LOS PLATOS DE MIAMI

Por Esteban Fernández

Éramos unos indigentes libres, y a mucha honra. Nada simboliza mejor la llegada de los primeros exiliados cubanos que ese trabajo duro, pesado, pero enaltecedor, de lavar platos en los hoteles de Miami Beach. ¿Lo disfrutamos? Claro que no.

A mí personalmente me cayó como una patada en el estómago. Sin embargo, me sonreía pensando: “Esto es un millón de veces mejor que vivir bajo el azote castrista”. Y recuerdo que nada me daba mas aliento que cada vez que lavaba un plato me cagaba en Fidel y Raúl Castro y lanzaba una andanada de maldiciones a Lina por haberlos parido...

Recuerdo, que gracias a ese duro empleo, recibí con alegría unos cuantos dólares, muy poquitos, pero eran los primeros que ganaba en mi vida. Y los dediqué a comprar cosas que hacía mucho tiempo no veía en Cuba. Para mí, y para muchísimos cubanos, ese primer trabajo representa el sacrificio inicial de haber escogido vivir en libertad. Mis compañeros de trabajo me hacían sentir orgulloso.

A mi alrededor tenía abogados, médicos, dentistas, Representantes a la cámara y hasta un anciano que fue miembro del Tribunal Supremo de Justicia de Cuba. Ninguno de aquellos hombres se quejaba. Y si ellos no renegaban de ese trabajo ¿qué derecho tenía yo para hacerlo, cuando era prácticamente un imberbe con sólo cuatro años de bachillerato en mi haber y sin experiencia laboral alguna?

Pero tengo que admitir que le puse mala cara a unas ollas llenas de grasa y un viejo me las quitó de mis manos y riéndose me dijo: “Déjame eso a mí, muchachito” y después me enteré que ese señor había sido un acaudalado hacendado en Las Villas.

Por lo tanto, al otro día me “fajé” con las cazuelas sin problema alguno. Recordé que los castristas nos decían “niños bitongos” y quise demostrar todo lo contrario. Ese trabajo inicial me lo consiguió un coterráneo al que llamabamos " Teto". Tiempo después, Armandito se graduó de médico en Florida. Siempre se lo agradeceré porque gracias a él, hoy puedo decir que ese humilde empleo es uno de mis mayores orgullos en este largo y tedioso exilio.

Además, me da moral para hablar porque me brinda municiones cada vez que me encuentro con algún cubano recién llegado que le hace muecas a cualquier empleo que considere denigrante para su cultura socialista.

Recuerdo que muchos años más tarde le conseguí un trabajo magníficamente bien remunerado a un pariente que llevaba tres semanas en los Estados Unidos. El trabajo consistía en cargar cajas de teléfonos en la A.T.&T. junto conmigo, pero él me dijo: “Yo no vine a los Estados Unidos para hacer trabajos de negros” y abandonó la brega. Muy molesto le dije: “Pues yo llevo muchísimos años exiliado y ya me puedes ver haciéndolo sin complejo alguno”.

Sí, mis amigos, muchos llegaron aquí sin tener a nadie que los recibiera, y en muchos casos, ni quien los albergara. Nunca olvidaré mi visita al “Refugio Católico” a buscar ropa, y en pleno verano en Miami, me dieron un enorme abrigo que debe haber sido abandonado allí por un jugador de basketball...

Cuando he estado de vacaciones en Miami y me he quedado en un hotel de la playa, siempre he tratado de que mis hijas les den un vistazo a las cocinas y a los empleados que trabajan en ellas, para que se den cuenta que “el maná no cayó del cielo” y el haber preferido el destierro tuvo su precio en sudor y esfuerzos.

Las dos se han sonreído y me han dicho: “Bueno, papi, pero ¿eso era mejor que Fidel, no?" Y yo les he contestado: “¡Todo en el mundo es preferible que la tiranía castrista!

Fue una etapa gloriosa llena de cubanos que no le tenían miedo al trabajo, que abandonaron su patria por razones políticas y que triunfaron personalmente, le dieron educación a sus hijos, y de paso, convirtieron a un pueblo de campo en una gran ciudad.

Los que llegan ahora, de todas las nacionalidades, se encuentran con un Miami distinto, sin tener ni la más mínima idea de todos los sacrificios que fueron capaces de hacer los miembros del exilio inicial cubano para poder sobrevivir y lograr el éxito.

 

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