LA HORA DE LA LUZ Y DEL AJUSTE DE CUENTAS.

Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Después de dos a­ños de sombras en que predominaron la intriga, la calumnia y la mentira se está haciendo la luz y ha llegado la hora del ajuste de cuentas.

La publicación del informe del Procurador Especial Robert Mueller sobre la supuesta conspiración de Donald Trump con los rusos impactó a los demócratas de la Cámara Baja con la fuerza de un cataclismo de proporciones gigantescas. Donald Trump y todos los miembros de su campaña fueron totalmente exonerados del delito de conspirar con Rusia o con alguna otra nación. Tampoco pudo Mueller --a pesar de haber seleccionado un equipo de fanáticos de Hillary--encontrar pruebas de obstrucción de justicia por parte del Presidente Trump.

Sin embargo, aunque admitió no haber encontrado pruebas fehacientes que justificaran un enjuiciamiento, el taimado Mueller tiró unas migajas a los demócratas dejando abierta la puerta de una posible obstrucción de justicia por parte de Donald Trump. Para contaminar aún más las ya turbias aguas de la actual pantano de Washington, Mueller puso en manos del Fiscal General William Barr la decisión de exonerar o enjuiciar al presidente por el delito de obstrucción de justicia.

Mueller se lavó las manos como Pilatos y convirtió a Barr en objeto de los ataques más vitriólicos por parte de la izquierda demócrata. Una gente que no se resigna a la pérdida de las elecciones de 2016 y que carece de argumentos para enfrentarse a Trump en las generales de 2020. Su último y único recurso es destruir la credibilidad de Barr para restar validez a sus investigaciones sobre el origen de las falsas acusaciones contra el presidente.

Ahora bien, se equivocan los enemigos de Trump si piensan que van a intimidar a William Barr. Este hombre no es el pusilánime Jeff Sessions, que se dejó amedrentar por los partidarios de Obama dentro del Departamento de Justicia. Barr ha prometido investigar el origen de esta 'cacería de brujas' hasta sus últimas consecuencias, aún cuando las pistas conduzcan a la misma Casa Blanca de Barack Obama.

En una de sus recientes comparecencias ante el Senado, Barr no mostró inhibición alguna en llamar a las cosas por su nombre. Dijo estar convencido de que Donald Trump había sido víctima de espionaje por parte del Buró Federal de Investigaciones. Cuando los demócratas trataron que retirara la palabra "espiar" Barr les subió la parada y les dijo que ese era el término que mejor definía las investigaciones del FBI sobre la supuesta conspiración de Trump con los rusos. Después de dos a­ños de sombras en que predominaron la intriga, la calumnia y la mentira se está haciendo la luz y ha llegado la hora del ajuste de cuentas.

Para desenredar esta madeja hay que empezar por un principio que consta de dos partes: las acusaciones contra Donald Trump y la exoneración de Hillary Clinton. La primera es el mamotreto envenenado, pornográfico y fantasmagórico bautizado por la prensa como el Steele dossier. La segunda, el encubrimiento de Hillary Clinton, una mujer obsesa de poder político que si cometió delitos de obstrucción de justicia cuando borró 33,000 correos electrónicos enviados por ella durante sus años como Secretaria de Estado.

El dossier contra Trump fue estructurado por el espía inglés Christopher Steele con relatos falsos e inventados de un grupo de espías rusos. La campaña política de Hillary, utilizando como cobertura a la organización encuestadora Fusión GPS, pagó 2 millones de dólares por un documento sin base alguna en la realidad. Luego, fue precisamente Hillary y sus apandillados--no Donald Trump--quienes conspiraron con agentes extranjeros para cambiar los resultados de elecciones norteamericanas. Dime de qué me acusas y te diré que delito has cometido.

