LA RESISTENCIA DE LAS PAREDES

Por Hugo J. Byrne

 

Hace mucho tiempo, cuando aún no había aprendido mucho de nada supe de un caso ocurrido en mi ciudad natal, Matanzas, durante los embates de un severo ciclón. Creo que fue en el año 1948. Sucede que los inquilinos de una de las viviendas colectivas que llamábamos por esa época “cuarterías” o “solares”, se habían refugiado en la única de las estructuras del complejo que les brindaba una semblanza de protección a los elementos desatados.

 

Para los lectores que no están familiarizados con la terminología cubana de una época pasada, cuartería era una residencia colectiva, compuesta de cuartos separados o contíguos, cuyas fachadas se encaraban mutuamente a ambos lados de un largo patio central. Cada cuarto se alquilaba por separado y tenía el espacio necesario para una cama y un armario. 

 

Muchas cuarterías construídas durante los años treinta y cuarenta contaban con lavamanos y servicios sanitarios en cada cuarto. Los inquilinos de las construídas antes de esa época, por general compartían un baño colectivo. Casi siempre cada cuartería contaba con un “encargado”, persona que se ocupaba del mantenimiento, de las reparaciones y de cobrar los alquileres. A veces el encargado era también el propietario y así era en el incidente que narro. Creo que quizás las cuarterías fueron antecesoras de los “moteles”. Recuerdo haber visto por aquí algunos de esos establecimientos de alquiler durante los años sesenta que sospechosamente semejaban a las cuarterías de Cuba.

 

No creo necesario aclarar que tan modestas habitaciones eran residencia para los elementos más humildes de la sociedad. En su mayoría los inquilinos eran ancianos o trabajadores temporales. Los primeros casi siempre se conocían muy bien entre sí. Los otros no se identificaban mucho con sus vecinos.

 

En la cuartería de mi historia todos los inquilinos tomaron refugio en la casa del encargado-dueño, la que contaba con una habitación convencional y un cuarto de baño, además de un pequeño recibidor o sala. La estructura era probablemente de bloque, ladrillo u hormigón reforzado. En otras palabras, suficientemente fuerte para resistir los embates del viento.   El único punto débil de esa estructura era su puerta de entrada, único acceso al exterior, que era de madera con dos hojas. Aparentemente la puerta aunque vieja era sólida, pero las bisagras y los cerrojos estaban profundamente oxidados.

 

A falta de trancas o maderas con las que reforzar esa entrada, todos los hombres fuertes entre los inquilinos se ubicaron frente a la puerta para empujarla cada vez que una racha de aire la batiera con fuerza. Pero tenían que controlar su esfuerzo al mermar la presión, de lo contrario podrían sacar la puerta completa en la dirección opuesta. Quien dirigía toda la operación era el encargado-dueño, quien blandiendo un bate de “baseball” se ubicó en el extremo de la sala opuesto a la puerta, ante la única ventana situada en ese lugar. Dijo a sus inquilinos que estaba dispuesto a romper su ventana para que el aire pudiera salir por ella si la puerta fallaba, porque: “Es mejor que vuelen muebles, cortinas y adornos, a perder el techo”.

 

Esta viñeta del pasado me viene a la mente al contemplar las noticias provenientes del Japón y en especial las relacionadas con la planta nuclear cuyos tres reactores han tenido accidentes de interrupción de fluído eléctrico como consecuencia del homicida sismo que provocando un espantoso ras de mar asolara la costa noreste de la Isla de Honshu hace tres días. Honshu es la más extensa y populosa isla del Archipiélago Japonés. Esos accidentes de acuerdo a la prensa, han provocado emisiones de radiación a la atmósfera cuya intensidad todavía no ha podido determinarse con exactitud. Se ha dicho que un número indeterminado de personas fue expuesto a esa radiación, incluyendo a marinos norteamericanos tripulantes de una unidad de superficie.

 

Aunque durante mucho tiempo de mi vida trabajé en estructuras para plantas nucleares, mi única humilde contribución a ellas fue asegurar que los planos representaran la imprescindible armonía entre el diseño de los ingenieros y la realidad física. En otras palabras, revisaba esos planos para asegurar lo que en inglés llaman “constructibility”, palabra sin verdadera traducción al español, que para mi significaba que todos los elementos estructurales combinaran con otras instalaciones y entre sí. 

