FÉLIX VARELA:

SACERDOTE, PATRIOTA Y SANTO

P. Arnaldo Bazán

 

SOBRE  LOS CONCEPTOS PATRIOTA Y SANTO

 

Cuando afirmamos que el Padre Félix Varela fue un patriota, podemos contar con el aval de todos aquellos que lo han dicho mucho antes que yo, incluyendo a nuestro José Martí, que no duda en llamarlo “patriota entero”.

Y es que fue él, en realidad, el que despertó en los cubanos el concepto de Patria para designar a su isla, y el que de muchas maneras orientó a sus compatriotas a buscar la independencia de la misma, de modo que Cuba fuese una nación en todo el sentido de la palabra.

 

Por aquel entonces no todo el mundo podía entender el reclamo vareliano, pues muchos, desde la perspectiva de la colonia, no se imaginaban que fuera posible un sueño así. Cierto que ya algunas de las que también fueron colonias en el sur de América se estaban liberando de las cadenas metropolitanas, pero dada la situación de Cuba no era muy fácil concebir que en ella pudiera lograrse la independencia.

 

Fue Varela, pues, si no el primero, indiscutiblemente uno de los primeros que no sólo soñó, sino que también abogó y luchó para que Cuba fuera, como él mismo expresara, tan independiente políticamente como lo era naturalmente.

 

En cuanto a santo es algo que nadie nos prohíbe mencionar al tratarse de Varela, como de cualquier otra persona de la que se han conocido virtudes eminentes.

 

Cierto que para que la Iglesia lo considere santo, en el sentido de ofrecerlo a la piedad de los fieles como un ejemplo y un intercesor, se requiere una declaración oficial, que sigue un proceso y unos pasos.

Ya desde algunos años ese proceso fue comenzado, y pudiéramos decir que se está en el primero de esos pasos, cuando a Varela le corresponde ya el título de Siervo de Dios. Luego, si este proceso continúa su trayectoria positiva, llegará la beatificación y la canonización. 

 

Pero sin querer adelantarnos a la declaración de la Iglesia, todos tenemos derecho a considerar santos a los que conocimos como personas virtuosas, de las que estamos seguros fueron ejemplos de cristianismo y hoy gozan de la visión beatífica en el cielo.

 

¿No llama acaso Pablo “santos” a los propios cristianos? ¿No consiste la santidad en mantener esa gracia santificante que recibimos en el bautismo?

 

Se queja con justa razón monseñor Raúl del Valle, quien fuera uno de los grandes luchadores por la causa vareliana, de la falta de reconocimiento que ha tenido la santidad del Padre.

 

En una Conferencia pronunciada  el 21 de abril de 1988, en el Seminario de San Carlos en La Habana, con ocasión del bicentenario del natalicio de Varela,  dijo: La vida de Varela como educador, filósofo y patriota es bien conocida y apreciada. Sin embargo, su fascinante personalidad como sacerdote, la santidad de su vida, no ha recibido la debida atención. Esta es  una gran laguna en la amplia literatura vareliana.

 

Luego añadirá: No está fuera de lugar señalar aquí que existe una tendencia a secularizar la figura de Varela, presentándolo como educador, filósofo y patriota, sin referencia a su carácter sacerdotal. Esta tendencia no es nada nueva. Desde el siglo pasado han existido admiradores de Varela que, teniendo una filosofía agnóstica y positivista, han sido incapaces de apreciar debidamente la importancia de su fe religiosa y de sus virtudes sacerdotales. En cierto modo, estos intelectuales no católicos se apropiaron de la figura de Varela, presentándolo como símbolo de nobleza y patriotismo, sin referencia a su fe religiosa y su carácter sacerdotal. Como consecuencia, la figura de Varela como hombre de Dios, como hombre santo, aparece en un plano subalterno en la imaginación popular. Esto ha sido posible, en gran manera, debido al silencio injustificable de la Iglesia de Cuba  respecto al más ilustre y santo de sus sacerdotes.

 

Afortunadamente, en los últimos años, la Conferencia Episcopal Cubana ha tomado la iniciativa para reivindicar la figura de Varela, haciendo resaltar su carácter sacerdotal y su santidad de vida. ¡Enhorabuena!

Quien conoce la vida del Padre Varela, podríamos agregar, tiene que exclamar, como lo hizo Martí, como lo han hecho tantos, que era un santo. “El santo cubano”, lo llamó el Apóstol.

 

En este sentido he querido titular este folleto dedicado a honrar al “primero que nos enseñó a pensar”, en frase lapidaria de José de la Luz y Caballero.

 

EL POR QUÉ  DE ESTE FOLLETO

 

El deseo de escribir este folleto surgió de mi admiración por el Padre Varela. Me  pareció que  debía honrar, como cubano y sacerdote, al que, habiendo recibido la misma ordenación, fue además el precursor de esa independencia que Martí lograra impulsar con su inaudito esfuerzo, y que otros muchos, con Gómez y Maceo a la cabeza, llevarían a cabo para alegría de todos los cubanos y gloria de la Patria.

 

Sé que otros han escrito sobre Varela con más propiedad que yo. Pero eso no obsta para que pueda presentar estas páginas con dignidad, pues no se trata en realidad de agregar nada nuevo, sino de aportar un nuevo vehículo, bien sencillo por cierto, para que la obra vareliana sea conocida por todos los que hoy somos, en cierta forma, sus hijos espirituales.

 

UN CRIOLLO  DE LA HABANA

 

Criollos, como todos sabemos, eran aquellos que, hijos de españoles, habían nacido en América. En realidad, Félix fue hijo de español y cubana, pues su madre, María Josefa Morales, había nacido en Santiago de Cuba de padres españoles.

 

Siendo su padre un militar, el teniente coronel Bartolomé Morales, no es de extrañar que casase con otro miembro de la milicia, y así se produjo su enlace con el teniente Francisco Varela en la iglesia del Espíritu Santo, en La Habana, el año 1783.

