FÉLIX VARELA:

SACERDOTE, PATRIOTA Y SANTO

P. Arnaldo Bazán

PARTE II

EL HABANERO

 

Buscando alivio a su asma, y en general a su débil salud, Varela decide ir a Filadelfia en el año 1824, quizás por consejo de algún médico amigo o de alguna persona que consideraba mejor el clima de aquella ciudad.

Fue allí que se realiza la idea de editar un periódico político y cultural, mientras se mejora y logra, además, las necesarias licencias para ejercer su ministerio en la diócesis de New York.

 

Así nace  “El Habanero”. Pienso que el título retrata a su autor, que siempre se consideró  un criollo de La Habana. Sólo siete números tendría, en los que mezclaría la crítica política con artículos de interés general. Él lo subtitula “Papel Político, Científico y Literario”. Y de suyo de todo eso tendría, aunque a partir del segundo número se centrará más y más en los problemas de Cuba.

 

Él será quien escriba todos los artículos, con pocas excepciones, como el escrito por un enemigo, y que publica para demostrar que no teme a las críticas, pues está seguro en sus convicciones. Las páginas de “El Habanero” las dirige sobre todo a sus discípulos, que habían sido muchos, aunque también a toda la juventud cubana, en la que se encontraban las mejores esperanzas de una Patria independiente. Así lo aclara  al final del primer artículo del primer número, titulado “Máscaras Políticas”: Siempre abundan estos enmascarados, porque siempre hay hombres infames, para quienes las voces patria y virtud nada significan, pero en los cambios políticos es cuando más se presentan, porque entonces hay más proporción para sus especulaciones. Nada hay más fácil que conocerlos si se tiene alguna práctica en observar a los hombres. Esta es la que yo recomiendo a la juventud para quien principalmente escribo.

 

En sus artículos, sobre todo los políticos,  demuestra Varela garra periodística así como madurez de conceptos. En esas páginas casi no hablará de religión, como no sea para iluminar los acontecimientos desde la luz de la fe. Pero la religión estará siempre presente, pues sus criterios no podían ser otros que los que se desprenden de una convicción y una actuación cristianas.

 

Será mordaz y también veraz. Pretende iluminar las conciencias sin tapujos. Sabe que sus escritos encenderán chispas en los corazones abiertos a las ansias de libertad, no sólo del pueblo cubano sino de todo el Continente, empeñado en romper las cadenas que le atan. Y sus enseñanzas no pasarán desapercibidas. Hasta en España las páginas del periódico crearán inquietud, pues se sabe que en Cuba son leídas con avidez por muchos, a pesar del empeño de  las autoridades por hacerlo imposible.

 

Si no fuera así nadie les habría hecho caso. Pero se ve que se estaba logrando el efecto que pretendían cuando por una Real Orden se prohíbe la introducción de “El Habanero” en todas las posesiones españolas.  

Es que en sus páginas se habla abiertamente de independencia, como la mejor solución para Cuba, cuando todavía en la Isla la mayoría de los que ejercían alguna influencia consideraba esta idea como funesta o al menos inconveniente.

 

Por eso levantaría ronchas en unos y en otros, pues Varela no se detiene, a la hora de analizar, en lo que otros piensen, sino en lo que él considera lo mejor para la Patria. En realidad “El Habanero” es un manual de buen patriotismo, de libertad y democracia, donde se plantea, claramente, la independencia de Cuba.

 

Eso sí, no se hace muchas ilusiones. Así, en el mismo primer número, en un artículo titulado “Consideraciones sobre el estado actual de la isla de Cuba”, dice: Es preciso no perder de vista que en la isla de Cuba no hay opinión política, no hay otra opinión que la mercantil. En los muelles y almacenes se resuelven todas las cuestiones de Estado. 

 

Un poco más adelante añade: Sólo el ataque de las bolsas puede alterar el orden político de la Isla, y como éste no dista mucho, pues que ya empieza a sentirse, es claro que el actual gobierno tiene mucho que temer.

