VIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(26 de agosto de 2018)

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

Terminamos hoy, en el evangelio de la Misa, la exposición y meditación sobre el “discurso del pan de vida”. Cinco domingos nos ha llevado recorrer suscintamente este gran tema, central en la vida y celebración de la Iglesia, que es la Eucaristía, “fuente y cumbre” en la vida del Pueblo peregrino de Dios. Hoy son los discípulos los que encuentran inaceptable el modo de hablar de Jesús y es Simón Pedro quien, inspirado, asume el liderazgo de “entrega y abandono confiado al camino de Jesús”.

El discurso del pan de la vida termina con una opción: aceptar o no las palabras de Cristo, seguirlo o dejarlo (Juan 6, 60-69). -La libertad en que Jesús deja a los discípulos para decidirse recuerda la actuación de Josué en la asamblea de Siquén (Josué 24, 1-2ª. 15-17. 18b); la fe es una gracia de Dios con la que se puede cooperar, pero no imponer.

Cada vez que se nos presenta el cuerpo de Cristo en la comunión hemos de decir con fe AMEN, movidos por el Espíritu Santo. -Responder Amén al final de las oraciones presidenciales de nuestra Liturgia y añadirla al final de las oraciones comunes, individual o comunitariamente, significa que afirmamos todo lo anterior; es decir Sí, Así es, reafirmo todo lo anterior, me comprometo.

En fin, es una corta palabra con un significado fuerte e infinito en el sentido de plenitud. -Jesucristo es el Amén de Dios (II Corintios 1, 20) nos enseña el apóstol san Pablo; en El todo es un Sí; así como lo es en su Madre María, quien con su Sí, “Hágase”, dio entrada en el mundo a la Palabra hecha carne.

Por último, en su carta a los Efesios (5, 21-32), san Pablo nos muestra el mensaje que encierra la relación matrimonial con la entrega mutua de los esposos; plan de Dios que ahora se ha revelado al contemplarse la relación de Cristo con la Iglesia. Para todos ha de servir de norma suprema el amor sacrificial de Jesucristo; amor que, en el matrimonio cristiano, elevado a Sacramento, se muestra en el esplendor de la “entrega y renuncia” de donación de los esposos.

En el matrimonio la “donación de sí mismo” es libre y voluntaria, pero no opcional; es en realidad una “opción radical” capaz de crear un “vínculo indisoluble” hasta la muerte. En la relación que, en la Eucaristía, establecemos con Cristo, aceptamos una invitación exclusiva y generosa del Señor, y la respuesta libre del discípulo “llamado” radicaliza su vida al Amor; Amor de Dios y Amor que se ha encarnado en Cristo. El “duro” lenguaje, difícil de ser aceptado se convierte así en un “punto de no retorno” en el camino del seguimiento y, por tanto, en el camino y la vida hacia la plenitud del Amor. –“Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

 

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