 

En poco tiempo la casa se llenó con el llanto y el bullicio de tres criaturas, dos hembras y un varón, que no dieron tiempo a su madre a disfrutar la alegría, pues murió a escasos  años de su boda.

 

CUBA,  A FINALES  DEL SIGLO XVIII

 

Cuando Félix nació el 20 de noviembre de 1788 Cuba estaba todavía bastante despoblada. En el censo que se hizo en el año 1774 la población era de 171,620 habitantes, de los cuales 44,333 esclavos negros y mulatos. La Habana tenia 75,000 habitantes. Doce años atrás había nacido una nueva nación, Estados Unidos de América, que fue proclamada independiente de Inglaterra el 4 de julio de 1776. En España todavía reinaba Carlos III, pero el monarca moriría unos días después, el 14 de diciembre del mismo año.

 

En Cuba, después de un gobernador bastante popular por sus actuaciones en pro del progreso de la Isla, Felipe Fondesviela, marqués de la Torre, se sucedieron varios en el cargo: el teniente general Diego Navarro, en junio de 1777. A éste le sustituyó Juan Manuel de Cajigal, el 4 de junio de 1781. Luego tomó la posición José de Gálvez, en febrero de 1785. De éste se esperaban muchas cosas, pero a los dos meses fue nombrado Virrey en México y hubo de sustituirlo José de Espeleta, quien era el gobernador al momento del nacimiento de Félix.  Aquél dio paso a otro de los gobernadores más renombrados y queridos de todos los que pasaron por Cuba: Don Luis de las Casas.

 

Anteriormente, en 1787, se había dividido en dos  la hasta entonces diócesis de Cuba: la occidental con sede en La Habana  y la oriental con la suya en Santiago de Cuba. El último obispo de la diócesis de Cuba lo fue, curiosamente, el segundo prelado nacido en la isla, Santiago José de Hechavarría, natural de Santiago de Cuba. El primer nativo lo había sido Dionisio Rezino y Ormaechea, quien nació en La Habana, siendo nombrado obispo auxiliar del obispo de la Isla de Cuba y consagrado en 1707 en Mérida, Yucatán. Fue el obispo Hechavarría quien fundó el Real Colegio de  San Carlos y San Ambrosio el año 1773.

 

Al  nacer Varela era obispo de La Habana Felipe José de Trespalacios, quien lo había sido anteriormente de Puerto Rico. Este tuvo a su cargo la organización de la nueva diócesis, la terminación de la nueva Catedral y otras iglesias. Aunque era amigo del boato y no disfrutaba de un carácter muy afable, parece ser que se distinguió por su amor a los pobres, sabiendo ayudar a los más necesitados, que fueron los que más lloraron su muerte, como consta en el epitafio colocado sobre su sepulcro. Murió en octubre de 1799. 

 

La ciudad de La Habana  no era muy bella que digamos al nacer Varela. Uno de sus biógrafos, Antonio Hernández Travieso, dice: En fin, La Habana era una ciudad a medio hacer, sucia, pequeña, encinturada de murallas, que repentinamente había adquirido importancia comercial y se iba enlodando y ensuciando más con el tráfico de carretas, quitrines y volantas de anchos ejes, que difícilmente podían doblar en las esquinas. (“El Padre Varela”, edición de 1984, página 21).

 

Un problema que inquietaría y sería una de las causas por las que Varela lucharía, se vería agravado al año escaso de su nacimiento: la esclavitud. 

Ramiro Guerra, en su Manual de Historia de Cuba (Ediciones R, Madrid, 1975), nos dice al respecto: La esclavitud había tomado un vuelo enorme en Cuba a partir de 1789. La vida del esclavo, por otra parte, se había hecho más miserable y dura en los ingenios  (pag. 242).

 

Más adelante el propio autor dirá: El esclavo de Cuba tuvo, antes de 1789... una posición privilegiada sobre el de las colonias de las demás naciones europeas en las Antillas, pero la libertad de especular con la venta de africanos y de importarlos, colocó rápidamente al siervo cubano en la horrible posición de sus hermanos de raza de las Antillas Menores, Haití y  Jamaica (pag. 242).

 

Es que, como el mismo Guerra explica en su obra, antes, cuando había restricciones en el comercio de esclavos y, por otro lado, escaseaba el dinero con qué comprarlos, los dueños los cuidaban como algo valioso, mientras que luego, al poderlos cambiar fácilmente, ya que su precio había disminuido y el flujo de dinero había aumentado, el esclavo que moría aniquilado por la carga de sufrimiento y de trabajo, era sustituido con la misma indiferencia con que se reemplazaba una pieza de la maquinaria destruida por el uso (pag. 242).

 

Poco a poco esta situación provocaría la rebeldía de los esclavos hasta  empujarlos  a la idea de la sublevación. En 1812 una conspiración, dirigida por José Antonio Aponte, un negro libre, acabaría en desastre, al ser descubierta y duramente reprimida. 

 

NIÑEZ Y JUVENTUD

 

Volviendo a Varela, era Félix el menor de los hermanos, de modo que quedó huérfano cuando apenas tenía cuatro años. El padre buscó consuelo en un nuevo matrimonio, no poniendo objeción a que el pequeño Félix marchase con su abuelo materno a San Agustín de la Florida, a donde había sido asignado con el grado de coronel, después que España recuperó la soberanía de esa parte del Nuevo Mundo, que con el tiempo se convertiría en un estado de la nación norteamericana. 