Luego prosigue diciendo: ... y es de temer que los que antes eran más anti independientes sean los más acalorados protectores de la independencia de la Isla, si consideran que sólo de ese modo están seguros.

 

Luego dirá una frase que tiene un gran dejo de amargura: Es preciso no equivocarse. En la isla de Cuba no hay amor a España, ni a Colombia, ni a México, ni a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café.

Tremenda crítica que de seguro irritaría por igual a españoles y criollos. Pero así era Varela, un hombre a todo dar, sin miedo a la hora de decir la verdad. Como él mismo había escrito antes, al despedirse de la tierra cubana para ir a servir como diputado en las Cortes españolas, en el “Diario del Gobierno Constitucional”, el 18 de abril de 1821: Ya sea que el árbitro de los destinos separándome de los mortales, me prepare una mansión funesta en las inmensas olas, ya los tiranos para oprimir a España ejerzan todo su poder contra el Augusto Congreso en que os habéis dignado colocarme, nada importa: un hijo de la libertad, un alma americana, desconoce el miedo.

 

Esto no lo dijo por casualidad. Lo demostraría en cada momento de su vida. En “El Habanero” abundan frases que demuestran lo convencido que Varela estaba, ya en 1824, cuando comienza a publicarlo, de la necesidad de que Cuba sea independiente. Sólo citaré algunas de ellas, pero invito a mis lectores a tomar contacto directo con esas páginas que son el fruto maduro de quien nos trazó el camino correcto.

 

Los americanos nacen con el amor a la independencia. He aquí una verdad evidente. Aún los que por intereses personales se envilecen con una baja adulación al poder, en un momento de descuido abren el pecho y se lee: INDEPENDENCIA. ¿Y a qué hombre no le inspira la naturaleza este sentimiento? ¿Quién desea ver a su país dominado y sirviendo sólo para las utilidades de otro pueblo?  (Número II: Amor de los Americanos a la Independencia).

 

¿Quién podrá, pues, dudar que la opinión general de los americanos está por su independencia? ¿En qué puede fundarse la descabellada, o más bien  ridícula suposición, de que sólo un corto número como dicen de criollos está por la independencia, y que el pueblo americano quiere ser esclavo?

                                                                

No hay que alucinarse. Yo soy el primero que estoy contra la unión de la Isla a ningún gobierno, y desearía verla tan Isla en política como lo es en la naturaleza; pero no puedo persuadirme de que si llegase a efectuarse la unión con Colombia, no fuese por la voluntad del pueblo, sino por una conquista. (Número III: Paralelo entre la revolución que puede formarse en la Isla de Cuba por sus mismo habitantes, y la que se formara por la invasión de tropas extranjeras).

 

La España no es el territorio, son los españoles; y los españoles de América han determinado separarse de los de Europa, y yo estoy muy conforme con la separación que asegura la libertad de los pueblos. Sí, mi amigo, las repúblicas del continente americano son la España libre, que para serlo ha sacudido el yugo de un amo, y ha jurado no sufrirlo jamás. Esta es mi patria, y aun cuando no lo fuera, yo la adoptaría, renunciando la que es  y será siempre la mansión del despotismo.

(Número III: Diálogo que han tenido en esta ciudad un español partidario de la Independencia de la Isla de Cuba y un paisano suyo anti independiente).

 

Creo que, para muestra, es suficiente. Todo el que lea “El Habanero” podrá enterarse de la clase de hombre y de patriota que era  Félix Varela.

Fue tal el miedo que causaron sus páginas en las autoridades cubanas, que en 1825 el gobernador Francisco Dionisio Vives envió un matón, conocido como “el tuerto Morejon” para que asesinara a su autor, hazaña por la que le pagarían treinta mil pesos. Pero Dios velaba por su siervo y nada  pasó. De esto habló  Varela en el cuarto número de “El Habanero”.