 

En consecuencia no soy experto en el funcionamiento detallado de esas plantas ni en muchos de los principios de diseño que sustentan ese funcionamiento. Ni siquiera soy ingeniero y, gracias a la desgracia colectiva que representó para Cuba Fidel Castro, nunca pude proseguir mis estudios de arquitectura, los que me ví precisado a interrumpir en el segundo curso de una carrera que en la Universidad de La Habana duraba siete años. 

 

Sin embargo, cuando yo trabajaba en el campo de la energía nuclear se consideraba la forma ideal para el diseño de una estructura de contención, la de una vasija, o contenedor sometido a presión (“pressure vessel”), cuyo mayor parecido a un utensilio de uso corriente, tanto en forma como en función sería con una “olla de cocinar a presión”: todos son cilíndricos. Nunca he visto un contenedor de vapor de forma cúbica o rectangular. ¿Ha visto alguna vez el amable lector una olla cúbica? O mis ojos están en peor estado de lo que me creía, o las tres estructuras de contención exterior de los tres reactores accidentados que he visto en videos del desastre nipón son de forma cúbica.

 

No tengo la menor idea de cuándo se diseñaran y construyeran los tres reactores de marras y dudo mucho que sean anteriores a Las Estaciones de Generación de San Onofre 2 y 3. Sí puedo asegurar a los lectores, que la forma cilíndrica está presente en toda estructura de contención en que yo trabajara (1970-1993) y eso incluye la planta de Palo Verde en Arizona, la de Rancho Seco, California, la de Vogtle en Augusta, Georgia y las de San Onofre 2 y 3, en en el sur de California.

 

En San Onofre 2 y 3, los dos reactores, los cuatro generadores de vapor (dos por cada reactor) y prácticamente cada importante elemento contenido es cilíndrico. Siguiendo la misma configuración, la estructura de contención exterior de cada reactor es un gigantesco cilindro de hormigón reforzado con barras de número 14 (1¾” de calibre nominal) en ambas direcciones. Ese gigantesco cilindro tiene un espesor de 4’-0 y es postensionado por tendones de cables trenzados de 6 de diámetro exterior, amarrados a tres masivos contrafuertes verticales situados simétricamente a 60 grados. 

 

Ese cilindro de contención es de 150’-0de diámetro y culmina en una cúpula en forma de domo de similar espesor y refuerzo. Las paredes también cuentan con tendones situados verticalmente, los que continúan en semicírculo por el domo hasta recobrar la posición vertical en la pared opuesta. Los tendones verticales están anclados al cimiento en una galería anexa para facilitar la tensión de los mismos. Tanto el cilindro como la cúpula están totalmente forrados interiormente por planchas de acero ancladas a las paredes. Esas planchas son un mínimo de 0¼” de grueso.

 

El cimiento es una enorme placa de hormigón de 9’-0” de profundidad y está reforzada por 13 camadas de barras horizontales de número 18 ( de calibre nominal), estrechamente espaciadas en ambas direcciones. Nunca, antes o después de mi trabajo en San Onofre, he visto barras de refuerzo de número 18. Dudo que exista otra edificación más protegida en el resto del planeta. No se construían estructuras de semejante integridad y tamaño desde la época de las pirámides en el Valle de los Reyes del antiguo Egipto. Entre los ingenieros y diseñadores estructurales de ese proyecto la broma de rigor era que en caso de ataque nuclear contra Estados Unidos, San Onofre 2 y 3 brindaban el refugio más seguro.

 

En la anécdota de la casucha del propietario de la cuartería de Matanzas, se trataba de impedir la entrada de vientos huracanados en el recinto. En las plantas nucleares accidentadas, el objetivo equivalente es contener el calor del combustible para evitar que el núcleo pueda llegar a derretirse, emitiendo radiación al medio ambiente. Sin embargo, en ambos casos la última línea de defensa es la resistencia de las paredes.

 

  

 

 

 

 

 

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