El viaje ocurre  en el año 1791 y en La Florida permanecerá Félix hasta comienzos del siglo XIX. En San Agustín tiene como preceptor a un sacerdote irlandés, el Padre Michael O’Reilly, quien no sólo le enseñaría sino lo ayudaría a formar su carácter y a convertirse en un joven lleno de aspiraciones no sólo en la ciencia sino también en el desarrollo de su vida espiritual. Así llegaría a ser un individuo polifacético, pues se destacaría en varias ramas del saber y hasta de las artes. Si no descollaba por su esbeltez y buena mozura, en otros aspectos alcanzaría muy altos vuelos.

 

Su abuelo, por supuesto, soñaba que un día sería militar como él y como su padre. Seguramente pensaría en ello cuando veía a su adorado nieto deambular por el fuerte de San Marcos, sin sospechar siquiera que en el alma de Félix ya se iba desarrollando la idea de ser sacerdote. Fue una sorpresa, pues, no muy de su agrado, el que el muchacho, ya con unos catorce años, le confiara que lo suyo no eran las armas. Se han recogido estas palabras suyas en respuesta al abuelo: Quiero ser soldado de Jesucristo, porque lo mío no es matar hombres, sino salvar almas.

 

Lo que no sospechó el jovencito Varela, antes de regresar a La Habana natal, fue que su vida terminaría en aquella misma ciudad en que había pasado la mayor parte de su infancia y su primera adolescencia, y que el amado terruño al que ahora regresaba sería para él fuente de desvelos y tierra de promisión, al  que ya nunca le sería  dado volver después que, en misión de obediencia, marchase de él por  la segunda vez.

 

EL SEMINARIO

 

La estancia de Félix en la Florida sería de unos diez años. Ya para el 1802, poco más o menos, lo vemos de nuevo en La Habana, ya con catorce años, dispuesto a comenzar sus estudios para llegar a ser un sacerdote de Jesucristo, ideal que mantendría incólume hasta su muerte, dando  ejemplo de abnegación total y acendrado amor a esa vocación que había nacido en él por gracia divina. Muchos años después, en sus “Cartas a Elpidio”, dirigiéndose a su imaginario interlocutor dirá: Treinta y tres años  en los cuales no ha habido un solo momento en que me haya pesado ser eclesiástico y muchos en que me he gloriado de serlo.

 

A su regreso de San Agustín gobernaba en Cuba don Luis de las Casas, quien había tomado posesión de su cargo el 8 de julio de 1790 y se había ganado las simpatías de la población. Dice Ramiro Guerra: El gobierno de Luis de las Casas se considera, generalmente, como uno de los más notables que tuvo Cuba. Debe reconocerse, sin disminuir los méritos de Las Casas, que el alto precio del azúcar y el comercio extranjero, autorizado a virtud de la guerra, fueron los dos factores más importantes del buen éxito del gobernador (Obra citada, páginas 210-211).

 

Por otro lado, en España, se sentaba en el trono Carlos IV, hijo de Carlos III, quien para nada había heredado la energía de su padre, pues carecía de las cualidades propias para el cargo. Quizás, consciente de ello, se confió en demasía a un protegido de la reina, Manuel de Godoy, quien llevaba el gobierno para mal del rey y del reino.

 

En 1794 Francia había invadido España y desde entonces ésta se hallaba sometida al poder francés. Muchos consideraban a Godoy como vendido a Francia, lo que le trajo muchos enemigos, los que complotarían luego contra él  y contra Carlos. Pero de esto ya hablaremos más tarde.

 

En lo eclesiástico tenemos que ese año había tomado posesión como nuevo obispo de la diócesis habanera el Ilustrísimo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, quien llegaría a ser considerado como uno de los más grandes prelados que haya tenido la misma.

 

Volvamos al joven Félix, quien  ingresa al  Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana ese mismo año de su regreso,  1802, lleno de ideales y deseos de aprender. Había tenido en San Agustín un buen preceptor en el Padre O’Reilly, quien lo inició en el camino de las letras y del latín, lengua que todos atestiguan llegó a conocer como la suya propia.

 

En este Seminario, ya famoso por su magnífico profesorado y sus avances pedagógicos, completaría Félix su formación filosófica y teológica, dedicando todos sus esfuerzos al estudio y la vida espiritual. El Seminario, como ya se dijo, fue fundado unos años atrás por el obispo Hechavarría, quien le dio el nombre de “Colegio Real de San Carlos y San Ambrosio”, pues como ocurría en aquellos tiempos, tuvo antes que obtener la aprobación regia que llegó por Real Orden del 14 de agosto de 1768.

 

La idea no era sólo formar sacerdotes, pues aunque también sería un Seminario Conciliar en todo el sentido de la palabra, podían allí cursar sus estudios aún aquellos que no tenían puestas sus miras en el servicio del altar. Lamentablemente, y esto era una muestra de la época, no se permitía el ingreso a todos, pues existía discriminación racial y social. 

 

En la introducción de su reglamento el obispo señalaba lo siguiente: Su designado principal ha sido formar un taller en que se labren hombres verdaderamente útiles a la Iglesia y al Estado; hombres que por su probidad y literatura, sean capaces en cualquier ministerio sagrado o profano de hacer el servicio de ambas majestades, y contribuir a la felicidad de los pueblos  (Citado por Teresa Fernández Soneira: Cuba: Historia de la Educación Católica. 1582-1961, Pag. 107). 

 

Los que conocieron al joven Varela  por aquel tiempo pudieron testimoniar sus grandes dotes intelectuales, pero también su aplicación. Devoraba cuanto libro caía en sus manos y, sin descuidar los textos propios de los cursos que estudiaba, se mantenía al tanto, con la ayuda de algunos profesores eminentes, de los adelantos científicos de la época. Es bueno consignar algunos nombres, como el de los sacerdotes José Agustín Caballero, Juan Bernardo O’Gavan, José Ricardo Ramírez, y el dominico fray Remigio Cernadas, entre otros.