Este siguió publicándose, irregularmente, de acuerdo al tiempo y recursos económicos de que disponía. Los tres primeros números los publicó en Filadelfia entre 1824 y 1825, pero habiendo decidido trasladarse a Nueva York para allí desempeñar su ministerio pastoral, hubo de seguirlos publicando, hasta el número de siete, en aquella ciudad en la que tendría su domicilio durante varios  años.

 

LA IGLESIA EN LOS ESTADOS UNIDOS

 

Cuando Varela llega a los Estados Unidos el Catolicismo estaba todavía en pañales. No olvidemos que este país fue colonizado al principio por ingleses, que eran por entonces, en su gran mayoría, protestantes.

Las leyes coloniales eran muy duras en contra de los católicos, lo que influyó para que no hubiera conversiones, aparte de que el número de sacerdotes era casi inexistente.

 

Fue sólo en noviembre de 1790 que Pío VI crea la primera diócesis que hubo en los Estados Unidos, Baltimore, con su primer obispo, John Carroll tomando posesión el 12 de diciembre del mismo año. El número total de católicos, de los que el futuro obispo Carroll tenía noticia  cuando hizo un primer estimado para la Santa Sede en marzo de 1785, era de 25 mil, en su mayor parte viviendo en  Maryland y Pennsylvania. Estos dos estados, además, habían reconocido, desde 1776, la libertad de religión, lo que no fue hecho, hasta  mucho más tarde, en los demás.

 

Otro reporte hecho en 1785 decía que había en todo el país 24 sacerdotes, de los que dos eran mayores de 70 años y tres estaban cerca de esa edad.

El Catolicismo permaneció desconocido, sospechoso, y algo foráneo en la imaginación de una absoluta mayoría de aproximadamente cuatro millones de americanos que componían la nueva nación al comienzo de la presidencia de George Washington. De muchas formas, la hostilidad  de los colonos de los primeros años del siglo XVII  hacia la Iglesia, basada como era en opiniones, prejuicios y modos de pensar del inglés de aquel tiempo, era  aún evidente al final del siglo XVIII (New Catholic Encyclopedia, XIV, página 425).

 

Los acontecimientos ocurridos en Francia con motivo de la Revolución Francesa, y la obligación de los sacerdotes de jurar una Constitución Civil del Clero, llevaron a muchos a preferir el exilio, y esto trajo a varios a las tierras americanas. Entre ellos llegaron a Baltimore cuatro padres sulpicianos con cinco estudiantes, los que fundaron el primer Seminario, Saint Mary, en octubre de 1791. Cuando el obispo Carroll murió en 1815 ya se habían ordenado treinta sacerdotes salidos de dicho Seminario.

 

Lamentablemente no todos los sacerdotes que llegaron de Europa tuvieron una actuación positiva. Algunos causaron muchos problemas, apoyándose en la costumbre, usada  desde mucho antes en las iglesias protestantes, de que  eran laicos los verdaderos dueños de las mismas, los llamados trustees. Encontrando apoyo en los nombrados, se rebelaron contra los obispos y algunos hasta lograron separar a sus comunidades de la obediencia al prelado, lo que causó serios trastornos en una Iglesia a la que ya sobraban problemas.

 

Hubo ocasiones en que los “trustees” llegaron hasta  invocar la ley civil, que los reconocía por encima de los obispos, para despedir a pastores que no eran de su agrado por no pertenecer a su etnia. Hubo lugares en que hasta se unieron a grupos anti-católicos, como los llamados “Know Nothing”, para conseguir la aprobación de leyes civiles que pudieran ser favorables a su causa.

 

Sólo poco a poco pudieron los obispos asentar su autoridad y ser reconocidos como los únicos que legítimamente podían nombrar los pastores, según la Ley de la Iglesia. Otro problema era que la gran mayoría de los sacerdotes que servían en las primeras diócesis eran extranjeros.  Para 1815 ejercían  en la ya Arquidiócesis de Baltimore 52 sacerdotes, de los cuales sólo 12 eran nativos.

 

Después de 1830 fue que se incrementó grandemente el número de católicos por la masiva inmigración de irlandeses, alemanes y franceses, lo que obligó al aumento de diócesis, pero el número de sacerdotes seguía siendo insuficiente.

