MANILA, PRIMERO DE MAYO DE 1898

Por Hugo J. Byrne

Hace unos veinticinco años escribí un artículo para beneficio de un columnista del periódico madrileño ABC llamado Juan Manuel Prada, rectificando un error suyo al llamar la batalla naval de Manila sorpresiva y semejante a Pearl Harbor, entre la lista histórica de “ataques pérfidos”. No hubo debate, porque no hubo respuesta. Quizás fue consecuencia de mi falta de tacto. En aquella época escribía mucho más en inglés que en castellano y la mayor parte era para la sección de “Reader’s Opinions” del diario “Orange County Register”, cuando ese periódico era el segundo en circulación de California y considerado lo que aquí llaman conservador.

Mi error involuntario fue enviar a Prada en ABC la copia del artículo en inglés, tal como lo publicara el Register, sin la elemental cortesía de traducirlo al español. Di el “pie para la décima” y me dieron “la callada por respuesta”. Mi propósito no era enmendarle la plana a Prada, sino aclarar un evidente error histórico. Muchas veces la realidad se ve afectada por pasiones o nociones preconcebidas que en nada se relacionan a los hechos. A menudo las opiniones matizan negativamente eventos reales.

La batalla naval de Manila, el primer día de mayo de 1898, nada tuvo de sorpresiva. He aquí la cronología sucinta de ese hecho de armas. Poco antes de zarpar el Comodoro George Dewey desde Mir Bay en China hacia el Archipiélago Filipino, el Gobernador español de las islas había emitido una proclama que aunque estaba dirigida solo a “españoles”, era incuestionablemente destinada a la población nativa.

Madrid soñaba con la entelequia de unificar a los separatistas de Cuba y Filipinas con las fuerzas hispanas, para repeler la “invasión gringa”, que amenazaba con desparecer los últimos vestigios del Imperio Español de Asia y América. El contenido de la proclama llegó a Dewey en muy breve tiempo y este sin decir palabra lo agregó al “bulletin board” del acorazado “Olympia”, buque insignia de su escuadrón. En breve, oficiales y marinos se arremolinaban para ver la proclama. El insultante documento enardeció a los hombres, reacción propiciada y esperada por Dewey.

No me es posible reproducir esa proclama en su totalidad debido a sus vastas proporciones, pero enfatizo sus puntos esenciales. En primer lugar todos los jefes de las fuerzas navales y terrestres peninsulares en Filipinas no sólo sabían que existía un estado de guerra entre Madrid y Washington, sino también que serían atacadas en breve por fuerzas las navales y terrestres de Estados Unidos. La proclama del Gobernador entre otras muchas barbaridades, decía lo siguiente:

“Españoles:

“Se ha desatado la guerra entre España y Estados Unidos. Ha llegado el momento de probar ante el mundo que poseemos el espíritu para conquistar a quienes pretendiendo ser amigos leales, se aprovechan de nuestras presentes dificultades y abusan de nuestra hospitalidad usando medios que repelen a las naciones civilizadas” (una referencia a la versión española del Maine, de acuerdo a la cual Washington masacró a sus propios marinos como excusa para la guerra).

“El pueblo norteamericano, constituido por todas las excresencias sociales, ha colmado nuestra paciencia y provocado esta guerra con maquinaciones pérfidas, actos de traición y ultrajes a las leyes y convenciones internacionales.

Un escuadrón al mando de extranjeros ignorantes e indisciplinados se prepara a invadir este Archipiélago con la intención malvada de despojarnos de todo lo que implique vida, honor y libertad. Pretendiendo la inspiración de un coraje del que son incapaces, los marinos norteamericanos se aprestan hoy a substituir por la fuerza nuestro catolicismo por su protestantismo… tomar posesión de vuestras riquezas como si ellos fueran ajenos a los derechos de propiedad… y secuestrar aquellas personas que consideren útiles para explotarlas en labores agrícolas o industriales.

¡Vanos designios! ¡Fanfarronadas ridículas! Los agresores nunca profanarán las tumbas de vuestros padres. Nunca saciarán sus pervertidos apetitos sexuales a costa del honor de vuestras esposas e hijas, ni se apropiarán de los medios que vuestra industria ha acumulado como provisión a vuestra vejez.”

Al final, reconociendo obviamente a los verdaderos destinatarios, agregaba la proclama: “¡Filipinos, preparaos a la lucha!”.

Dice un viejo proverbio que no es lo mismo con violín que con guitarra. El Almirante Patricio Montojo, cuyo deber sería defender Filipinas al frente de sus fuerzas navales, no era tan sanguíneo como el Gobernador. Este último no compartiría las difíciles responsabilidades del combate.

Durante muchas semanas desde que la guerra con Uncle Sam lucía un destino inevitable, Montojo había demandado armas, municiones, otros pertrechos y especialmente minas de su jefe en Madrid, Don Segismundo Bermejo, Ministro de Ultramar. Bermejo, quien tampoco enfrentaría a Dewey, contestaba igual que al otro marino español involucrado en esa guerra orate en contra de su mejor instinto, el Almirante Pascual Cervera y Topete: Se enviarán pertrechos en cuanto sea posible. Mientras tanto luche con denuedo por España, substituyendo la desventaja material con su patriotismo y coraje.

En las cercanías de Corregidor y en medio de una noche lluviosa y obscura, fueron los cañones de la isla El Fraile los primeros en iniciar el fuego sobre el Escuadrón de Dewey, pero sin causar daño alguno. Una andanada del acorazado “Boston” silenciaron permanentemente a esos cañones. Montojo hizo cuanto pudo, que no fue mucho. Sus buques de guerra eran fantasmas de otra época que no podían enfrentar el poderío naval de Estados Unidos. Dewey había zarpado de China el 27 de abril. En la noche del día 30 su escuadrón paró a la entrada de la Bahía de Manila. A la mañana siguiente ordenó el ataque, que duraría menos de seis horas.

Ese fue todo el tiempo que necesitó Dewey para hundir o capturar todos los navíos españoles del pobre Montojo y destruir las baterías de Manila. Los marinos norteamericanos sufrieron sólo una baja por accidente. No tengo información fidedigna de que pasó con el ex Gobernador colonial de Manila. Presumo que regresara a la Península con un cubo en la cabeza.

 

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