 

De ellos cabe destacar al presbítero Dr. José Agustín Caballero, conocido por todos como el Padre Agustín. Este fue un forjador de hombres nuevos, insuflándoles un espíritu cristiano y  patriótico, con nuevas ideas de progreso y libertad. Fue él quien  introdujo la filosofía moderna en Cuba, dejando a  un lado métodos arcaicos, poniendo así en circulación las ideas de filósofos  como el francés Condillac o el inglés John Locke.  De él bebió ciertamente  Varela lo que luego,  con luz propia, se encargaría de desarrollar.

 

Comentando unos elogios de José de la Luz y Caballero a su tío, el Padre Agustín, Varela escribirá más tarde: Debió Ud. haber dicho que Caballero fue uno de los hombres de gran mérito, con gran influencia y en constante ejercicio de ella, que ha vivido... y ha muerto sin enemigos. Aquí está, querido Luz, aquí está el gran prodigio y el mayor elogio que puede hacérsele  al incomparable Caballero (Citado por el Padre Ismael Testé, Historia Eclesiástica de Cuba, II, pag. 168).

 

El Padre Caballero había nacido en La Habana el 28 de agosto de 1762 y fue ordenado en 1785. Por todo esto podemos decir que la formación básica recibida por Félix  esos años tuvo que ser muy sólida, pues más tarde  despuntaría como un portento en todas las materias en las que tuvo la oportunidad de demostrar sus conocimientos.

 

Es de destacar que Varela llegó a ser preceptor de latinidad antes de ser ordenado, aunque provisionalmente,  y concurrió a oposiciones para la cátedra de teología siendo todavía subdiácono, frente a sacerdotes con mayor experiencia que  él, saliendo airoso en cuanto a aprobación, aunque no lograra conquistar, por entonces,  la ansiada oportunidad de enseñanza que tanto anhelaba. Hay que hacer notar que de antemano sabía Varela que no iba a ganarla, pues uno de los contendientes era, precisamente, uno de sus profesores, José Ricardo Ramírez, quien sería el que la obtendría. Fue sólo una manera de probarse a sí mismo al tener que pasar por exámenes tan difíciles.  

 

Se había despertado en él una clara vocación pedagógica, pues había comprendido la gran influencia que podría ejercer sobre los educandos, usando nuevos métodos de enseñanza que ya bullían en su mente. Lógicamente, tendría todavía mucho que aprender, pues si bien la ciencia se logra en las clases y los libros, la experiencia no se improvisa.

 

Y como la experiencia también se logra en lo negativo, otro fracaso lo vendría a probar en su temple y decisión de dedicarse a enseñar. Aquella cátedra de latín que se le había asignado en forma provisional fue sacada a oposición, la que tuvo lugar poco después de su ordenación de diácono, orden que recibió el 22 de diciembre de 1810. Pese a ser buen latinista, no ganó, lo que de seguro llenó su alma de desencanto, pero sólo por poco tiempo, ya que en todo veía la mano de Dios.

 

EL OBISPO ESPADA

 

No creo se haya enfatizado lo suficiente la gran influencia que tuvo el obispo de La Habana Mons. Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa,  sobre el futuro ministerio del P.Félix Varela. Había llegado a La Habana desde su España natal, ya ordenado obispo, a principios de 1802, para hacerse cargo de su diócesis. Venía con ansias de poner en práctica todas las ideas que tenía, producto de su contacto con lo más avanzado de lo que se cocía en las aulas europeas.

 

Todo eso por poco queda frustrado casi al comienzo, por cuanto pudo ser víctima fatal del vómito negro, como entonces se llamaba a la fiebre amarilla, que hizo estragos en la capital de la provincia española que era por entonces Cuba. Pero por designio divino sobrevivió, y pienso que para mucho bien, pues pese a haber sido acusado en más de una ocasión de toda clase de errores, su nombre ha pasado a la historia como uno de los más grandes obispos que ha tenido la sede habanera.

 

En cuanto a lo que a nosotros toca, ¿hubiera sido Varela el mismo si no hubiera contado con la comprensión, apoyo e impulso que en todo momento, desde antes de su ordenación, le dio un Obispo que lejos de mirar en él una sombra, descubrió su talento y lo alentó a ponerlo al servicio de las mejores causas?

 

¡Cuánto talento y celo apostólico se ha visto desperdiciar en la Iglesia por culpa de la miopía de prelados y superiores!

 

Pero Espada no era de esos espíritus mediocres  que no pueden soportar que alguien con méritos pueda amenazar sus posiciones. Por el contrario, consciente de su deber pastoral, hizo lo que debía hacer con el joven Varela, en quien vio madera de líder y de apóstol.

 

Por eso me atrevo a asegurar que, si bien otros muchos influyeron para que el hombre que abrió los caminos a la idea de una Cuba independiente, y dedicó sus más grandes esfuerzos por lograrlo, no con las armas en la mano, sino desde el púlpito,  la cátedra, los libros, la prensa y hasta la política, la presencia del Obispo Espada en su vida fue decisiva para que pudiera desarrollarse en él esa vocación que lo elevaría a una altura privilegiada entre sus compatriotas. 

 

SACERDOTE  PARA SIEMPRE

 

La formación espiritual e intelectual de Varela tuvo que ser profunda, pese a que terminó sus estudios sacerdotales sin contar siquiera la edad canónica requerida. Pero algo bullía en su mente, y era poder dar a su abuelo, Don Bartolomé, quien había sido para él más que un padre, el consuelo de verlo ordenado sacerdote antes de partir definitivamente de este mundo, ya que no pudo complacerlo abrazando la carrera militar.

 

Eso lo llevó a rogar al Obispo Espada que pidiera a Roma la necesaria dispensa, a lo que éste accedió gustoso, pues había tomado gran afecto por aquel seminarista que demostraba un tesón admirable y una fe sincera, amén de una preparación académica de primera clase. Así fue ordenado sacerdote en la catedral habanera, el 21 de diciembre de 1811, casi al año exacto de su ordenación de diácono.