El incremento de la inmigración trajo consigo una reacción negativa por parte de los protestantes, que desataron una campaña anti-católica de grandes proporciones. Fueron muchos los fanáticos, atizados por pastores y líderes laicos, que llevaron el asunto a mayores, como el incendio provocado en el Convento y escuela de las Ursulinas, ocurrido en Charlestown, Massachusetts, en agosto de 1834, y del que el Padre Varela fue testigo presencial.

 

Más tarde, en 1844, se produjeron motines en Kensington, PA, con un saldo de 13 muertos y más de cincuenta heridos. Hay que hacer constar que la Iglesia siempre trató de evitar enfrentamientos y luchó para que hubiera tolerancia y mutuo respeto.

 

MINISTERIO EN NUEVA YORK

 

La diócesis de Nueva York, donde había decidido trabajar el Padre Varela, fue creada por Pío VII el 8 de abril de 1808. Ocupaba lo que es hoy el estado de Nueva York y aún parte del de New Jersey. Al reportarse al ministerio en 1825,  había en la diócesis unos 35 mil católicos y poco más de una veintena de sacerdotes para atender tan extenso territorio. En la ciudad sólo cinco para servir a dos iglesias. Al año siguiente era nombrado un nuevo obispo, el francés John Dubois, quien tomó posesión el 11 de noviembre de 1826.

 

Era muchísimo el trabajo que había que realizar. Pero Félix no se arredró. Sólo se dispuso a trabajar con todas sus ganas. Primero como asistente en la parroquia de St. Peter, hasta que logró, con ayuda de amigos, comprar una iglesia protestante que estaba en venta y en la que fue nombrado su primer párroco: “Christ’s Church”,  que fue la primera en ponerse  bajo la custodia del obispo. Era el año 1827.

 

El hecho de que Varela prescindiera de los “trustees” le causó muchos problemas, aunque no tanto a él como al obispo Dubois, a cuyo nombre estaba el templo según la más pura tradición de la Iglesia. Los partidarios del “trusteeism” quisieron hacer ver que el templo iría a parar a manos de los herederos del prelado. Este tuvo que escribir una Carta Pastoral explicando a los fieles lo que era normal en cualquier parte del mundo, que el obispo es el administrador de los bienes de la diócesis, en modo alguno su dueño.

 

Pero Varela no dejó que este asunto influyera en su trabajo, atendiendo las necesidades espirituales de los fieles y preocupándose también  por sus necesidades materiales. Ahí se le veía luchar para que los niños tuvieran escuelas, y los pobres trabajo o un refugio donde guarecerse.

 

Fueron incontables sus obras de caridad. Nos recuerda Monseñor Teodoro de la Torre en su folleto dedicado a exaltar su santidad de vida: Otra virtud eminente en Varela era su celo apostólico, sobre todo para los enfermos. En 1832 hubo en New York una epidemia de cólera. Cundió el miedo al contagio. Los que pudieron hacerlo huyeron de la ciudad. Hubo iglesias cerradas; pero el clero católico, para edificación de todos, inclusive de los protestantes, permaneció en su puesto.

 

En el elogio fúnebre del padre Varela, publicado veinte años después en el “Freeman’s Journal”, se recordaba que durante la epidemia, el heroico ministro del Señor “vivió virtualmente en los hospitales”. También visitaba los barcos de inmigrantes, arriesgando así la ira de los que creían que a ellos se debía la introducción de la peste en América” (Félix Varela. Vida Ejemplar. Página 16).

