VIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(19 de agosto de 2018)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Transitamos ya el tercer domingo de los cinco en los que meditamos sobre el misterio de la Eucaristía partiendo de la multiplicación de los panes y los peces y continuando con el diálogo de Jesús, primero con el pueblo que le sigue y luego con los “judíos” que lo rechazan y pretenden ridiculizarlo, rechazando la revelación de su “presencia real” al darnos a comer y beber, en el pan y el vino transubstanciados, su Cuerpo (carne) y su Sangre.

Sin aludir explícitamente a la Eucaristía san Pablo, en su carta a los Efesios, deja entrever la alegría con que celebraban las primeras comunidades cristianas sus asambleas (Efesios 5, 15-20). Alegría de fiesta, ordenada a la edificación de la comunidad en la caridad mientras cada miembro aportaba lo mejor de su fe y del resultado de su labor para el bien común. Como podemos leer en los Hechos de los Apóstoles, “todos pensaban y sentían lo mismo”.

Ya sabemos lo difícil que resulta lograr eso, inclusive en una pequeña comunidad de algunas decenas de hermanos, pero se esforzaban, aportaban con buen espíritu y se enriquecían mutuamente con los dones y carismas que el Señor repartía. ¿Un viejo ideal? Seguramente, pero perfectamente realizable si aplicamos las enseñanzas de los apóstoles que interpretan las de Jesús, y nos dejamos conducir por el Espíritu.

Jesús precisa hoy, ante las objeciones de sus oyentes, su doctrina sobre la Eucaristía. Avanzando en el discurso sobre el pan de la vida, Jesús trata de su comunicación a los creyentes de forma real, después de haberse descrito como pan-Palabra: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna”. Es el anuncio del banquete eucarístico que será instituido en la Ultima Cena; la liturgia de Comunión que sigue a la de la Palabra en la celebración de nuestra Misa (Juan 6, 51-58). -La comunicación de la divina Sabiduría en la sinagoga también había sido descrita como un banquete con pan y vino (Proverbios 9, 1-6).

Yendo más allá de lo esperado por sus oyentes que pretenden, como muchos que hoy quieren racionalizar la Fe, hacerlo cambiar el discurso, despojándolo de su realismo y transformándolo en un simple “símbolo”, exagerado tal vez, pero sólo eso, de su deseo de entrega generosa, Jesús insiste en el realismo, incluso material, de su revelación: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. “El que me come, vivirá por mí”.

El símbolo se convierte en “signo”. La figura en realidad. La carne en pan, pan de vida para el mundo; la sangre se convierte en vino, bebida de salvación.

 

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