ELEGÍA A RUTH APARICIO

Por Hugo J. Byrne

"Roguemos porque el coraje de Alexander Solzhenitsyn sea contagioso", (Preámbulo a “Warning to the West”, por George Meany).

Conocí a Ruth Aparicio creo que a principios de los años setenta en el histórico y elegante Doheny Campus del Mount Saint Mary’s College. Frecuentemente acompañaba a mi esposa de entonces, quien estaba en el proceso de obtener sus credenciales como maestra. Especialmente disfrutaba los días de asueto de mi trabajo en medio de la paz de los jardines de Doheny, esperando que mi esposa terminara sus actividades. En la biblioteca del Mount Saint Mary leí la biografía del Papa Alejandro VI por Clemente Fusero y la del mismo prelado por Orestes Ferrara: “El Papa Borgia”.

Ruth era sociable y se destacaba por su jovialidad y capacidad de hacer amigos. Sus virtudes gregarias se complementaban con un carácter firme y unos principios morales a prueba de bomba. Tenía un extraordinario sentido del humor que nunca chocaba con su genuina religiosidad. Porque Ruth Aparicio era una cristiana por antonomasia. No creo haber conocido muchas personas tan genuinamente devotas como Ruth. Siempre he admirado en otros una creencia verdadera, especialmente cuando va acompañada de un infinito amor patrio. Los lectores saben de mi filosofía cristiana evolucionando a una especie de agnosticismo deísta.

A través de Ruth conocí a su esposo Noel, un patriota de la vieja guardia, quien como fue su esposa, es un cristiano muy devoto y un cubano cabal. A diferencia de su parlanchina Ruth, Noel es un hombre de pocas palabras, escogidas y certeras. Es importante escucharlo con atención. Maestro del llamado “Ajedrez Cubano” (el “Dominó” de doble nueve), Noel y yo les dábamos soberanas palizas a Ruth y Migda (miento, era lo contrario) en ese juego tan criollo. Noel es para mí un verdadero hermano del exilio.

Me casé con Migdalia Mena en el 2002 y descubrí para mi sorpresa que ella y Ruth eran grades amigas y que se conocían desde que Ruth tenía catorce años y Migda diez, cuando el padre de Ruth, el Capitán Emilio Morales del Ejército de Cuba, fuera destacado a Florida, Camagüey. Morales y el padre de Migda, Dr. Oswaldo Blanco, se hicieron muy buenos amigos. Ambos pasaron hace tiempo el umbral de la eternidad.

Ruth y un servidor no siempre contemplamos los acontecimientos relacionados con nuestra causa desde el mismo punto de vista. A veces teníamos discusiones filosóficas acaloradas. Recuerdo una vez que discutiendo la decisión del entonces Presidente George W. Bush de usar el tributo de los ciudadanos a rescatar económicamente a grandes negocios e industrias casi en quiebra durante la crisis del 2008, le pregunté si ella estaba de acuerdo con la medida y me dijo que sí.

Le expliqué que para esas situaciones existían por ley los mecanismos de bancarrota con sus capítulos y las reorganizaciones financieras. Le dije que se trataba de “Corporate wellfare”, una medida de corte socialista.

Ruth tenía una inquebrantable fe en el buen juicio del Presidente Bush. Insistió en respaldar esa medida y entonces cometí un error imperdonable: “Eres socialista, le dije, aunque no te des cuenta”. Allí fue Troya. “Me has insultado y eso no te lo tolero aunque esté en tu casa”… Tragué saliva, pedí perdón y me excusé lo mejor que pude. Genuina cristiana, Ruth perdonó el exabrupto de mi lengua viperina y continuamos discutiendo amablemente.

Han sido nuestros paseos con nuestros compatriotas Aparicio una fuente de dulces e inolvidables recuerdos. Empezaron con un crucero por el Caribe y culminaron con otro por el Mediterráneo y el Adriático, incluyendo la consabida góndola en Venecia, la Rambla de las Flores de Barcelona, Sicilia, el mejor prosciuto del mundo en Dubrovnik y el asesinato alevoso en Sorrento de un ratoncito por un italiano usando sus pies, más grandes que los de Trucutú. Ruth le dedicó un poema a esa tragedia titulado “Il topino di Sorriento”.

No puedo olvidar las carreras de Ruth alrededor del Coliseo de Roma en busca de un baño y con tacones altos. Supe por Noel que ella prefería sacarse una muela antes de usar zapatos deportivos.

Ruth cooperó hasta el final con todo esfuerzo exiliado por liberar a la Patria del flagelo marxista. Amante esposa, madre, abuela y bisabuela, patriota hasta la médula y amiga incomparable, capaz del mayor sacrificio por aquellos que quería, Ruth Aparicio merece descansar entre los justos. Hasta pronto amiga Ruth: ¡Misión cumplida!

 

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