 

Todos sus biógrafos concuerdan en que sus obras de caridad fueron incontables, haciendo el bien sin mirar a quien, atendiendo a los que realmente necesitaban su ayuda.  Dice, por ejemplo Hernández Travieso: Entró 1830 y Varela en él con una bien cimentada reputación de sacerdote, tan consagrado a sus fieles, de tan ilimitada caridad como armonioso entendimiento, pues todo el mundo le quería, desde los cuarentenados en Ellis Island, hasta el pobre viudo que dejaba a su nene seguro y bien cuidado mientras salía a librar el sustento con el sudor de su frente en el más alto sentido de la palabra. Le querían los niños, le querían los padres irlandeses que podían educar a sus hijas norteamericanas en costumbres y hábitos de refinamientos tan buenos como los de cualquier damita empingorotada de la ciudad, ya que en la escuelita del “Reverend doctor Varela: aprendían piano, bordado y francés, como pudieran aprenderlo las hijas del rico hotelero Astor o del acaudalado propietario de Delmonico’s (obra citada, página 363).

 

Es clásica la anécdota de la pobre viejecita que recibió del Padre una cuchara de plata, pues no tenía dinero que ofrecerle, y al tratar la señora de venderla para poder resolver sus agobios económicos, cayó en sospechas y tuvo el propio sacerdote que aclarar la situación. Se habla también de otra mujer que tiritaba de frío en una calle newyorkina, donde pedía limosna. Pasando el Padre por su lado se conmovió de su triste condición y despojándose de su capa, cual otro Martín de Tours, se la entregó sin titubeos. Y sus famosos relojes, que regalaba a quien los necesitaba para intercambiar por dinero, y de los que  amigos y  discípulos volvían a proveerle a sabiendas de que volvería a regalarlos. Todo esto habla de su gran corazón de cristiano.

 

Por otro lado se esforzó por  aprender un buen inglés y poder así escribir en el idioma que usaba entonces la gran mayoría. Su labor periodística fue enorme. No sólo escribía, sino que llegó a fundar y editar varios periódicos, en español y en  inglés, y aún tuvo tiempo para hacer varias traducciones, como la que hizo del “Manual de Práctica Parlamentaria” de Thomas Jefferson, y  escribir dos tomos de su obra cumbre: “Cartas a Elpidio”, que planeó en tres para combatir la  impiedad,  la superstición y el fanatismo.

 

Este último  pudo él conocerlo en forma directa, pues hubo de ser testigo del incendio de la iglesia de St. Mary, como también del de un convento del que ya hablamos,   y de hostiles demostraciones anticatólicas por parte de fanáticos protestantes. La suya, Christ’s Church, ardió también, aunque no parece que haya sido  por obra de manos sacrílegas. 

 

Pero el tomo dedicado a este tema nunca llegó a ver la luz, ni parece siquiera que el Padre hubiera llegado a escribirlo, pues el segundo tomo, dedicado a la superstición, y publicado en 1838,  no tuvo en Cuba la misma acogida que el primero, que vio la luz en 1836, sobre la impiedad, que hasta conoció una segunda edición en Madrid a cargo de algunos de sus discípulos. 

 

Por entonces gobernaba en Cuba un dictador, Miguel Tacón (1834-1838), que fue de lo peor que España envió a Cuba, atizando los odios de los criollos y provocando que los sentimientos independentistas se hicieran más fuertes entre la mayoría de los que estaban  más dispuestos a sentir a Cuba como su Patria.

 

Las “Cartas a Elpidio” fueron dirigidas a la juventud cubana. Así lo expresaba su autor: No ignoras que si circunstancias inevitables me separan para siempre de mi patria, sabes también que la juventud a quien consagré en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria, y dícenme que la naciente no oye con indiferencia mi nombre. Te encargo, pues, que seas órgano de mis sentimientos y que procures de todos modos, separararlas del escollo de la irreligiosidad. Si mi experiencia puede dar algún paso a mis razones, diles que un hombre de cuya ingenuidad no creo que dudan, y que por desgracia o por fortuna conoce a fondo a los impíos, puede asegurarles que son unos desgraciados y les advierte y suplica que eviten tan funesto precipicio. Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria.

 

Los liberales españoles, que lograron en 1836, una vez más,  que la Constitución de 1812 fuera restaurada, y que exigían reformas políticas para el país, se negaban a considerar a las colonias como parte del mismo, pues debían regirse por leyes especiales. Esto favoreció a Tacón, que con más firmeza  continuó oprimiendo a los cubanos, para mal de España.