 

Su Primera Misa la celebró al día siguiente en la iglesia del convento de Santa Teresa,  pues su tía María era monja carmelita y de esa manera podría participar de las primicias del ministerio sacerdotal de su sobrino. De seguro la ofrecería también por su otra tía, Rita, quien era también su madrina, y que había muerto en San Agustín, donde su cuerpo esperaría que algun día estuviese también muy cerca el de su querido ahijado, en el mismo cementerio de Tolomato. 

 

UNA VOCACIÓN DEFINIDA

 

Si algo intuyó claramente el obispo Espada de este nuevo sacerdote que ordenaba para la diócesis habanera es que tenía, aparte de una piedad transparente y una inteligencia excepcional, una vocación definida para la enseñanza. Así lo había demostrado ya desde sus tiempos de seminarista, por lo que no quiso tronchar tales aspiraciones sino que más bien las apoyó para que de aquel Félix Varela saliera lo mejor que él podría dar.

 

Y así fue como, por pura decisión suya, el nuevo sacerdote se vio frente a la catedra de Filosofía, sustituyendo nada menos que a dos probados profesores que lo fueron los padres Agustín Caballero y Juan Bernardo O’ Gavan, que hasta entonces habían estado al cargo de los estudios filosóficos en el Seminario.

 

Fue para Varela una gran satisfacción, pero al mismo tiempo una tremenda responsabilidad, de la que hubo de salir airoso, pues pese al poco tiempo que pudo desempeñar la cátedra, demostró no sólo estar preparado académicamente, sino ser capaz de inaugurar una nueva forma de enseñanza, hasta entonces inédita. 

 

En esto se hizo famoso, y fueron muchos los que desearon asistir a sus clases, rodeándose así de una pléyade de jóvenes cubanos muy valiosos, entre los que habían de destacarse, entre otros, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Antonio Bachiller y Morales, Nicolás Manuel de Escobedo, Anacleto Bermúdez, por sólo citar unos pocos.

 

Estos serían los que luego habrían de recoger el reto de su maestro, cuando éste tuvo que abandonar el suelo natal del que se vería obligado, por fuerza de crueles circunstancias, a vivir alejado para siempre. Estos serían los que con su proceder pondrían en alto el nombre de Varela, como aquel que prendió en ellos la llama de la fe y la devoción, al mismo tiempo que el patriotismo más acendrado y el amor a una Cuba a la que quería independiente de todo yugo exterior e interior.

 

UN GENIO POLIFACÉTICO

 

 

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Félix Varela fue una de las inteligencias más claras que haya dado Cuba al mundo. Se destacó en el manejo de las lenguas, pues hablaba latín en forma elegante, pese a que fue el primero en introducir el castellano en sus clases. Luego  hablaría el inglés como si fuese su lengua  materna. Parece que también conocía el italiano y el francés, y al menos podía leer otros idiomas. En New York tendría oportunidad de hablar hasta su poco de alemán y de  polaco.

 

También fue músico y tocaba el violín con maestría, siendo él quien lanzara la idea de formar una Orquesta Sinfónica en la que, por supuesto, tomaría parte. Fue Varela un filósofo en toda la extensión de la palabra. Prueba de ello fueron sus escritos publicados, como sus “Lecciones de Filosofía”, o su “Miscelánea Filosófica”. La primera obra llegó a tener varias ediciones, siendo usada como texto en muchas Universidades y Seminarios de toda América. 

 

De haber podido dedicarse por más tiempo a esta ciencia es muy probable que hubiese llegado a escalar un alto sitial entre los grandes. Pero otras ocupaciones también importantes le hicieron apartarse de la cátedra y,  aunque conservó su amor por la Filosofía, ya no pudo dedicarse a la labor académica como hubiera querido.

 

Fue también escritor. Su obra más conocida, aparte de las ya mencionadas, fue su “Cartas a Elpidio”, que planeó publicar en tres volúmenes, pero no intentó siquiera escribir el tercero, quizás porque el segundo  le trajo muchos sinsabores y malos entendidos. Y es que allí se trataba de enseñar a la juventud cubana a estar en guardia contra tres de los grandes males que pueden acechar al ser humano: la impiedad, la superstición y el fanatismo.

 

Fue Varela también periodista, no sólo en español, sino también en inglés, destacándose igualmente como editor. Su “El Habanero” sigue siendo un monumento a su amor por Cuba y su dignidad de patriota que prefiere el destierro antes que vivir en una Patria mancillada.

 

Fue Varela un maestro como pocos. No sólo impartía sus cátedras, fuesen de latín, de retórica, de filosofía como luego también de Constitución, sino que lograba insuflar en sus alumnos la pasión por el estudio y  el amor a Dios y a la Patria. Su método didáctico se apartó de lo acostumbrado para interesar al alumno, haciéndolo tomar parte, de modo que fuese un intercambio entre el profesor y sus estudiantes, para así poder llegar al conocimiento de lo que se quería enseñar. 

 

Poseía una aptitud especial para la oratoria. Varios de sus sermones fueron justamente aclamados. Y en las Cortes españolas, a las que hubo de pertenecer por elección libre de sus conciudadanos, hizo gala de sus cualidades para defender las mejores causas y los derechos de los que vivían relegados en las provincias españolas de Ultramar.

 

¿Y qué decir de su fibra apostólica, que lo llevó a desempeñarse como pastor en varias parroquias de Nueva York? Allí Varela demostraría que no era sólo sacerdote para la cátedra y el púlpito, sino también para compartir con los necesitados y llevar aliento a los inmigrantes que llegaban a América desde la lejana Irlanda, trayendo consigo su fe católica.

 

Por ser fue hasta inventor. Se sabe que desarrolló un sistema de enfriamiento que no logró prosperar de seguro por falta de recursos para llevarlo adelante. E intentó también con una rueda especial que evitaría los ruidos, pero ésa tampoco prosperó.