¿Cómo fue utilizado el dossier elaborado por el espía ingles y sus socios rusos? Sirvió de justificación a enemigos de Trump dentro del FBI como James Comie, Andrew McCabe, Peter Strzok y Lisa Page para solicitar ante la FISA--Foreign Intelligence Surveillance Act of 1978 --órdenes de vigilancia contra Trump y los miembros de su campaña. De hecho, el propio Andrew McCabe declaró ante el Senado que sin el dossier de Steele jamás habrían logrado la aprobación de las órdenes de vigilancia de Trump y sus asociados por los jueces de FISA.

Por otra parte, el encubrimiento de los delitos de Hillary contrasta con la persecución contra Trump. Una justicia parcializada a favor de Hillary frente a una justicia parcializada contra Trump. En ambos casos una violación de la constitución y del estado de derechos. Después de su reunión furtiva con Bill Clinton en el aeropuerto de Phoenix un mes antes de las elecciones, la Secretaria de Justicia Loretta Lynch ordenó a Comie exonerar a Hillary. De inmediato Comie redactó el memo exonerando a Hillary aún antes de haberla entrevistado, violando tanto la lógica como los cánones del derecho procesal en cualquier país del mundo.

Ahora bien, la conspiración contra Trump y sus partidarios no se limitó a la campaña política de Hillary o al Departamento de Justicia. Otros altos funcionarios cercanos a Barack Obama participaron activamente en la campaña de descrédito contra Trump. Entre ellos, una Susan Rice quien mintió cinco veces en cinco programas diferentes diciendo que las muertes de diplomáticos norteamericanos en Benghazi habían sido la reacción ante un video contra el Islam. El otro un John Brennan, nombrado por Obama Director de la Agencia Central de Inteligencia a pesar de haber votado en 1976 por el candidato a la presidencia postulado por el Partido Comunista de los Estados Unidos.

Y un caso similar es el de James Clapper, Director de la Agencia Nacional de Inteligencia, quien mintió al Congreso cuando le preguntaron si su organización vigilaba actividades de ciudadanos norteamericanos. Las falsas acusaciones filtradas a la prensa por estos funcionarios arruinaron las vidas de patriotas como el General Michael Flynn. Afortunadamente, todo está saliendo a la luz y pronto podremos decir, como reza el refrán español, que "primero se coge a un mentiroso que a un cojo".

En este sentido, todo indica que la verdad ha de prevalecer en un futuro cercano. Dentro de muy pocos días se espera el informe de Michael Horowitz, Inspector General del Departamento de Justicia, con informaciones sobre la conducta delincuencial de estos funcionarios. Al mismo tiempo, el Presidente Trump ha anunciado que muy pronto desclasificará las solicitudes fraudulentas ante los jueces de FISA. Y como último clavo en el ataúd de los tramposos, está la decisión del Fiscal General William Barr de investigar a los investigadores.

Estos nubarrones de tormenta tienen en estado de paroxismo a abanderados de la izquierda demócrata en la Cámara Baja como Adam B. Schiff, Jerrold Nadler y Maxime Waters. Todos se han agarrado a un par de párrafos en el informe de Robert Mueller que el Fiscal General Barr se ha negado a revelar porque las leyes se lo prohíben. Barr los ha invitado a verlos bajo la supervisión del Departamento de Justicia. Ellos, por su parte, se han negado a verlos y han declarado a Barr en rebeldía ante el Congreso. La conclusión obvia, es que estos individuos no están interesados en la verdad sino en contar con otro argumento contra Trump en las generales de 2020.

Sin embargo, entre el momento en que escribo estas líneas y las generales de 2020 hay una eternidad en lo concerniente a asuntos políticos. Las situaciones podrían complicarse para estos transgresores de la ley, la mayoría de ellos altos funcionarios de la Administración Obama. Porque el delito de utilizar órganos policiales e investigativos contra el candidato del partido contrario al presidente es una ignominia sin precedentes en la política de este país. Del ajuste de cuentas y de la transparencia del proceso depende la supervivencia de la democracia norteamericana. Es tiempo de castigar a los culpables, aún cuando entre ellos se encontrara el mismísimo Mesías Barack Obama.

5-14-19

 

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