RECTIFICAR ES DE SABIOS

Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Trump es, a todas luces, un hombre inteligente, un guerrero valiente y un consumado patriota, pero está muy lejos de ser infalible.

A pesar del obstruccionismo de los demócratas y del odio vitriólico de sus enemigos de la prensa parcializada y fanática Donald Trump es el presidente norteamericano que más éxitos ha logrado en el corto espacio de tiempo de tres años. Ha revitalizado la economía, aumentado el número de empleos, reducido la tasa de desempleo, logrado la independencia energética, reducido los impuestos, eliminado regulaciones que asfixiaban a las empresas y confrontado el chantaje de China Comunista. Trump es, a todas luces, un hombre inteligente, un guerrero valiente y un consumado patriota, pero está muy lejos de ser infalible. Como todo ser humano se equivoca. Pero, a diferencia de la mayoría de los seres humanos, sabe rectificar cuando se da cuenta de que está equivocado.

Esa fue la situación en que se encontró el presidente cuando tomó la decisión festinada de repatriar a todos los soldados norteamericanos destacados en Siria creando un vacío que sería llenado por los enemigos de los Estados Unidos y de sus aliados en el Medio Oriente. El dictador turco Recep Tayyip Erdogan lanzó un ofensiva contra sus enemigos ancestrales de la etnia kurda, los clérigos de Teherán comenzaron los preparativos para adueñarse de los campos petroleros en el norte de Siria, los kurdos buscaron en Moscú la protección que les negaban los Estados Unidos y Vladimir Putin daba pasos para hacer realidad su obsesivo sueño de restaurar el imperio soviético como potencia determinante en los asuntos mundiales.

Sin embargo, aunque equivocada, la decisión de Trump estuvo basada en el cumplimiento de su palabra empeñada en el curso de su aspiración a la presidencia. El 27 de abril de 2016, el entonces candidato republicano Donald Trump fue invitado a pronunciar un discurso sobre relaciones internacionales en el emblemático Hotel Mayflower de la ciudad de Washington. Acorde con el pensamiento político de toda su vida, Trump acusó a los presidentes de ambos partidos de haber derramado la sangre y derrochado los recursos de los Estados Unidos en prolongadas e infructuosas guerras internacionales. Acto seguido prometió que, de ser electo, pondría fin a esa pesadilla. Quienes ahora lo atacan por su posición pacifista tienen mala memoria o creyeron que era uno de esos tantos políticos que nunca cumplen sus promesas.

Parte importante del cumplimiento de esa promesa fue exigirle a los países europeos miembros de la OTAN que aumentaran sus pagos destinados al mantenimiento de esa Alanza Occidental. La mayoría de ellos han aumentado sus contribuciones pero Trump insiste en que sus pagos no son suficientes porque los Estados Unidos todavía pagan una cantidad desproporcionada para la defensa de Europa. Un planteamiento similar hizo a una acaudalada Arabia Saudita que por años se había aprovechado de las larguezas de los Estados Unidos en lo relativo a la defensa de su territorio. Bajo el gobierno de Trump, los sauditas se han comprometido a pagar el 100 por ciento de los gastos militares y de mantenimiento de tropas norteamericanas en su país.

Pero Trump desató una tormenta a nivel nacional cuando declaró que traería de regreso a los Estados Unidos a todos los soldados norteamericanos destacados en Siria. Le salieron al paso militares del prestigio de los generales David Petraus y Jack Keane , la totalidad de los demócratas en el Congreso y hasta muchos de sus aliados en el Partido Republicano encabezados por el Senador Lindsey Graham. El presidente descubrió que se había equivocado y consideró que lo más prudente era enmendar el error. Con ello dio muestras de sabiduría cuando aplicó el proverbio español que reza: "Rectificar es de sabios."

A tal efecto, instruyó al Pentágono que diseñara un nuevo plan que incluyera varios centenares de soldados con sofisticados equipos militares que serían destacados en la zona oriental de Siria. La misión de estos efectivos militares consiste en combatir al Estado Islámico y bloquear el avance de las fuerzas militares rusas y sirias en una región rica en recursos petroleros. Un plan que muy pronto produciría resultados de inmensa importancia en la lucha contra el terrorismo a nivel mundial.

La semana pasada, el Presidente Trump anunció que fuerzas especiales de los Estados Unidos habían dado muerte al líder del Estados Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi. En el curso de la conferencia de prensa convocada al efecto, el Presidente declaró que Abu Bakr al-Baghdadi había estado bajo vigilancia durante varias semanas. Pero lo más importante fue su revelación de que Turquía, Siria, Iraq, Rusia y los Kurdos habían contribuido al éxito de la operación. Una prueba más de que cuando Washington se enfurece sus enemigos se suman a la comparsa.

Sin embargo, los acontecimientos a los que hemos hecho referencia en este trabajo no restan validez a la política nacionalista de Donald Trump, que pone en primer lugar los intereses de los Estados Unidos. Este país no puede continuar siendo policía de la paz y exportador de democracia para el resto del mundo. Los pueblos que no sean capaces de defender su libertad y escoger sus sistemas de gobiernos no merecen ayuda externa ni tienen derecho a ser libres.

Si nos remontamos a los padres fundadores de los Estados Unidos — George Washington, Thomas Jefferson y John Quincy Adams — nos encontramos que todos ellos enunciaron una posición de lazos económicos con todos y alianzas políticas con ninguno. Todos ellos se dieron cuenta de que las alianzas políticas conducen a conflictos internacionales.

El francés Alexis de Tocqueville fue todavía más profundo en su libro Democracy in America, cuando hizo referencia al arte de asociación que sirve de cimientos al edificio de la democracia norteamericana. Los norteamericanos, según Tocqueville, tienen una capacidad especial para el auto-gobierno y para formar asociaciones que les permite resolver problemas que el gobierno no puede.

Para el filósofo francés este es un elemento fundamental que explica el éxito de la democracia en los Estados Unidos. En términos claros, la democracia no es exportable porque es un traje que no le sirve a todo el mundo. Cada pueblo tiene que encontrar por sí mismo el sistema de gobierno que refleje su idiosincrasia y sus metas. Por eso la cruzada norteamericana para exportar democracia ha fracasado en la mayor parte de los casos. Frente a los éxitos en Alemania Occidental y Japón nos encontramos los fracasos en Cuba, Haiti, Somalia y Vietnam.

¿Cómo pueden entonces los Estados Unidos beneficiarse a sí mismo y al resto del mundo? Si los Estados Unidos quieren sinceramente ayudar a los países más pobres del mundo, la forma más simple de lograrlo no es con el envío de dinero, ayuda extranjera, asistencia humanitaria o fuerzas militares. Es demostrando las virtudes del capitalismo y de la libre empresa dando a esos países pobres acceso al gran mercado norteamericano. En cuanto al sistema político, que cada país se ponga el traje que mejor le quede.

10-29-19

 

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