RAÍCES ECONÓMICAS DE LA INDEPENDENCIA

Por Hugo J. Byrne

"La independencia de un pueblo consiste en el respeto que los poderes públicos demuestran por cada uno de sus hijos"José Martí

Ahora que se ha puesto de moda que completos ignorantes reinventen arbitrariamente la historia de Cuba, es importante recordar ciertos fundamentos olvidados o ignorados, quizás porque nunca se les aplicara el necesario énfasis. Las absurdas nociones románticas de nuestro origen nacional perduran en este exilio nuestro, en donde también noveles "historiadores" proliferan velozmente en las páginas electrónicas de la Red.

El problema con estos “Tácitos” de la era cibernética es que, en su desesperado afán por exhibir conocimiento, adquieren su información sólo de ciertas fuentes, sin tener en cuenta que puedan ser contaminadas, o interesadas. En ese proceso también olvidan que en el marco temporal de más de un siglo pueden sucederse dos o más generaciones de gente enterada e intelectualmente capaz de transmitir información fidedigna. Me refiero a individuos que han sido testigos de la historia en ese período de tiempo, o que han conocido a otros capaces de dar fe objetiva sobre el pasado.

Uno entre estos "noveles historiadores" que aprendieron de Cuba por correo, tiene la fuerza de cara (y la cobardía) de afirmar a través de estas redes sociales que yo mentía al afirmar que el padre de Fidel Castro había llegado a Cuba por la primera vez como esbirro de la Colonia en 1896. No he leído una biografía del Tirano publicada fuera de su serrallo que no incluya ese detalle vergonzoso. Eso está incluido en "Fidel Castro" por Robert E. Quirk, la más detallada biografía sobre la inmundicia en el seboruco en Santa Ifigenia. Eso también fue admitido por la nieta de Ángel, Alina Fernández en el libro que publicara en 1997 (capítulo "Árbol Genealógico", páginas 10 y 11).

El personaje a quien me refiero tuvo la osadía de llamar a mi teléfono celular. En esos momentos trataba de ponerme el cinturón de seguridad del asiento del pasajero mientras mi esposa, al volante, procedía a entrar al freeway 210. Le expliqué esta situación claramente, a lo que me contestó "déjame terminar", "déjame terminar", tal como un disco dañado.

Entre otras tonterías tuvo la desfachatez de decirme que (y esto es literal), "Fidel era tan cubano como tú y como yo". Por supuesto, eso fue el peor de los insultos, el que rechacé con indignación. Poco después colgó.

En su garrapateada nota en Facebook, volvió a negar la militancia de Ángel Castro en el Ejército Colonial y se refirió a la "reconcentración de pacíficos" del 1896 como "algo que ocurre normalmente en toda guerra". El resto de su enrevesada nota la dedicó a comentarios que sólo podían interpretarse como dedicados a mí. Le respondí mediante un mensaje electrónico directamente a él, porque la más elemental decencia indica que los asuntos personales no necesitan testigos.

A diferencia de este tipo, yo no voy a publicar aquí su nombre por las razones que aclaro en el párrafo anterior. El señor tiene todas mis generales y nada es más fácil que ponerse el sayo a quien le quede a la medida.

Mi padre nació en 1887 y vivió en la ciudad de Matanzas durante toda la llamada “Reconcentración”, que fuera desatada por la colonia en 1896. La “Reconcentración” sólo fue interrumpida cuando a la muerte de Antonio Cánovas del Castillo, su equipo gubernamental fuera substituido por el de Práxedes Mateo Sagasta. Éste inmediatamente destituyó a Weyler y ordenó el cese del genocidio. Las medidas tomadas en Cuba en 1896 fueron copiadas por los británicos en su guerra colonial en Sudáfrica y a partir de 1917 por los bolcheviques, primero en Rusia y más tarde en el macro-estado que llamarían la "Unión Soviética". A partir de 1933 a ese carro ignominioso se subieron los nazis de Hitler.

Cronológicamente mi padre tendría aproximadamente nueve años de edad cuando las autoridades españolas empezaron a pastorear forzosamente a los “pacíficos” desde sus propiedades (previamente devastadas por los soldados de la colonia), a los centros urbanos de Cuba.

