VIGESIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(16 de septiembre de 2018)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué pensamos de Jesús? ¿Tenemos criterios propios acerca de este asunto tan fundamental en nuestra vida de Fe? Hoy, esa pregunta con su respuesta aparece en el evangelio y es la clave, el punto de inflexión en el seguimiento del Maestro y, como consecuencia, en relación directa a la opción fundamental en nuestra vida que ese seguimiento requiere y que solemos llamar con propiedad “conversión”.

En el evangelio (Marcos 8, 27-35) vemos a Pedro proclamar su fe en Jesús y, a renglón seguido, reprocharle por hablar de su próxima pasión. Mas Jesús es el Siervo de Yahvé, cuyos sufrimientos y confianza en Dios evoca la primera lectura (Isaías 50, 5-9ª). Por eso prosigue firme en el anuncio de su cruz y en sus exigencias respecto a aquellos que quieren seguirle. En la epístola de Santiago, que es sobre todo un pastor, se nos recuerda que la fe del cristiano se manifiesta en las obras y, en especial, en el servicio a los hermanos más desheredados (Santiago 2, 14-18).

La primera lectura puede hoy servirnos como síntesis e hilo conductor del mensaje que, comenzando con este tercer canto del siervo del Señor de Isaías, culmina en su proyección de la pasión y muerte del Cristo, pasión y muerte rechazadas en la percepción de Pedro, todavía impregnada del mesianismo triunfalista que resumía las expectativas del pueblo oprimido y desmoralizado de los tiempos de Jesús, quien lo expresara con “lástima porque andan como ovejas sin pastor”. El “Pastor de las ovejas” se define en el camino del verdadero mesianismo liberador que, entonces como ahora, no concuerda con las expectativas terrenas. Si de algo nos tenemos que sanar antes de intentar comprender el Evangelio es de nuestras expectativas puramente terrenas que no den cabida al plan de Dios; plan totalmente distinto y sorprendente en relación a los nuestros.

La vocación del cristiano, por consiguiente, se define como una llamada incondicional que recibimos de Dios; llamada que se ha hecho carne humana en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, que nos redimió del pecado y de la muerte con su entrega, entrega que culmina en la Pasión y la Cruz. La Pasión de Cristo y su crucifixión son determinantes en nuestra Fe; son acontecimientos salvíficos que deben ser asumidos por cada uno para hacernos partícipes de su eficacia sanadora y liberadora hasta sus últimas consecuencias; no son un accidente fatal sino una “opción fundamental” del mismo Padre Creador, de su Palabra encarnada y revelada en Cristo Jesús y que sigue actuando en su Iglesia por obra del Santo Espíritu, el “vínculo de amor” y el Amor mismo en acción regeneradora y recreadora de la nueva humanidad que comenzó en Cristo Jesús.

 

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