 

Si, además, queremos adentrarnos en sus actividades políticas y patrióticas, tendremos enfrente a uno de los hombres que más ha amado a Cuba y ha hecho más por su libertad, pese a haber vivido casi toda su vida alejado de ella. No por casualidad uno de sus discípulos, José de la Luz y Caballero, quien brillaría luego con luz propia en la historia de la educación en Cuba, le dedicó este elogio que ha logrado acuñarse: El primero que nos enseñó a pensar. Otros lo llamarían el Padre de la Patria.

 

SITUACIÓN POLÍTICA

 

Cuba, como es sabido, era una colonia de  España, que dependía de las políticas dictadas desde Madrid. Aunque algunas instituciones gozaban de cierta autonomía, el que realmente mandaba era el Capitán General de turno, enviado desde la metrópoli, verdadero representante del rey.

 

En España existía una monarquía, amenazada por las pretensiones de Napoleón de apoderarse de Europa.  Ya vimos como Carlos IV sucede a su padre, Carlos III, entregando el poder real a su valido Manuel Godoy. En realidad ambos estaban aliados con Napoleón, quien en esos momentos estaba en el apogeo de su gloria, quizás por el miedo a perderlo todo,  de modo que en España las cosas se hacían de acuerdo a los deseos del emperador.

 

Los enemigos del rey y de Godoy, en marzo de 1808, se sublevaron en Aranjuez, lugar donde residía la Corte, obligando  a Carlos a abdicar en favor de su hijo, quien ocuparía el trono como Fernando VII. Pero esas no eran las aspiraciones de Napoleón, de modo que los depuso a ambos para colocar en el trono español a su hermano José, apodado por los españoles “Pepe Botella”. Ambos, Carlos y Fernando, pasaron a ser prisioneros de Napoleón en diversos lugares de Francia.

 

El emperador, sin embargo,  no contaba con el pueblo español y éste se levantó ante la idea de tener un soberano extranjero. Así, el 2 de mayo de 1808 se produjo la famosa sublevación del pueblo de Madrid, que fue sofocada atrozmente por las tropas francesas. Así comenzaría una guerra de Independencia que duraría hasta 1814, con apoyo de los ingleses.

 

Los españoles se organizaron en Juntas, que fueron locales y provinciales, reconociendo a Fernando como el legítimo soberano, a quien querían de nuevo en España. De ahí que se le diera el título de “El Deseado”.  Las Juntas regionales determinaron  tener una Central, que luego daría paso al llamado Consejo de Regencia, que ejercería el gobierno provisionalmente, comprometidos con los liberales a convocar a unas Cortes que funcionarían como un Parlamento, compuestas por diputados elegidos por el pueblo.

 

Más tarde las Cortes, reunidas en Cádiz, en el año 1811, redactaron y aprobaron una Constitución que entraría en vigor a comienzos de 1812 y que estaba basada en los principios de la Revolución Francesa, con una declaración de los derechos individuales de los ciudadanos. Todos estos hechos tendrían gran impacto en América, por cuanto las colonias españolas habían quedado bastante aisladas de la metrópoli y, por otro lado, el hecho de integrarse también Juntas en ellas y verse prácticamente sin un verdadero rey que las gobernase, fue levantando el espíritu de independencia que culminó con la emancipación de casi todas ellas.

 

Napoleón vio con malos ojos el paso dado en España hacia una monarquía parlamentaria, por lo que, en 1813, permitió a Fernando volver, con el apoyo del ejército francés,  retornando España al absolutismo, cosa que para el rey fue de mucho agrado.  Pero los liberales no perdieron  el tiempo y junto con algunos militares conspiraron contra el rey para restaurar la Constitución.

 

Hacia fines de 1819 se reunieron en Cádiz y sus poblaciones cercanas gran cantidad de tropas,  pues Fernando estaba empeñado en recuperar aquellas colonias americanas que se habían declarado rebeldes. Esto permitió que algunos oficiales, encabezados por Rafael de Riego, convencieran a los soldados de ponerse de parte de un movimiento para restaurar la Constitución de 1812 y las libertades obtenidas por este medio. 

 

Esto ocurre el 1 de enero de 1820 y abriría el camino  a una nueva Asamblea Parlamentaria que daría a España un viso de democracia y modernidad.  A Fernando no le quedó más remedio que aceptarla, aunque de mala gana. Luego, en 1823, el rey Luis XVIII de Francia, quizás a pedidos secretos de Fernando, enviaría un ejército para que pudiera de nuevo reinar el absolutismo, y el rey español, ni corto ni perezoso, suprimió de nuevo la Constitución y las Cortes y persiguió con saña a sus enemigos políticos. 

 

Pero estos acontecimientos los veremos más adelante. Lo cierto es que el restablecimiento de la Constitución daría un  rumbo diferente a la vida de Varela, quien, insospechadamente, sería lanzado a una nueva etapa en la que no faltarían momentos gloriosos como muchas penas y sufrimientos.  

 

VARELA, POLÍTICO

 

Lo primero fue la idea del obispo Espada de crear una cátedra de Constitución en el Colegio-Seminario, para formar en las ideas de la libertad a los jóvenes cubanos. Se abrieron las oposiciones para la misma, presentándose, junto a Félix, José Antonio Saco, Nicolás M. Escovedo y Prudencio Echavarrría, ganándolas el primero.

 

Este abrió la nueva Cátedra en enero de 1821, teniendo nada menos que 191 alumnos, lo que demuestra el gran interés de la juventud por el tema.

Pero luego, una vez más, entra en juego el genio vivo del obispo Espada, quien, viendo las posibilidades que ofrecía para la Iglesia y para Cuba tener a un hombre como Varela en las Cortes españolas,  lo anima a  presentarse como candidato.