Hombre de letras e historiador erudito, mi padre fue testigo del cruel genocidio. Vio como infelices hombres, mujeres, niños y ancianos por igual, se refugiaban donde podían, durmiendo en portales, mendigando en harapos y muriendo de hambre o de epidemias en plena calle. Los depauperados cadáveres eran recogidos por el llamado “carro de la lechuza” y, en premonición horrenda de los campos de exterminio nazi, enterrados en fosas comunes repletas de cal. Sólo en la Provincia de Matanzas se calcularon las víctimas en más de 40,000.

La familia de mis abuelos se estableció en Matanzas, no a causa de la “Reconcentración”, sino unos meses antes, como consecuencia de la ofensiva cubana en las provincias occidentales conocida como “la Invasión”. Mis abuelos vivían entonces en una finca de las riberas del río San Agustín, afluente del San Juan, uno de los dos que desembocan en la Bahía de Matanzas. Las tropas españolas, tratando vanamente de detener la columna de Maceo, quemaron todas las viviendas campesinas en el lado del río donde vivían mis abuelos. En la otra ribera, la columna invasora se dedicaba concienzudamente a incinerar todos los campos de caña.

La muerte masiva de decenas de miles y hasta cientos de miles de campesinos por inanición, infecciones y plagas, fue el único resultado directo de esa política colonial de Cánovas y su subordinado, Valeriano Weyler. A la endémica fiebre amarilla, más letal entre las huestes coloniales que en las de la insurrección (hasta 1896), se agregaron el Beriberi y el Escorbuto. Aunque no existen datos censales específicos sobre la población de Cuba inmediatamente antes del 24 de febrero de 1895, la mayoría de los estudios histórico-demográficos la calculaban entre 1, 700,000 habitantes y casi dos millones.

El censo hecho por la administración norteamericana en 1899 arrojó, en números redondos 1, 572,000 habitantes. La reducción demográfica de más de casi 300,000 cubanos en tres años, sólo puede haber sido el resultado directo de ese genocidio. La sangrienta Guerra de los Diez Años, mucho más larga y tan violenta como la del 95, resultó en sólo el diez por ciento de las pérdidas humanas de esta última. Esa diferencia no la fabricaron los periódicos de William Randolph Hearst. La generación de cubanos descendientes de inmigrantes peninsulares que arribaran durante la era republicana y por lo tanto sin raíces coloniales, puede ser parcialmente ignorante de esa, la mayor tragedia histórica de Cuba. Empero, tratar de negarla es pretender obscuridad al mediodía.

Por otra parte, casi nunca vemos referencia a que nuestro desarrollo económico, obtenido gracias a la revolución industrial capitalista y representada esencialmente por la industria azucarera, fue el indiscutible catalizador en la lucha de Cuba por su independencia política de España. Es preciso y penoso admitir que muy poco se ha escrito sobre ese tema vital, tanto en la Cuba precastrista como en el destierro cubano.

La generosidad sin límites de los próceres del 68, quienes entregaron cuanto eran y cuanto poseían en el esfuerzo independentista, nunca debe esconder que inicialmente el separatismo es provocado por la necesidad nacional de acceso libre a los mercados más cercanos, sin las tarifas artificiales y sin los impuestos arbitrarios a que nos forzaba el gobierno peninsular. Nuestra independencia emanó de nuestro deseo de disfrutar del derecho individual a comerciar libremente. El derecho a ser dueños del fruto de nuestros esfuerzos. Nuestro derecho inalienable al mercado libre y al capitalismo.

Por eso, la imposición actual de un sistema de privilegios políticos y económicos para una camarilla explotadora, en negación a la libertad de mercado, va a contrapelo, no sólo de nuestros intereses cubanos de hoy, sino de nuestra histórica razón de ser como nación independiente. Que la industria azucarera cubana esté hoy en la ruina más completa, es una alegoría muy adecuada a seis décadas de imposición totalitaria por los hijos bastardos de un soldado de Weyler.

 

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