GUERRA ANGLO-ESTADOUNIDENSE DE 1812

La guerra anglo-estadounidense de 1812, también conocida como la guerra anglo-americana o guerra de 1812 (War of 1812 en inglés) fue un conflicto que enfrentó a los Estados Unidos contra el Reino Unido y sus colonias canadienses que se desarrolló entre 1812 y 1815. Los enfrentamientos se dieron por tierra y por mar.

En un momento en el que el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda debía soportar un gran esfuerzo de guerra para hacer frente a la Francia napoleónica, el 18 de junio de 1812 los Estados Unidos le declaran la guerra con el fin de invadir los territorios canadienses pertenecientes al Imperio británico. Estos habían sido poblados a lo largo de cuarenta años por angloparlantes y mantenían numerosas relaciones culturales y comerciales con los Estados Unidos.

Entre otras causas de la guerra están las restricciones al comercio impuestas por el Reino Unido a causa de la guerra que mantenía en Europa contra Francia, el reclutamiento forzado de marineros mercantes estadounidenses para servir en la Marina Real Británica y el apoyo británico a los pueblos indígenas de Norteamérica que se oponían a la expansión de Estados Unidos.

Desarrollo de la guerra

Las fuerzas británicas estaban ocupadas en la guerra en Europa, por lo que al principio mantuvieron una estrategia defensiva y repelieron múltiples invasiones de los estadounidenses en algunas provincias de Canadá (que entonces era llamada Norteamérica británica).

Como sabían que no tenían mucho que hacer contra la Royal Navy, los estadounidenses planearon asediar Canadá por tierra. La guerra empezó con muy poca ventaja para los Estados Unidos, ya que sus intentos por invadir Canadá fueron repetidamente repelidos. La milicia estadounidense se mostró inefectiva y el alto mando incompetente a lo largo de la guerra, salvo en el último año.

Pese a un bloqueo marítimo inicial de los británicos en el litoral oriental que arruinó el comercio estadounidense, estos últimos consiguieron finalmente el control naval de los lagos Erie y Champlain, previniendo así cualquier amenaza de una invasión a gran escala desde el norte.

Con la derrota de Napoleón en 1814, los británicos adoptaron una estrategia más agresiva y enviaron tres ejércitos de invasión a Norteamérica. Así lograron penetrar en partes de Maine y gracias a la victoria en la batalla de Bladensburg en agosto de 1814 pudieron tomar la ciudad de Washington D.C. e hicieron arder sus edificios públicos, incluyendo la Casa Blanca y el Tesoro.

Por su parte, los estadounidenses destruyeron las fuerzas británicas compuestas de indígenas en el noroeste y el sureste, y de esta manera impidieron el sueño de la Confederación india que perseguía la formación de un Estado indígena independiente en la región del Medio Oeste, bajo el patrocinio de los británicos. Las victorias estadounidenses en septiembre de 1814 y enero de 1815 repelieron las tres invasiones británicas en Nueva York y Baltimore.

Asimismo, en el sur y en la costa del Golfo se libraron grandes batallas en las que los estadounidenses impidieron la invasión británica de Nueva Orleans y, además, derrotaron a los indígenas aliados de los británicos. Se destaca la batalla de Horseshoe Bend en la que el general Andrew Jackson derrotó a las fuerzas del pueblo Maskoki. A pesar de que España se mantuvo neutral toda la guerra, poco antes de su final, en 1814, Mateo González Manrique (gobernador de Florida Occidental) tomó por su propia cuenta la iniciativa de apoyar a los británicos, ganándose la enemistad de Andrew Jackson, quien invadió la ciudad española de Pensacola, librándose la batalla de Pensacola (1814).

El último acto de la guerra fue la batalla de Nueva Orleans, donde los estadounidenses derrotaron a una fuerza británica; irónicamente, la paz ya había sido firmada entre ambos contendientes.

Los dos bandos invadieron territorio adversario, pero estas invasiones fracasaron o fueron solo temporales. Al finalizar la guerra ambas naciones ocupaban territorio rival, pero estas áreas fueron restituidas gracias al Tratado de Gante. En el tratado ambas naciones llegaron a un acuerdo de paz que devolvía las fronteras al statu quo previo a la guerra.

En Canadá esta guerra se recuerda como una victoria al evitar la conquista de sus vecinos del sur, mientras que en Estados Unidos es celebrada como el nacimiento de un nuevo espíritu de unidad nacional de la joven nación y una importante demostración de fuerza internacional que haría que desde Londres no se volviera a cuestionar la independencia estadounidense.

 

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