No creo que Varela lo hubiera hecho nunca de no haber sido impelido por el deseo de agradar a quien, de tantas maneras diferentes, le había apoyado. Bien sabía él que la política española estaba al arbitrio de un rey que, como Fernando VII, no entendía ni quería entender de democracia. Ya había desconocido la Constitución y decretado antes, en 1813, el cese de las Cortes, y ahora no le había quedado más remedio que soportar ese instrumento que le negaba el absolutismo de su mandato.

 

Por obediencia, pues,  se presenta como candidato y gana un puesto en las Cortes para representar a la provincia cubana de Ultramar. Junto a él fueron también elegidos Nicolás Ruiz, José del Castillo y el brigadier Gonzalo de Aróstegui. Si él hubiera sabido. Pero no era adivino, desde luego, como tampoco lo era el obispo Espada, quien pese a su gran visión, empujó a Varela a una tarea que llevaría consigo perderlo por siempre para la diócesis habanera. Porque eso fue exactamente lo que pasó. 

 

VARELA EN ESPAÑA

 

Después de llegado a España surgen problemas que le impiden tomar posesión de su cargo, pues se alegaron irregularidades en las elecciones. El grupo de los comerciantes, que había pretendido monopolizarlas a su favor, sólo consiguió un diputado, por lo que impugnó las mismas. Así pasó varios meses en la capital española, nunca ocioso pero sí falto casi de medios para su subsistencia.

 

Podemos suponer que algo que nunca faltaría en su vida sería el tiempo para la oración y la celebración de la Eucaristía, aunque no tenemos documentación al respecto. Lo que sí sabemos es que aprovechó para familiarizarse con el procedimiento de las Cortes y para editar su “Miscelánea Filosófica”.

 

Por fin, después de varios meses, en noviembre de aquel año 1821, en una nueva elección vuelven a elegirlo, junto a tres diferentes de los anteriores: José de las Cuevas, Tomás Gener y Leonardo Santos Suárez, éste último discípulo de Varela. Todavía tendrían Varela y los otros que esperar hasta el 3 de octubre de 1822 para prestar su juramento como diputados. Pero ya  entonces sí se lanza a escribir y ganar apoyo para varios proyectos que tiene en su mente. Es necesario crear nuevas leyes para las provincias de Ultramar, incluyendo a Filipinas y Puerto Rico. También abrir caminos para que las ya independientes naciones americanas, en lugar de ser vistas como enemigas por los españoles, pudieran ser reconocidas, y así crear con ellas una nueva forma de cooperación y buenas relaciones.

 

Y, por supuesto, el tema de la esclavitud, que le era tan querido, pues estaba decididamente opuesto a ella, por lo que quería hacer todos los esfuerzos para lograr su total abolición. Los pocos meses pasados como diputado en las Cortes fueron de mucho trabajo, siempre con la mente puesta en Cuba y en las otras colonias que aún le quedaban a España. Y su voz se dejaría oír repetidas veces para abrir la mente de sus colegas, al igual que había hecho desde sus cátedras de La Habana.

 

No todos pudieron comprender sus puntos de vista, dada la lejanía y el desconocimiento que había entre los españoles de la realidad de América. Algo que hemos de consignar es que por aquellas fechas las logias masónicas tenían una fuerza enorme en España. Prácticamente la mayoría de los miembros de las Cortes pertenecía a alguna de ellas. Y esto sería una experiencia negativa que luego llevaría a Varela a repudiar de ellas.

Con todo, el proyecto de una nueva política para Ultramar iba logrando avanzar, viéndose cada vez más cerca de su aprobación.

 

Lo de la abolición de la esclavitud tuvo mucho menos suerte. Muchos intereses creados pugnaban en contra y no logró el eco necesario entre los miembros de las Cortes. Ni siquiera en Cuba estaban preparados los ánimos para aceptarla, lo que no era un secreto para Varela, que estaba consciente de que el profeta no está para decir lo que la gente quiera oír, sino para defender lo que sea justo a la luz de los mandamientos divinos.

Lamentablemente España no era una democracia, sino una monarquía que aparentaba ser parlamentaria. Las Cortes pendían de un hilo, pues en Europa el concepto no era totalmente aceptado, y otras monarquías suspiraban porque el intento fracasase.

 

Un rey inepto pero ambicioso como Fernando VII no lograba hacerse a la idea de compartir el poder absoluto. Aceptó la Constitución y las Cortes de muy mala gana, pero cuando encontró la oportunidad dió al traste con el anhelo democrático de una buena parte de sus súbditos, y las Cortes fueron abolidas. Ya para entonces los diputados, ante el peligro de invasión francesa, se habían trasladado, y casi obligado al rey a hacer lo mismo, hacia Cádiz. Quizás fue esto lo que salvó de la muerte a Varela y a otros muchos colegas, pues lograron llegar al cercano Estrecho de Gibraltar donde se acogieron al asilo de las leyes británicas.

Pena de muerte pesó sobre ellos, pues Fernando no quiso perdonar el deseo de la mayoría de destituirlo y hasta de dejar abolida la monarquía, que era más un estorbo a los planes democráticos que una ayuda para alcanzar la ansiada libertad política. Allí quedaron truncos todos los proyectos. Y a nuestro héroe le llegó la convicción de lo  que sería luego uno de los motivos más caros de su existencia: Cuba no podía seguir dependiendo de los caprichos de un rey o de los vaivenes de una política que le había sido tan adversa. Su único camino era la independencia. Pero tendrían que pasar muchos años antes de que estos sueños pudiesen concretarse. Para Varela su escape de la muerte le valdría, en cambio, verse condenado a nunca más volver a ver a su amada Cuba.