 

Pero Varela, que conocía de sobras lo que se podía esperar del gobierno de Madrid,  ya había decidido mucho antes no regresar a la Patria, pese a que una amplia amnistía le ofreció tal oportunidad, pues consideraba infamante aceptar el perdón por una culpa de la que no se sentía responsable. Tampoco quiso, por ser fiel a Cuba,  hacerse nunca ciudadano de los Estados Unidos.

 

Y así se entregó totalmente a su tarea sacerdotal, que iba siendo cada vez más apreciada entre los feligreses de New York. Gustaba de atender a la gente, confesando y aconsejando, aunque siempre sacaba tiempo para orar, pues Varela era un hombre en íntima comunicación con Dios. Hablando de un Asilo que él había fundado pero que ahora se había trasladado a otro sitio bajo la dirección de las Hermanas de la Caridad, decía el periódico “The Teller” en agosto de 1933: Esta institución fue establecida sobre las cenizas, si es válida la expresión, de la otra que originalmente se desarrolló bajo la guía y asistencia de ese clérigo tan extraordinariamente piadoso como caritativo que es el doctor Varela (Citado por A. Hernández Travieso, obra citada, páginas 389-390).

 

Después del incendio de Christ’s Church logró fundar en 1836, con la ayuda de fieles irlandeses y de sus amigos, entre ellos John Delmónico, quien aportó una cantidad sustancial,  una nueva parroquia que se llamó “Transfiguration”, situada muy cerca de Broadway. En ella desplegaría todo su celo, demostrando siempre esa abnegación, ese servicio desinteresado, esa calidad de entrega a la causa del Evangelio. Su trabajo con los emigrantes y sus polémicas al mismo tiempo firmes pero respetuosas con los protestantes, le fueron dando justa fama de pastor y de teólogo.

Así no dudó el obispo Dubois, ya en 1929, nombrarlo uno de sus vicarios generales, junto al sacerdote irlandés John Power. Con  éste llevó con éxito la diócesis newyorkina en ausencia del obispo, que pasó dos años en Europa buscando recursos para la construcción de un seminario. Llegó incluso Varela a participar como teólogo en algunos de los Concilios Provinciales celebrados en Baltimore y hasta representó en una ocasión al obispo Dubois en uno de ellos. El sucesor de Dubois, John Hughes, quien llegaría a ser  el primer arzobispo al ser promovida Nueva York a Arquidiócesis en 1850, continuó confiando tanto en Power como en Varela, a los que ratificó en sus cargos.

 

Pero la salud de Varela, que nunca fue muy buena, sufrió un recrudecimiento a causa del asma. Es muy posible que la mala acogida al segundo tomo de sus “Cartas a Elpidio” influyeran en esto. A finales de 1838 se llegó a hablar en Cuba de su muerte y él tuvo que desmentirlo en una carta que escribió a sus hermanas.

 

Como en otras ocasiones se recuperó para seguir su incansable trabajo. Hughes, por ese tiempo, era obispo coadjutor, pero llevaba las riendas, y al ausentarse por varios meses con ocasión de un viaje que hizo a Roma lo dejo como vicario, al cargo del gobierno de la diócesis.

 

Al mismo tiempo siguió con sus labores periodísticas. ¡Qué espíritu indomable! A principios de 1839 logra sacar nada menos que dos nuevas publicaciones: una dirigida a los niños, a la que llamó “The Chidren’ s Catholic Magazine”, y otra de información y formación: “The New York Catholic Register” que era semanal y en la que defendió a los indios nativos por los abusos que sufrían de parte de los ciudadanos de ascendencia europea. Este periódico duró hasta diciembre de 1840 en que se fundió con el “New York Freeman’s Journal” y con el cual ya Varela no tuvo nada que ver.

