VIGESIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(23 de septiembre de 2018)

Padre Joaquín Rodríguez

El rechazo y la condena del Mesías había sido profetizado de forma enigmática en el Antiguo Testamento por medio de las figuras del Siervo de Yahvé, del Profeta y del Justo perseguidos a causa de su bondad y fidelidad a Dios; esto no responde a un deseo malo de Dios, sino a la condición pecadora de los hombres, que no soportan la justicia (Sabiduría 2, 12.17-20).

La humildad de Jesús en la Ultima Cena, al lavar los pies de sus discípulos, y su mansedumbre en la Pasión han de ser modelo de actuación para los futuros jefes de la Iglesia (Marcos 9, 30-37). -El olvido del ejemplo de Jesús hizo nacer en las primitivas comunidades cristianas las luchas y conflictos que denuncia Santiago en su carta (Santiago 3,16-4,3).

Solemos escandalizarnos ante las injusticias, sobre todo cuando quienes las sufren son considerados justos o inocentes; por supuesto, esto escala cuando las víctimas somos nosotros mismos. Solemos olvidarnos también que seguimos al “Justo” por excelencia que encarnó en su vida y experiencia la peor y más cruel persecución hasta la “muerte en una cruz”. Jesús nos quiso redimir por ese camino: Es un misterio, y un misterio que no acabamos de aceptar y mucho menos asumir; porque los misterios siempre son ininteligibles, aunque no incomprensibles.

Tampoco nos cuadra mucho lo de “acoger a un niño en su nombre”. Llegamos, tal vez, hasta acoger y proteger al niño, pero el mensaje que se oculta y revela a la vez en las palabras de Jesús llega hasta exigirnos “hacernos como ese niño”, o sea, evolucionar hacia una niñez espiritual que no tiene nada que ver con un “aniñamiento” en las maneras ni una ignorancia de las realidades exteriores.

Lo que nos exige Santiago en la epístola tiene que ver con ese cultivo de las nuevas virtudes, las virtudes cristianas: “sembrar la paz buscando la justicia”; “desterrar de nosotros la busca del placer como un fin y el placer desenfrenado como contrario a una vida recta y santa”; “renunciar a la codicia”, tanto como método que como fin de nuestras acciones, propósitos y ambiciones; “renunciar a la guerra y, por tanto, a la violencia y a la venganza”; “aprender a pedir con la mente de Dios”.

¿Nos parecen demasiado elevados esos ideales?, pues bien, eso y no menos es el cristianismo. – Si no logramos conectar eso de, haber encontrado a Cristo, con las opciones de vida que Cristo nos propone y exige para seguirle, lo seguiremos sólo en apariencias, nunca en “espíritu y en verdad”.

 

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