EL FIN DE LA ERA DE LOS CASTRO ¿DE VERAS?

Por Néstor Carbonell Cortina

(Este artículo fue publicado originalmente en ingles en la Revista Forbes)

Tras la noticia de que el envejecido dictador Raúl Castro había renunciado a la presidencia del régimen, muchos de los comentaristas internacionales vaticinaron que se iniciaría en la isla empobrecida y aherrojada un proceso de liberalización. Según Néstor Carbonell Cortina, eso no ocurriría mientras Castro y sus secuaces de la línea dura se mantengan en el poder. Carbonell, un exiliado de esa horrenda tiranía, analiza en este artículo la situación actual en la isla y sugiere cómo los Estados Unidos podrían ayudar a los cubanos a recobrar su libertad. El sabe de lo que habla. Opuesto desde un principio al régimen comunista, Carbonell participó en la frustrada operación de Bahía de Cochinos en 1961 para derrocar al régimen. Posteriormente, logró rehacer su vida en los Estados Unidos. Steve Forbes.

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Dos sensacionales titulares circularon recientemente por el mundo: “Cuba Tiene Ahora el Primer Presidente No Apellidado Castro en Cerca de 60 años”, y “Esto Marca el Fin de la Era Castrista”. Ninguno de los dos titulares es cierto.

Desde enero a julio de 1959, Cuba tuvo un presidente no apellidado Castro: el juez Manuel Urrutia. Fidel Castro lo seleccionó por haber reconocido el derecho constitucional de los rebeldes a luchar contra la dictadura de Batista. Siendo Urrutia un presidente simbólico sin poder efectivo, los cubanos le llamaban “cucharita”, porque ni pinchaba ni cortaba.

En julio de 1959, Urrutia se atrevió a denunciar que los comunistas estaban aumentando su nefasta influencia en el gobierno. Fidel Castro, a la sazón Primer Ministro, fustigó duramente a Urrutia durante cuatro horas por televisión, acusándolo de divisionismo y traición, y forzándolo a renunciar. Urrutia solicitó asilo diplomático en la embajada de Venezuela y refugio en los Estados Unidos. Allí murió, triste y desterrado, en 1981.

Después de Urrutia, Fidel designó otro presidente no apellidado Castro: Osvaldo Dorticos. Habiendo sido un abogado de formación marxista, Dorticos no se desvió de los lineamientos del Partido Comunista durante su presidencia, de mediados de 1959 a 1976, y se sometió abyectamente a los dictados del Máximo Líder (Fidel Castro). Padeciendo de una dolencia espinal y de un estado depresivo, Dorticos se suicidó en 1983.

Hace poco, otro cubano no apellidado Castro fue nombrado presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros del régimen: el ingeniero eléctrico y títere burocrático de 58 años, Miguel Díaz-Canel. Raúl Castro lo seleccionó para que lo reemplazara en esos cargos, y la sumisa Asamblea Nacional ratificó el nombramiento de dedo con totalitaria sincronización—por unanimidad con excepción de un solo voto.

Habiendo nacido un año después que los hermanos Castros se adueñaron del poder, Díaz-Canel carece de credenciales revolucionarias, liderazgo y prestancia. Tras ascender paulatinamente dentro del Partido Comunista, de cargos provinciales a ministro de alta educación y primer vicepresidente del Consejo de Estado, el opaco Díaz-Canel no dejó muestras de independencia de criterio ni de notables realizaciones. Quizás por eso recibió el apoyo de Raúl, quien continuará al mando del régimen hasta el año 2021 como primer secretario del Partido Comunista y jefe de facto de las fuerzas armadas.

Algunos han descrito a Díaz-Canel como pragmático y conciliador, no atado al pasado y dispuesto a introducir reformas políticas y económicas sustanciales para unificar y revitalizar el país. ¿Tiene algún fundamento esa descripción? No, realmente. Acorde con su militancia e ideología comunista, Díaz-Canel arremetió contra los Estados Unidos en un discurso el año pasado por insistir en que el régimen iniciara una transición democrática. “No se puede confiar en el imperialismo, ni un poquito, nunca,” aseveró Díaz Canel. Y en un video filtrado de una reunión del Partido Comunista, él atacó a los cuentapropistas y anunció una campaña contra los disidentes y los periodistas independientes, alegando que eran pagados por agentes extranjeros para subvertir el régimen.

Al tomar posesión de sus cargos, Díaz-Canel prometió “preservar el sistema comunista (actualizado), continuar la revolución cubana y enfrentarse al imperialismo.” Como adulador aprovechado, juró lealtad incondicional al primer secretario del Partido Comunista (Raúl Castro), quien tomará las decisiones relacionadas con el futuro del país.