 

No sabemos cómo podía sacar tiempo para tanto, pues, casi al mismo tiempo, en junio de 1840, funda y preside una organización para personas con problemas de alcoholismo, y que llamó “New York Catholic Temperance Association”, que llegó a tener miles de miembros, y que luchaba por una mayor templanza, sin que sus miembros tuvieran que prometer una abstinencia absoluta en todos los casos.

 

Por otro lado, aunque dejó de publicarse el “Catholic Register” no por ello se le apagaron sus ansias de utilizar la prensa como medio de evangelización. Así, en abril de 1841, él y un cultísimo sacerdote que  había participado con él y otros en anteriores polémicas con los protestantes, el ítalo-americano Charles Constantine Pise,  comienzan la publicación de una revista, “The Catholic Expositor”, donde saldrían muchos trabajos suyos sobre Sagrada Escritura, Filosofía y otros temas. Esta revista se mantuvo hasta el año 1844. En 1846 vemos a Varela marchar, una vez más, para  participar como teólogo, junto al obispo Hughes, en el VI Concilio Provincial de Baltimore. 

 

AL CAER LA TARDE

 

Si su mente se mantenía clara y su ardor apostólico se resistía a resquebrajarse, no así su cuerpo. A principios de  1847 se agravaron sus males y hubo de marchar a Charleston, Carolina del Sur y aunque regresó a New York en junio tuvo que huir de nuevo del frío en noviembre de ese  año, para acogerse al clima más cálido de Charleston, para luego seguir más al sur, hasta recalar en San Agustín, del que  guardaba tantos recuerdos de sus primeros años. Claro que ya no era el mismo, pues aunque la ciudad no habría cambiado mucho, no era entonces española, sino parte de los Estados Unidos, que había comprado Florida a España en febrero de 1821.

 

Varela tenía 61 años y estaba consciente de que su fin se estaba aproximando. Así llegó a decir en carta a su discípulo Cristóbal Madán: No me va muy bien de salud, y me iría peor si no fuese por este clima. En New York, acaso hubiera muerto (Citado por Hernández Travieso, obra citada, página 447).

 

Era entonces párroco de San Agustín el padre Edmond Aubril, quien lo acogió con cariño y lo alojó en una habitación al fondo de la escuela, la que se encontraba al lado de la iglesia. Allí hacía lo que podía ayudando al párroco y cuando tenía humor, dedicaba su atención a los niños de la escuela, deleitándolos con su violín, que fue una de las pocas pertenencias que llevó desde New York. ¡Tal era su afición por la música!

 

Visitando un día el cementerio de Tolomato con el Padre Aubril, donde estaba enterrada Rita Morales, su tía y madrina, le expresó al párroco su deseo de ser inhumado junto a ella. Esto luego lo usaría el pastor para evitar que sus restos fuesen llevados a Cuba.

Uno de sus discípulos, Lorenzo de Allo, aprovecha un viaje a Charleston para desde allí trasladarse a San Agustín y visitar a su viejo profesor. Era la Navidad de 1852. La impresión que sacó fue tal que se sintió muy conmovido por el estado de postración del ilustre enfermo, considerándose obligado a hacer algo por él. Así escribe a un condiscípulo, ahora sacerdote, Francisco Ruiz, quien ostenta además la Cátedra de Filosofía que otrora fuese0 de su Maestro, para pedirle que se le ayudase económicamente. Este se movió y logró conseguir algunos recursos que fueron confiados a José María Casal.

 

Al mismo tiempo se hicieron gestiones en New York, pues la situación financiera de Varela, en esos momentos, era deplorable, por más que no le faltaba lo necesario gracias al cariño del Padre Aubril y de los feligreses de San Agustín. Pero todo fue inútil, pues cuando  Casal llegó con su esposa  a dicha ciudad, ya Varela había muerto, el 25 de febrero de 1853 y sepultado al día siguiente, tal y como había pedido, al lado de su tía, en el cementerio local de Tolomato.