 

EN TIERRAS AMERICANAS

 

Junto a Varela se salvaron también  otros diputados cubanos, Gener y Santos Suárez. Los tres decidieron marchar a las tierras de América, quizás para estar más cerca de una Cuba a la que, por el momento, les estaría prohibido regresar. Así embarcaron en el vapor Draper C. Thorndike que los llevaría a Nueva York. Allí desembarcarían el 15 de diciembre de 1823. Varela había partido de la Habana el 28 de abril de 1821. Poco más de dos años permaneció en España.

 

¡Cuánto frío había en aquella ciudad extraña! ¡Y cuánta incertidumbre en sus corazones! Llegaban vencidos y desilusionados. Pero fueron bien recibidos por algunos compatriotas e incluso por españoles que los consideraban casi unos héroes. Que lo eran en realidad. Por lo que  hasta se propuso hacerles un homenaje, que ellos rechazaron.

 

Para Varela lo importante, ahora, era comenzar a trabajar. Tendría que luchar, también, con el idioma. En esos tiempos eran pocos los que, en Estados Unidos,  hablaban español, y si quería hacer algo tendría que ser en el idioma del país al que había recalado buscando un refugio seguro, pues hasta su vida estaba en peligro.

 

Cierto que durante un tiempo había estado alejado del ministerio. Hasta entonces se había dedicado más a las tareas de enseñanza y a la política, algo que consideraba un deber también como sacerdote. Pero ahora, visto el fracaso de sus empeños, deseaba consagrarse más de lleno  a la labor pastoral. En realidad hasta ese momento no había tenido mucha oportunidad para adquirir experiencia en este sentido, pues después de su ordenación fue destinado al Seminario y, aunque allí ejerció una gran influencia positiva sobre una buena cantidad de jóvenes, nunca había trabajado en una parroquia. Ahora tendría oportunidad de hacerlo. 

 

Pero antes de que pudiera siquiera pensarlo se presentaron ante él algunos de sus antiguos discípulos con una encomienda: que se pusiera al frente del movimiento en busca de la libertad de Cuba. Era algo serio lo que le proponían, y él sabía de las muchas dificultades que confrontaría, pero ante todo estaba su amor a la Patria y su compromiso con aquellos que él mismo forjó en las ideas de patriotismo y de libertad para los pueblos.

Por eso daría su sí, no sin antes presentar algunas condiciones. Una de ellas era consecuencia de su experiencia por tierras españolas: nada de ingerencia en este movimiento de las logias masónicas.

 

Como contraparte sus discípulos, más cercanos a la realidad de Cuba, por haberla vivido en los últimos tiempos, le pidieron que no se tocara por el momento el tema de la abolición de la esclavitud, pues era algo que veían como la razón para que muchos en Cuba creyeran que la  independencia sería  un verdadero peligro para sus intereses económicos. No es que esos jóvenes discípulos estuviesen de acuerdo. Era, simplemente, aceptar una realidad. Cuando llegase el momento la abolición se realizaría porque era parte del verdadero proyecto de liberación de la Isla.

 

Varela aceptó. Se dio cuenta de que habría que esperar tiempos mejores para lograr el ideal. Mientras, lucharía con ellos para lograr lo que ya otras naciones hispano-americanas habían conseguido: independizarse del yugo español. Para Varela se abría un nuevo capítulo para el que su cuerpo no estaba totalmente preparado. No gozaba de buena salud, pues desde mucho padecía de asma. Y el frío glacial de Nueva York en invierno era demasiado para él.

 

No tardaría en enfermar, pero nada le arredró, pues en dos cosas quería de inmediato trabajar: en la libertad de la Patria y en el ejercicio de su amado sacerdocio. En adelante tendría que sufrir muchos quebrantos en su salud, pero eso no significaría que iba a disminuir su ritmo de trabajo. En realidad se creó un círculo vicioso, pues si bien su cuerpo era débil, él tampoco lo cuidaba en demasía. Por el contrario, dormía poco, comía mal y trabajaba demasiado.

 

 

Luego dirá una frase que tiene un gran dejo de amargura: Es preciso no equivocarse. En la isla de Cuba no hay amor a España, ni a Colombia, ni a México, ni a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café.

Tremenda crítica que de seguro irritaría por igual a españoles y criollos. Pero así era Varela, un hombre a todo dar, sin miedo a la hora de decir la verdad. Como él mismo había escrito antes, al despedirse de la tierra cubana para ir a servir como diputado en las Cortes españolas, en el “Diario del Gobierno Constitucional”, el 18 de abril de 1821: Ya sea que el árbitro de los destinos separándome de los mortales, me prepare una mansión funesta en las inmensas olas, ya los tiranos para oprimir a España ejerzan todo su poder contra el Augusto Congreso en que os habéis dignado colocarme, nada importa: un hijo de la libertad, un alma americana, desconoce el miedo.

 

Esto no lo dijo por casualidad. Lo demostraría en cada momento de su vida. En “El Habanero” abundan frases que demuestran lo convencido que Varela estaba, ya en 1824, cuando comienza a publicarlo, de la necesidad de que Cuba sea independiente. Sólo citaré algunas de ellas, pero invito a mis lectores a tomar contacto directo con esas páginas que son el fruto maduro de quien nos trazó el camino correcto.

 

Los americanos nacen con el amor a la independencia. He aquí una verdad evidente. Aún los que por intereses personales se envilecen con una baja adulación al poder, en un momento de descuido abren el pecho y se lee: INDEPENDENCIA. ¿Y a qué hombre no le inspira la naturaleza este sentimiento? ¿Quién desea ver a su país dominado y sirviendo sólo para las utilidades de otro pueblo?  (Número II: Amor de los Americanos a la Independencia).

 

¿Quién podrá, pues, dudar que la opinión general de los americanos está por su independencia? ¿En qué puede fundarse la descabellada, o más bien  ridícula suposición, de que sólo un corto número como dicen de criollos está por la independencia, y que el pueblo americano quiere ser esclavo?

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