LA INVASION MEXICANA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

 

Casi dos siglos después de que Sam Houston hizo morder el polvo de la derrota al General López de Santa Ana en la Batalla de San Jacinto los gobernantes mexicanos han decidido recuperar el territorio perdido con una masiva invasión demográfica del territorio norteamericano. Los 18 minutos de aquel 21 de abril de 1836 que duró la batalla no solo determinaron la independencia de la flamante República de Texas sino contaminaron las relaciones entre los dos vecinos hasta el día de hoy. A tal punto, que hay quienes afirman en tono jocoso, pero indudablemente con una gran dosis de realidad, que el problema de México es “estar tan lejos del cielo y tan cerca de los Estados Unidos”.

 

Esta invasión tiene, por otra parte, características muy sui generis. Los invasores han contado con la colaboración de políticos, instituciones y medios de publicidad del país invadido. Tanto los republicanos como los demócratas han ignorado la tragedia humana de una inmigración forzada por el terror y la penuria para poner por delante sus ventajas electorales y sus intereses políticos. Y, peor aún, han violado su juramento de proteger y preservar la seguridad de los Estados Unidos y de sus ciudadanos frente a enemigos internos y foráneos. 

 

Prueba irrefutable son los noticieros diarios que nos muestran las caras de traficantes de drogas y mercaderes de armas que operan a ambos lados de la frontera entre los dos países y hacen la vida miserable a los ciudadanos pacíficos que luchan por ganarse la vida. Estos enemigos de los Estados Unidos representan un peligro presente y real a la integridad de la nación fundada en 1776 en Filadelfia. Pero muy pocos se atreve a dar la voz de alarma por temor a perder el apoyo de una creciente población mexicana que en una década podría inclinar la balanza en elecciones regionales y nacionales.

 

Quienes se han atrevido, como la gobernadora de Arizona, Jan Brewer, han sido objeto de ataques furibundos en que se les acusa de sancionar leyes como las de Nuremberg, con las que Hitler dio inicio al holocausto judío. En el Estado de la Florida, la senadora estatal Anitere Flores ha recibido una buena dosis de realidad política con marchas hostiles e informaciones tendenciosas de la prensa amarilla por atreverse a proponer una ley más benigna que la de Arizona pero que intenta regular las actividades de los inmigrantes. Y hasta Hillary Clinton, una mujer con sólidas credenciales de izquierda, se buscó el regaño de dos presidentes, Obama y Calderón, por comparar la actual situación en México con la de Colombia en la década de los 80.

 

Aunque los argumentos se han centrado en el drama humano de los inmigrantes de este lado de la frontera, los gobernantes al sur del Río Grande no están libres de pecado. Después de 72 años de lo que Vargas Llosa ha llamado la dictadura perfecta del PRI grandes segmentos de la población mexicana viven en la miseria. Todo esto en un país con inmensos recursos naturales y que recibía un gigantesco influjo de divisas gracias a la visita de millones de turistas anuales hasta que los narcotraficantes lo convirtieron en una antesala del infierno.

 

Sin embargo, el Presidente Felipe Calderón, tuvo la arrogancia y la osadía de condenar la política inmigratoria de Washington en un discurso ante el pleno del Congreso de los Estados Unidos. Imagine el lector, ¿cómo habría sido tratado en México un presidente norteamericano que se hubiese atrevido a hacer tales acusaciones ante el Congreso Mexicano? Aquí fue aplaudido en forma delirante por los demócratas que cortejan el voto de los norteamericanos de origen mexicano para reelegir a Barack Obama.
 

Por otra parte, un factor contribuyente, y quizás determinante, en el desenlace de este conflicto donde se juega el destino de la sociedad norteamericana es una prensa de izquierda encabezada por la vanguardia mediática mexicana de Univisión. Esta prensa parcializada—que promueve las virtudes del estado benefactor frente al tradicional individualismo de la sociedad norteamericana—ha llegado a crear un Diccionario del Engaño donde los ilegales son indocumentados y en que cualquier ley que regule sus actividades es calificada de anti-inmigrante.

Solo en los Estados Unidos se otorgan licencias de operación a medios electrónicos que emiten un mensaje constante de hostilidad al país anfitrión. Si no, que alguien me diga cuantas licencias ha otorgado el Gobierno de México a empresas radiales o televisivas donde predomina el capital extranjero.

 

Por mi parte, si yo fuera un ciudadano mexicano con una familia aguijoneada por el hambre y asediada por la violencia no dudaría un instante en poner rumbo al ancestral enemigo del norte transformado—por   la ineficiencia y la corrupción de los gobernantes de mi propio país—en la mas accesible tabla de salvación. Trabajaría de sol a sol en oficios que muy pocos aceptan y mandaría recursos a mis seres queridos. Esta es la tragedia que confrontan todos los días los millones de mexicanos trabajadores y honestos que vienen a ganarse la vida en los Estados Unidos. Un drama que demanda una solución—al mismo tiempo compasiva y justa—tanto para los inmigrantes como para los ciudadanos norteamericanos.

 

Los doce millones de inmigrantes ilegales que ya viven en los Estados Unidos deben ser aceptados como miembros respetables y plenos de nuestra sociedad. Es una medida para beneficio no solo de los inmigrantes sino de todos los que vivimos en este país. Como dijo Abraham Lincoln, “una casa no puede perdurar mitad libre y mitad esclava”. En nuestro caso, la palabra esclava bien puede ser sustituida por discriminada, que es una condición cercana a la esclavitud.

 

Ahora bien, la pregonada reforma migratoria integral que promueven constantemente Univisión y sus aliados de la izquierda tiene que incluir inexorablemente una seguridad en la frontera que se traduzca en seguridad nacional. Ambas tienen que ir juntas. Sin eso, no habrá progreso alguno en cualquier reforma migratoria que se presente ante el Congreso Federal. Porque una frontera porosa como la actual es una invitación a los criminales y terroristas que quieren erradicar a los Estados Unidos de la faz de la Tierra. Y los norteamericanos, aunque son en su mayoría gente noble, no han dado indicios de estar inclinados a cometer suicido masivo.

 

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