Raúl Castro, al dejar la presidencia, esbozó un plan que contempla la permanencia de Díaz-Canel en el poder hasta el 2031. No obstante, Raúl continúa preparando a su hijo, el coronel Alejandro Castro, y a su ex yerno, el general Luis Alberto Rodríguez, para ocupar las más altas posiciones del régimen.

Alejandro, quien encabezó la delegación cubana que negoció secretamente con los representantes de Obama el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, dirige los departamentos de inteligencia y seguridad. Y Luis Alberto, que estuvo casado con la hija de Raúl Castro, Débora, comanda el inmenso conglomerado militar de empresas estatales que controla gran parte de la economía nacional. De modo que no debe descartarse la prolongación de la dinastía castrista.

La estratagema de Raúl Castro es dirigir entre bastidores la recuperación del país con reformas económicas no sistémicas, como la unificación del sistema monetario, sin poner en peligro el dominio totalitario del régimen. Asimismo, Castro fortalecerá los nexos económicos, militares y estratégicos con Rusia, China e Irán, mientras les pide a sus amigos en Washington que presionen para que se levanten las sanciones a Cuba y se restituyan y amplíen las concesiones unilaterales otorgadas por el gobierno de Obama.

El llamado “deshielo” propiciado por Obama oxigenó al régimen con dólares norteamericanos, a la vez que toleró el recrudecimiento de la represión en la isla con casi 10,000 arrestos de opositores pacíficos en el 2016, y la suspensión de las licencias a cuentapropistas. Asimismo, el régimen continuó apoderándose de más del 90% de los salarios en divisas pagados por inversionistas extranjeros, así como albergando docenas de fugitivos y terroristas norteamericanos y acelerando la cubanización de Venezuela.

A pesar de los nubarrones que se ciernen sobre Cuba, hay luces de esperanza que despuntan en el horizonte. El calendario biológico conspira en contra de Raúl Castro y del resto de los camaradas octogenarios de la Vieja Guardia, y sus sucesores (Díaz Canel u otros) no podrán evitar el cisma en sus filas suscitado por la demanda popular de un cambio raigal.

La crisis económica y financiera que confronta la isla, agravada por el corte drástico del subsidio venezolano, no es transitoria ni superficial. Para superarla, hay que remover el asfixiante corsé totalitario a fin de desatar el dinamismo creativo y empresarial de los cubanos.

Según un connotado economista, el interés en Cuba de inversionistas extranjeros ha disminuido considerablemente. De los 400 proyectos de inversión en la pregonada Zona Económica Especial del Mariel, solamente 35 permanecen inscritos y 10 de mediana escala están operando.

En el fondo, lo que sucede es que la revolución castrista está virtualmente exhausta, sin relevancia ni mística. Hoy son pocos los que abrazan o invocan el Marxismo-Leninismo en Cuba. Y aunque las fuerzas de seguridad y espionaje del régimen, apoyadas por los esbirros de las Brigadas de Respuesta Rápida, han logrado hasta ahora impedir o aplastar protestas masivas, les será imposible contener la creciente frustración y profundo resentimiento de gran parte de la población.

Los líderes de la oposición democrática y los activistas de los derechos humanos en la isla desafían las embestidas del régimen para avivar la llama de la resistencia. Su objetivo es llegar a crear un movimiento nacional, como el de Solidaridad en Polonia, con un mensaje inspirador de libertad, inclusión y prosperidad que incite y atraiga a la sociedad civil emergente y a los jóvenes reformistas en el gobierno y las fuerzas armadas. Los opositores no carecen de visión y valentía; lo que necesitan es solidaridad externa y ayuda técnica y financiera para penetrar la muralla de la censura estatal y movilizar a activistas en todo el país.

Los Estado Unidos puede y debe apoyar una transición pacífica y democrática en Cuba. Pero eso no se logra coqueteando con Castro o sus sucesores, ni ofreciéndoles concesiones unilaterales a cambio de vacuas promesas negociadas sin fuerza muscular. Aun lidiando con un reformista como Gorbachov (no comparable a los déspotas embusteros de La Habana), Reagan combinó el intercambio diplomático con fuertes presiones de todo tipo, incluyendo el apoyo continuado a los disidentes detrás de la Cortina de Hierro en conjunción con el Papa Juan Pablo II y Margaret Thatcher.

Desencadenar a Cuba será difícil pero no imposible (sobre todo cuando se vaya Castro). Como se demostró en Europa Oriental y Central, los fracasados regímenes totalitarios ceden a la postre al clamor de libertad—si los oprimidos se unen y son apoyados, y si los opresores no tienen más alternativa que irse o cambiar.

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---Néstor Carbonell Cortina, autor del próximo libro CUBA: LA GRAN ESTAFA—COMO LOS CASTROS ENTRAMPARON A 11 MILLONES DE CUBANOS Y DESAFIARON (POR LO MENOS) A 11 PRESIDENTES NORTEAMERICANOS.

 

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