UNA NACIÓN AL BORDE DEL ABISMO

Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Los norteamericanos conservadores que pusieron a Trump en la Casa Blanca podrían haberse cansado de poner la otra mejilla ante las agresiones de una izquierda que, como Jalisco, "cuando pierde arrebata".

A partir de 1988, en que finalizó el segundo período de gobierno del Presidente Ronald Reagan, el hombre que puso de moda un patriotismo genuino y un capitalismo compasivo, la izquierda apretó el paso y radicalizó sus tácticas para recuperar el terreno perdido. El radicalizado Partido Demócrata--extremista, internacionalista y divisionista--en nada se parece al partido ilustrado, moderado y patriótico de John Kennedy, Sam Nunn y Henry Jackson. Sus anuncios de campañas políticas apelan a las pasiones más bajas del populacho y utilizan los adjetivos más repulsivos del diccionario contra sus adversarios republicanos.

Según estos demócratas de nueva data votar por un republicano es votar por la reducción de beneficios sociales, el predominio de los blancos sobre los negros, el ataque a las mujeres, el armamentismo desenfrenado, la multiplicación de conflictos armados, la quema de iglesias y hasta el inimaginable asesinato de ciudadanos de raza negra. Han llegado a utilizar imágenes televisivas de un conocido político republicano lanzando a una anciana por un despeñadero, de iglesias negras consumidas por las llamas y de hombres negros arrastrados por camiones conducidos por hombres blancos.

Pero, a pesar de todos sus excesos, estos mensajes publicitarios demócratas de hace varios años se quedan pálidos ante sus agresivas tácticas de los últimos tiempos. Antes atacaban a sus adversarios con imágenes y palabras, ahora los atacan con agresiones físicas. Hace veinte años ningún congresista se habría atrevido a incitar al populacho a acosar físicamente a funcionarios del gabinete del partido contrario. Eso lo ha hecho la izquierdista empedernida y racista congénita Maxime Waters. Y lo insólito es que sus colegas en la Cámara de Representantes, tanto demócratas como republicanos, no han condenado sus amenazas obscenas.

Esta terrorista verbal incitadora a la violencia física le ha dicho a sus partidarios: "Si ustedes ven a cualquiera de ese gabinete en un restaurante, en una tienda por departamentos o en una gasolinera, ustedes salen, reúnen una multitud, los rodean y les dicen que ya no son bienvenidos en ningún momento ni en ningún lugar". Una diatriba digna de terroristas empedernidos como La Pasionaria de la sangrienta guerra civil española, la Lina Ron del manicomio chavista o el Che Guevara de la orgía castrista, que proclamó ante la Asamblea General de la ONU que en Cuba se seguiría fusilando aunque el mundo se mostrara horrorizado.

Los resultados de esta incitación a la violencia se han hecho patente en la persecución a los miembros y partidarios del gobierno de Donald Trump. Me veo obligado a limitar los ejemplos por las acostumbradas limitaciones de espacio y de tiempo. El restaurante Red Hen, del estado de Virginia, se negó a dar servicio a Sara Sanders, por su condición de Secretaria de Prensa de la Casa Blanca. La Secretaria de Seguridad Nacional, Kirstjen Nielsen, fue hostigada y obligada a abandonar un restaurante mexicano en la Ciudad de Washington.

De manera aún más humillante, la Fiscal General del Estado de la Florida, Pam Bondi, firme partidaria del presidente, fue escupida en la cara por dos hombres a la entrada de una función teatral en la ciudad de Tampa. La Secretaria de Comercio, Elaine Chao, fue acosada cuando salía de su residencia en Washington acompañada por su marido Mitch McConnell, presidente del Senado. ¡Qué galáctica contradicción que el partido que se dice defensor de los derechos femeninos utilice como tropa de intimidación contra mujeres indefensas a personajes de esta despreciable calaña!

