allá del 2012.

 

En un estado bajo control republicano, tanto en la gobernación como en el poder legislativo, el voto cubano adquiere mayor importancia para decidir al ganador. Sus asesores ya le habrán recordado la suerte que corrió Al Gore en el 2,000 cuando los cubanos decidieron pasarles la cuenta a los demócratas por la bajeza de Clinton y Janet Reno de entregarle a Elián Gonzalez al tirano ensangrentado y satánico.

 

En cuanto al futuro inmediato, aunque no se producirán cambios de consideración entre sus partidarios demócratas o sus adversarios republicanos, Obama aumentará sin dudas su nivel de aprobación entre los votantes independientes, que son los que más cuentan a la hora de decidir elecciones. Pero eso no garantiza en lo más mínimo su reelección en el 2012. Que se lo pregunte a Bush padre, quien contaba con un nivel de aprobación sin precedentes del 90 por ciento en marzo de 1991, una semana después del final de la Guerra del Golfo. Veinte meses después fue derrotado por el locuaz gobernador de un pequeño estado sureño casi desconocido a nivel nacional y con credenciales muy inferiores a las del entonces presidente Bush.

 

Por lo tanto, los 18 meses que nos separan de las próximas elecciones presidenciales constituyen un verdadero reto a las aspiraciones de reelección del Presidente Obama. Pasada la euforia de las próximas semanas, el norteamericano promedio enfocará su atención en la reforma de un sistema de salud que pocos entienden y la mayoría rechaza, un plan de estímulo económico que ha sido un rotundo fracaso, un aumento de impuestos que amenaza la creación de empleos y un déficit presupuestario sin precedentes en la historia de la nación.

Pero los factores de mayor impacto serán las tasas de desempleo y el precio del combustible. Con los mayores niveles de desempleo en 25 años y más de 4 dólares el precio promedio del galón de gasolina los norteamericanos podrían olvidar pronto la euforia del ajuste de cuentas a Bin Laden. Ante este panorama, muchas familias de recursos limitados y ancianos en retiro tendrán que optar este próximo invierno entre morir de frío o morir de hambre. Para resultar reelecto, Obama tiene que ganar esta batalla que es bastante más difícil que dar muerte a Osama Bin Laden.

 

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