SOCIALISMO, OPORTUNISMO Y SUICIDIO

Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

El Partido Demócrata de 2019 se parece cada día más a los bolcheviques de 1917. Aquellos tenían a Vladimir Lenin, que sí sabía para donde iba, y estos tienen a Bernie Sanders que sigue buscando un camino que no existe dentro del capitalismo. Pero eso no ha impedido que muchos de sus discípulos como Alexandria Ocasio Cortez, Ilhan Omar y Rashida Tlaib se hayan apoderado de la agenda y representen la energía dentro del partido del burro. A tal extremo, que, comparadas con estas apologistas del terrorismo y promotoras del socialismo, Nancy Pelosi, Sheila Jackson Lee y Maxine Waters podrían ser consideradas moderadas.

El partido que fuera una vez defensor de los trabajadores y de la clase media sin distingos de sexo, religión o raza se ha fracturado en distintas tribus a lo largo de líneas religiosas, sexuales y raciales. Su bandera común es un socialismo desprestigiado que ignora los motivos del fracaso de esta ideología del odio a través de la historia. Que no se ha enterado de los desastres de Cuba y Venezuela ni entiende los motivos por los cuales la Unión Soviética desapareció del mapa en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Para esta gente, se acabaron los términos medios y ha llegado la hora de los radicales. Con ello, le han dado el tiro de gracia al partido centrista de John Kennedy, Lyndon Johnson, Sam Nunn y Henry Jackson. Donald Trump se ha limitado a enterrar el muerto.

Por otra parte, para ser socialista en la meca del capitalismo hay que ser ignorante o fanático, aunque ambas aberraciones viajan casi siempre juntas. No se puede concebir una sin la otra. Bernie Sanders, el profeta de este socialismo incoherente y fracasado, es tan fanático que se fue a pasar su luna de miel en la antigua Unión Soviética y, a estas alturas del juego, sigue elogiando al sistema de salud castrista como el más justo y eficiente del planeta.

¿Por qué motivo lo siguen entonces tantos jóvenes en su alucinante aventura? La respuesta es fácil de encontrar en el sistema educativo de los Estados Unidos. Desde hace medio siglo los claustros de las universidades norteamericanas y los medios informativos se han llenado de diletantes que carecían de habilidades para triunfar en el mundo competitivo de las empresas privadas. Los graduados más capacitados hicieron fortunas compitiendo en la economía de mercado mientras estos diletantes se dedicaron a enseñar a los hijos de los triunfadores. Donald Trump es uno de esos triunfadores que personifica tanto el empresario envidiado por la prensa y por los claustros como el hombre que ha jurado oponerse con todas sus fuerzas al socialismo.

Volviendo a las universidades, estos profesores les dijeron a sus alumnos que el capitalismo era elitista y opresivo porque dejaba rezagadas a las mayorías. Les vendieron como sustituto la utopía de un socialismo que garantizaría la igualdad para todos los ciudadanos sin decirles quién pagaría la cuenta. Tampoco les aclararon, quizás porque ellos tampoco lo sabían, que esa igualdad no se lograría haciendo a todos acaudalados sino condenándolos a todos a la miseria, tal como lo vemos actualmente en Cuba y Venezuela.

Muchos de los candidatos que integran actualmente la lista de aspirantes a la presidencia por el Partido Demócrata fueron alumnos de esos profesores. Otros son millonarios que viven en barrios exclusivos pero pretenden ser solidarios de los desamparados. Los más obvios Nancy Pelosi y Barack Obama. Aquí estamos siendo testigos de un caso flagrante de oportunismo disfrazado de socialismo.

Todo esto ha creado las condiciones para el control que ejercen actualmente los radicales de izquierda sobre la agenda del Partido Demócrata. Una agenda donde predominan las fronteras abiertas, la eliminación del Colegio Electoral, la salud gratuita administrada por el gobierno, la eliminación de la policía de inmigración, el radicalismo femenino, el aborto al por mayor, la histeria climatológica, la erradicación de los combustibles fósiles y un ingreso garantizado hasta para quienes se nieguen a trabajar.

Los candidatos a la presidencia por el Partido Demócrata están conscientes de que esas promesas nunca fueron cumplidas por quienes arruinaron a sus pueblos con la quebrada ideología del socialismo. Pero eso no es obstáculo para respaldar esa agenda en su totalidad. Porque saben que, de no hacerlo, no podrán ganar las primarias del partido que son siempre controladas por las minorías más radicales. Las mismas minorías que, para beneficio de Donald Trump, harán de estas primarias demócratas una guerra a muerte. El ejemplo ya lo tenemos en el ensañamiento desatado contra un afable Joe Biden por sus competidores a la postulación presidencial.

Por su parte, tal como lo hizo en 2016, el presidente ve una oportunidad de ampliar su base política entre los obreros y los ciudadanos olvidados de los estados interiores del país. Los mismos que votaron por Obama en 2012 y cambiaron para Trump en 2016. Estos hombres y mujeres, ignorados por las elites políticas de los estados costeros como New York y California, podría mantener a Trump en la Casa Blanca en las generales de 2020.

Además, el presidente tiene a su favor que no ha gobernado como un ideólogo sino como un pragmático. Que ha producido resultados beneficiosos para los ciudadanos de todas las religiones, todos los sexos y todas las razas. Esa gente no presta atención a los mensajes agresivos o la personalidad conflictiva del presidente sino al dinero que sus políticas les ponen en sus bolsillos.

Una lista abreviada de sus éxitos incluye la creación de cuatro millones de empleos, entre ellos 400,000 en una industria manufacturera que Obama había dado por perdida, un crecimiento económico del 4 por ciento, la tasa de desempleo para negros, hispanos y asiáticos más baja en la historia de los Estados Unidos, una independencia energética sin precedentes en el país y la eliminación de regulaciones que impedían la creación de nuevas empresas.

Incapaces de estructurar una agenda que supere los éxitos de Trump, los demócratas han apelado al ataque personal y a las promesas de regalos con que los socialistas engañan a los pueblos. Sobre todo, los renuentes a asumir sus responsabilidades ciudadanas e ignorantes de los riesgos de poner sus derechos en manos del gobierno. Algo que nunca pensé que esto pudiera ocurrir en este paraíso creado por el capitalismo en los Estados Unidos.

Si este nuevo Partido Demócrata actuara con inteligencia haría lo que hizo en muchas ocasiones el viejo partido. Aparecer como centrista y hasta conservador en las últimas horas de una campaña y, después de triunfar en las elecciones, volver a su agenda de izquierda por los próximos dos años. Y en las próximas elecciones repetir el mismo ciclo camaleónico. Pero eso sería como pedirle peras a un olmo sembrado por los radicales que lo controlan en estos momentos.

Por lo que estoy convencido de que su posición extremista los conducirá a un suicidio político porque el pueblo norteamericano ha demostrado que nunca ha votado por los extremos. Quienes lo duden sólo tienen que recordar las devastadoras derrotas sufridas por el archi-derechista Barry Goldwater in 1964 y el ultraizquierdista George McGovern en 1972. La historia casi siempre se repite. Bien lo dijo Marco Tulio Cicerón: "La historia es luz de la verdad, testigo de los tiempos y, sobre todo, maestra de la vida". Yo nunca la ignoro ni apuesto contra ella.

4-16-19

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image