Desafortunadamente, algunos acosos han llegado al extremo de la agresión física. El orate James T. Hodgkinson, demócrata del ala radical de Bernie Sanders, abrió fuego en un campo deportivo de Alexandria, estado de Virginia, donde un grupo de legisladores republicanos llevaban a cabo un juego de béisbol. El congresista republicano Steve Scalise fue herido de gravedad y estuvo a punto de perder la vida. Otras agresiones físicas han sido las de Olivia Corn, presidenta del Partido Republicano del Colegio de Cornell, y de Milo Yiannopoulos, columnista de la Revista Breitbart. La Corn fue tirada al piso y arrastrada por la cabellera el día de las elecciones de 2016 y Milo tuvo que abandonar aprisa el recinto de la Universidad de Berkeley cuando las turbas que se oponían a su comparecencia destruyeron ventanas e intentaron agredirlo.

Cuando ya pensábamos que la resistencia obsesiva de la izquierda había llegado al paroxismo, hemos sido testigos del ominoso circo de las audiencias del Senado para confirmar al juez Brett Cavanaugh. El primer día, Chuck Grassley, Presidente del Comité Judicial del Senado, fue interrumpido tanto por un público enardecido como por sus colega senadores. Lo que debió haber sido un ejemplo de democracia en acción se convirtió en una muestra de deplorable anarcocracia. Vaticino que los demócratas del panel y la chusma pagada por George Soros apelaran a cualquier recurso, por mezquino que sea, para negarle este éxito al Presidente Trump.

Esta es, en mi opinión, la gota que ha llenado la copa de la paciencia de los conservadores, no solo en los círculos políticos de Washington sino a lo largo y ancho de la sociedad norteamericana. A tal punto, que hasta un senador republicano afable y moderado como Lindsey Graham les cantó las cuarenta a sus colegas demócratas en el Senado, algo muy extraño en ese grupo de señores de cuello duro. Harto de tanta inmundicia, el senador por Carolina del Sur gritó a todo pulmón: "Lo que ustedes se proponen es destruir la vida de este hombre. Mantener abierta esta posición en el Supremo con la esperanza de ganar la presidencia en el 2020. Esto lo han dicho ustedes mismos no yo. En verdad lo que ustedes quieren es todo el poder. Dios nos libre que ustedes jamás logren ese poder absoluto".

Lamentablemente, quien siembra odios recoge violencias. Estas agresiones físicas y siembras de odio podrían traer consigo un conflicto armado entre dos bandos de norteamericanos que ya no se entienden con las palabras. Y cuando las palabras callan, las balas hablan. Entre 1861 y 1865, un total de 620,000 norteamericanos cayeron en los campos de batalla de la Guerra Civil, un número mayor que en todas las otras guerras anteriores y posteriores de este país. Entre 1936 y 1939, alrededor de 500,000 españoles, tanto en los campos de batalla como por otras causas, murieron en una guerra civil matizada por horribles atrocidades en ambos bandos.

Y no me vengan los profetas del pacifismo con que las guerras civiles se producen únicamente en sociedades subdesarrolladas como las de África y América Latina. Los Estados Unidos de la Guerra Civil eran herederos del Derecho Común inglés y habían sido fundados por filósofos y juristas como James Madison, Thomas Jefferson y Benjamín Franklin. Muchos de los republicanos españoles que se alinearon con los comunistas soviéticos y provocaron la confrontación con los nacionalistas liderados por Franco eran la cumbre de la intelectualidad del país. Entre ellos: Bergamín, Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández, Emilio Prados, Altolaguirre, Álvarez del Vayo y Garcia Lorca.

La realidad es que todos los seres humanos, independientemente de nuestros niveles de civilización o de sofisticación intelectual, tenemos nuestro punto de ebullición. Los norteamericanos conservadores que pusieron a Trump en la Casa Blanca podrían haberse cansado de poner la otra mejilla ante las agresiones de una izquierda que, como Jalisco, "cuando pierde arrebata".

De ahí la urgencia de que la izquierda deje de utilizar imágenes y frases apocalípticas para ventilar la frustración de haber perdido las últimas elecciones. Y, si quiere evitar una confrontación que podría conducir a un abismo donde nadie saldría ganando, haría bien en regresar a un centro político donde las palabras sustituyan a las agresiones para armonía y beneficio de todos los norteamericanos.

10-2-18

 

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