POSADA: CAMINO DEL GUERRERO

Por Hugo J. Byrne

Tengo impresos en la memoria ciertos recuerdos de mi primera infancia. En realidad se trata de impresiones sobre lugares, situaciones e individuos. A esa edad, la mayoría de los niños son impresionables. Yo no era la excepción, pero algo que siempre prevaleció sobre la timidez era mi insaciable curiosidad. Siempre me impresionó la visita de un amigo de mi padre, de apellido Yanes.

El señor en cuestión venía regularmente sólo dos veces al año y una de ellas era siempre durante las Navidades, en cuyas ocasiones traía un pequeño obsequio para la familia. Me impresionaba por la forma indescriptible en que caminaba. Cuando digo indescriptible quizás exagero, pero el hecho real era que daba la impresión con cada paso, que se disponía a doblar a la derecha. Quizás fuera por eso que todos lo llamaban “el esquinado”, detalle del que me enteré a través de mi madre y de mi “manejadora”, Joaquina.

Las visitas de Yanes nunca pasaban de diez minutos, eran de pie y en el zaguán: Yanes nunca pasaba de allí, ni se sentaba. Si yo estaba por los alrededores no me perdía nunca esa conversación que era siempre sobre cosas pasadas, todas relacionadas con la guerra de Cuba, de la que entonces yo no sabía ni jota. Yanes siempre usaba la misma indumentaria; una guayabera cruda raída, pero limpia y almidonada. Era muy evidente que Yanes trataba a mi padre con gran deferencia, a pesar de que era mucho mayor que él. Hablaba de mi abuelo paterno como quien habla de un santo. Aparentemente mi abuelo Juan Byrne y el señor Yanes habían participado juntos en actividades anticoloniales.

Yanes era muy flaco y se le notaba un bulto al lado derecho de la cintura: debajo del faldón derecho de la guayabera se veía claramente el cañón de un revólver. Por eso quizás no era muy apreciado por mi madre y mi tía Angélica. Ambas decían que Yanes tenía “mala sombra”.

Mi hermano mayor, siempre más ágil mentalmente que un servidor, le preguntó una vez a mi padre a qué se dedicaba Yanes. Cuando mi padre le contestó que Yanes era cobrador, Mario hizo referencia a lo difícil que debía ser para un hombre tan mayor ir de puerta en puerta para entregar cuentas con el sol del verano en su apogeo.

Mi padre era un hombre con gran sentido del humor, permaneciendo muy serio mientras decía algún chiste del que todos se ahogaban de la risa. En esa oportunidad para sorpresa de todos se rio a mandíbula batiente. Cuando recuperó el aliento le respondió a Mario que Yanes no visitaba a nadie y que todo lo que hacía era enviar a los deudores una nota informándoles que él estaba a cargo de cobrar. Estos entonces corrían a pagar. Yanes era cobrador sólo para cuentas dolosas y difíciles. Esa vieja anécdota vino a mi memoria por otra que me contara más recientemente mi amigo Carlos Fandiño.

La anécdota de Carlos se refiere a otro amigo, Luis Posada Carriles, quien falleciera esta mañana en La Florida y es más o menos así. De acuerdo a Carlos (aunque no está completamente seguro), Posada tenía el título de Ingeniero Agrónomo. Mi amistad con Luis empezó a principios de este siglo y en mis conversaciones con él no incluíamos temas profesionales.

Durante los años cuarenta Posada trabajaba en el Central San Agustín de Las Villas, cuando el padre de Carlos era el Administrador de ese Central. El primo hermano de Carlos, Roberto López, era el asistente de Fandiño en esas funciones. Tanto Fandiño padre como López fallecieron hace tiempo. Leonardo Fandiño hijo falleció también, más recientemente.

López y los tres hermanos Fandiño, Leonardo, Carlos y Daisy vivían en la misma casa con su primo hermano Roberto, quien era como un hermano mayor para ellos. Roberto era muy buen amigo de Posada y le contó a Carlos que en una ocasión su padre le negó un anticipo a un “Colono” que usaba el dinero de esos anticipos para otras cosas que no eran el cultivo de la caña. “Colonias” eran llamadas las fincas privadas sembrando caña para el Central y “colonos” a sus propietarios. El colono se enfureció, amenazando a Fandiño de muerte. Al enterarse, Roberto fue a buscar a Posada para que lo acompañara a hablar con el colono. Antes de salir, Posada enfundó su revólver.

Carlos me asegura que nunca supo detalladamente lo que ocurrió entre el colono y Posada. Lo único que trascendió es que el Colono de marras fue a visitar a Fandiño padre, para pedirle disculpas y asegurarle que él era un hombre de paz. Después de eso nunca más hubo problemas con él.

Me cuenta Carlos que la última vez que Posada fue al tostadero Gaviña en LA, él le informó que él era el hijo más joven de Leonardo Fandiño. Posada se sonrió y le pregunto por él y por Roberto. Después que de decirle que ambos habían pasado a la eternidad, Carlos le preguntó si la anécdota de Roberto sobre el Colono amenazador era cierta. Posada se sonrió de nuevo, afirmativamente. Nunca le dijo lo que habló con el Colono, solamente que lo convenció a pedir excusas. Roberto le dijo a Carlos que Posada era uno de los hombres más bravos que había conocido. Leonardo Fandiño padre murió hace casi 30 años. Él y su hijo Carlos nunca hablaron una palabra sobre Luis Posada Carriles.

Posada estaba muy agradecido por un artículo mío sobre su arbitraria prisión en Panamá, supuestamente convicto de intentar la muy loable empresa de ejecutar al verdugo de Cuba de visita a ese país. Junto a Posada, los combatientes cubanos Gaspar Jiménez, Pedro Remón, y Guillermo Novo Sampol estaban también en prisión Recuerdo que titulé el artículo “Desde el fondo de obscuras Prisiones”, utilizando uno de los más felices versos del poema “Mi Bandera” de mi pariente Bonifacio.

Después de eso Mireya Moscoso, entonces Presidenta de Panamá, les había extendido perdón a los cuatro. Si mi grano de arena ayudó en un adarme a la liberación de esos héroes de la causa de Cuba, me siento extraordinariamente feliz. Desde entonces Luis Posada, su compañero de prisión Guillermo Novo Sampol y el hermano menor de éste, Vicente Novo, han sido amigos y asiduos lectores.

Conocí a Posada solamente en funciones sociales y durante la primera visita, con mi hermano Mario y mi esposa, fuimos a almorzar a un restaurante cercano. Posada tuvo la gentileza de obsequiarle a mi esposa una de las obras de arte producto de su pincel. Es una marina con olas batiendo la costa y un faro, iluminando el camino a la libertad. No estoy seguro si ese cuadro es mi laurel más augusto, o segundo a los insultos y calumnias del gacetillero de “Gramma” Jean Guy Allard, esclavo castrista, quien ofendido por mi defensa de Posada me llamó “terrorista” en su miserable tabloide. Allard, desde el infierno, todavía admira el seboruco con las hediondas cenizas de su amo. Descanse en paz Posada: llegó libre al final de su camino.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image