 

Fue entonces cuando Casal se empeñó en organizar el traslado de sus restos, pero el párroco le hizo ver que esa no era la voluntad del occiso. Y si en Cuba sus discípulos y los muchos admiradores que tenía hubieran rodeado los restos de su Maestro y amigo con grandes muestras de cariño, no fueron menores las que le prodigaron los feligreses de San Agustín.

 

Algo que sí logró Casal, con el dinero que había traído,  fue levantar una capilla a la que se trasladaron los restos el 13 de abril del mismo año y que todavía se conserva en Tolomato, aunque ya no con  los restos del “santo cubano” que, supuestamente, reposan junto a su busto en la Universidad de La Habana.

 

Volviendo un poco atrás, recordemos los últimos momentos de Varela, que fueron contados por el propio  Casal después de haber recogido los relatos de boca del párroco y de algunos feligreses, que lo consideraban un verdadero santo. En la mañana del  25 de marzo, sintiendo ya cercana la muerte, pidió al Padre Aubril que le llevara el Santo Viático. Cuando el párroco lo hizo le acompañaban tantas personas que no cupieron en la estrecha habitación.

 

Antes de recibir la comunión Varela dijo: Tengo que cumplir una promesa que hice mucho tiempo antes de ahora. Tengo que hacer en este momento, en el momento de mi muerte, como lo he hecho durante mi vida, una profesión de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. Creo firmemente que esta hostia, que Ud. tiene en sus manos, es el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo bajo la apariencia de pan. Ven a mí Señor.

 

Ese mismo día, entre las personas que allí se encontraban, dos mujeres, una de ellas protestante, le pidieron que bendijera a sus hijos, lo cual hizo con cariño. La no-católica se convirtió luego, lo que fue quizás el primer milagro de Varela. Murió a las ocho y treinta de la noche de ese día.

 

Quisiera terminar este homenaje a quien fue grande como hombre, sacerdote, patriota y santo, con las palabras que le dedicara, todavía en vida, el “Catholic Freeman’s”, en 1847. Esto demuestra que, efectivamente, todos coincidían en New York en considerar a Félix Varela como alguien que aunaba en su persona una gran inteligencia y una capacidad enorme de trabajo con una caridad sin límites, una piedad auténtica y un celo apostólico a toda prueba.

 

Las recoge Hernández Travieso en las páginas 433 al 435 de su obra, de las que escojo los siguientes párrafos:

 

No hay duda, él es padre y amigo. El pobre que acude en sus necesidades y el afligido por sus tristezas, se despiden siempre confortados. Cuanto posee lo da con tal munificencia, que en ocasiones carece de lo imprescindible para mantener lo más común y elemental  al sostenimiento de su vida. A todos brinda consejo o admonición, pero sin palabra afectada, ni en tono ni en gesto. Por eso sus consejos se atesoran con el corazón y aún sus admoniciones son recibidas con tanta gratitud.

 

Sin embargo, no son inveteradamente el pobre y el ignorante los que acuden en busca de su parecer. Nuestro caballero de humilde porte, está dotado de un talento de primerísimo orden, tan cultivado en los conocimientos de los hechos pretéritos, como enterado de los actuales, y provisto de un discernimiento tan perspicaz en los negocios del mundo, como candorosa es la simplicidad de su alma.

 

Sobre todo, su mente es clara y singular entre las materias que conciernen a su sagrado ministerio. Por eso, dentro de su hábito cotidiano está escuchar a sus hermanos en vocación, que también acuden a consultarle. Podría hacerse orgulloso por esto, pero no pierde su disposición humilde porque sus opiniones las sigan con señalada preferencia algunos a quienes la estimación mundana coloca por encima de él.

Y no se juzgue arbitrario el escorzo de débil trazo que emprendimos del humilde y laborioso, del pío, del caritativo,  culto sacerdote, fiel seguidor del manso y humillado Maestro, cuyo retrato hemos realizado con suma imperfección para que semeje en algo a la disposición y el carácter del doctor Varela, bienamado pastor de la Iglesia de la Transfiguración.

 

Sólo nos resta decir: AMEN.

 

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