VIGESIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(21 de octubre de 2018)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

El sufrimiento fecunda cuando, llevado por una entrega generosa, quien lo padece y asume, lo hace desembocar en el servicio. El servicio siempre lleva un contenido sacrificial, de renuncia, de humildad, de disponibilidad, de desinterés. Cuando Jesús, recientemente identificado por sus discípulos como figura mesiánica, habla de “prueba”, de “entregar la vida”, de “beber del cáliz del sacrificio”, de “bautismo de sangre” y de “cruz”, éstos no pueden identificarlo con el ideal recién descubierto y, menos aún, aceptarlo como el “camino del Mesías” y asumirlo como propio, como vocación a ser consumada en sus propias vidas.

¿No habían leído, u oído al menos, los discípulos el poema del “siervo doliente” que escuchamos hoy en la primera lectura? (Isaías 53, 10-11). En pocas palabras Isaías define el camino del “sacrificio fecundo”, plasmado en ese personaje que sólo encontraría realización plena en el “Cristo en su Pasión”. – Hebreos 4, 14-16 sitúa la figura del “siervo sufriente” en el perfecto contexto del cumplimiento pleno de su misión: El Santuario que en el culto terreno resulta un “anuncio” y “anticipo” de la plenitud que, en el Cielo, es ya una realidad: O sea, anuncia algo que ya se ha realizado a la vez que lo celebra en “prenda de una plenitud” que, para nosotros Pueblo Peregrino, es presente sólo en esperanza. Pero ese Sumo Sacerdote al que se refiere Hebreos es Cristo, el Señor que ha vencido al pecado y la muerte y que, Resucitado, ya reina en el Cielo. El asumió nuestra naturaleza y, al asumirla la redimió a precio de su propia sangre; padeciendo en su carne la debilidad de la nuestra.

En el evangelio (Marcos 10, 35-45) Jesús nos muestra la condición para participar en su triunfo: “tener parte en sus sufrimientos”. El no rechaza la petición de Santiago y Juan, sino que la sitúa en su verdadero contexto, la llamada del Maestro a la que sólo podrán responder asumiendo las condiciones del Maestro: “Beber del cáliz” o sea, participar de su suerte; de su sacrificio, de su entrega y de su CRUZ.

Cuando se aproximan las elecciones todos los candidatos se declaran servidores públicos y piden “con humildad” el voto de sus constituyentes. Pero ¿actúan siempre, después de ser elegidos, como “servidores humildes”; recuerdan que su salario procede de los contribuyentes a quienes prometieron “servir humildemente? Sabemos que demasiadas veces no es así, lamentablemente. ¿Es eso aceptable? La pregunta queda a nuestra consideración. Lo que no queda a nuestra consideración es la respuesta que debemos dar como ciudadanos; tampoco la respuesta que damos como cristianos, y no como simples observadores del panorama social.

Como Iglesia, y para los asuntos del Reinado de Dios, tenemos una vocación; el Señor nos exige una respuesta acorde con los dones recibidos que no son otros que Su propia vida. En la plenitud de la celebración eucarística somos convocados a participar en “su cuerpo y su sangre”, frutos y dones de su “Sacrificio servicial”. Allí precisamente, en la condición “servicial” estriba la clave y el mérito de la ofrenda…. y, para nosotros, su dificultad

 

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