VIGESIMO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(15 de septiembre de 2019)

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

Este domingo, una de las “cartas pastorales” que San Pablo dirige a su discípulo Timoteo (I Tim. 1, 12-17) nos puede servir de guía e inspiración para entrar en el tema fuerte del mismo: “La Misericordia de Dios”. Dios es amor, nos dice San Juan en su primera carta, y su amor es misericordioso nos dice la Sagrada Escritura por doquier. Pudiéramos asumir la actitud agradecida del Apóstol quien, desde su humilde aceptación del “llamado” recibido de Cristo, no se cansa de reconocer su pasado pecador como “perseguidor de la Iglesia”, reconociendo lo que en Cristo Dios ha hecho en él: “me hizo capaz, me confió este ministerio, derrochó su gracia en mí.” San Pablo se reconoce el último de los discípulos; indudablemente es la humildad una cualidad indispensable para ser de Cristo, cualidad y virtud, y más aún para ser apóstol de Cristo.

En la primera lectura (Éxodo 32, 7-11.13-14) Dios nos muestra que es misericordia y fuente de la misma, que nos quiere como Él. Dice el autor sagrado que el Señor se “arrepintió” de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo. Nuestra idea filosófica de la “inmutabilidad” de Dios es derrotada constantemente en la Revelación que Dios nos hace de Sí mismo y de la cual la Biblia se hace depósito incuestionable. El grave pecado de idolatría recibe de Dios y por la intercesión de Moisés el perdón del que es Padre y Creador del género humano, que de Él ha recibido la vida.

En el evangelio (Lucas 15, 1-32) leemos hoy las tres parábolas de la misericordia: Cada una de ellas nos habla del amor perseverante y de la misericordia de que da testimonio el Señor respecto al pecador: “La oveja perdida”, “La moneda perdida” y “El hijo perdido”, llamada comúnmente la “Parábola del hijo pródigo”, una de las parábolas más conocidas de los evangelios la cual, no por más conocida es necesariamente la mejor comprendida.

A menos que profundicemos en ella usando el método exegético con meticulosidad, nos perderemos lo mejor de su sustancia. -En primer lugar tenemos que considerar a quienes van dirigidas las parábolas, y concluimos que a los “fariseos y letrados” que critican a Jesús por “acoger a los pecadores y comer con ellos”. Por supuesto que necesitamos conocer las leyes de herencia y los usos en las relaciones familiares de la época y cultura en cuestión; pero no sería suficiente para no perdernos en la anécdota y privarnos de “zambullirnos” en el tema central que es el del “Amor misericordioso” de Dios.

Los “hermanos mayores” desde su estrado de jueces implacables, nunca comprenderán la actitud y el obrar del Padre que, en esta parábola específica, adquiere un carácter de sello en el marco de la Revelación de la naturaleza del Padre que es, en definitiva, la que informa la nuestra en el hecho redentor de la Encarnación. Hecho envuelto en el “misterio de Dios y en su actuación hacia sus criaturas que, aun confundidas y contaminadas por el pecado, siguen siendo “creadas a Su Imagen y Semejanza”, que su Hijo Amado ha venido a restaurar y redimir.

 

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