LOS ELOGIOS

Por Esteban Fernández

A todos mis lectores les digo como decía Pedro Vargas: "Muy gradecido, muy agradecido, muy agradecido".

Sería el mentiroso del siglo -que no lo soy- si les dijera que no me gustan los elogios. Todo el mundo tiene su ego y a todos nos gusta escuchar palabras bonitas sobre cada uno de nosotros.

Sin embargo, créanme si les digo que yo prefiero los halagos a mis escritos, a mis ideas, y sobre todo a la causa que defiendo que los halagos personales.

Que nadie se confunda: quede claro que los que me demuestran cariño y admiración pasan de ser mis amigos para convertirse en hermanos y cuando por algún motivo suspenden la comunicación me preocupo y los extraño. El día en que Alfredo Liste deje de llamarme el "Corcel de Güines" sentiría tremenda tristeza.

Claro que disfruto de las aclamaciones a mi persona, y cuando hablo en público los aplausos son altamente apreciados, pero lo cierto es que toda exaltación a mi persona me PREOCUPA EXTRAORDINARIAMENTE.

Y no es por modestia sino porque cuando una persona me eleva siento que contraigo una tremendísima responsabilidad. Principalmente porque pienso invariablemente que no estoy a la altura que un lector de lejos me sube, ya que por experiencia sé que tarde o temprano corro el peligro de decepcionarlo. Como decíamos en Cuba: "Caballeros, no me eleven tanto que la caída pudiera ser estruendosa".

Ante el halago lejano siempre me digo: “Si vivieran cerca de mí estoy seguro que sólo me subieran un simple peldaño sin llegar nunca a los más alto de la escalera que en la lejanía luce más grande de lo que en realidad es”.

ME ENCANTAN LAS PALABRAS DE ENCOMIO A MI PERSONA, MI PROBLEMA ES QUE SINCERAMENTE CASI NUNCA CREO MERECERLAS.

Oh, cuando las personas me celebran en la distancia me sonrío pensando: “Las que viven determinado tiempo conmigo al final de la jornada concuerdan en decirme ¿Por qué hoy en lugar de escribir sin remuneración mejor no cortas el césped del jardín?” Y yo en coña -para defenderme un poco- respondo “¿Cuántos jardineros ustedes conocen en la historia universal?"

Todos y cada uno de los elogios los he agradecido y los que más me impresionaron a través de 50 años escribiendo fueron cuando coincidieron en Los Ángeles Raquel la esposa del reverendo David Achón y en Miami el reverendo Martín Añorga al decirme: “¡Cuando tu escribes se posa el Espíritu Santo en tus hombros!” Wow, eso me dejó erizado de por vida.

Hubo otro elogio mucho más solariego pero que se quedó grabado en mi mente, y fue cuando "Berto" que trabajaba en el periódico 20 de Mayo un día me dijo: “Tus artículos serán una basura, pero yo estoy adicto a ellos y jamás me pierdo uno”.

Y hace unos días me sorprendió y me gustó uno muy bonito de una nueva amiga en Facebook llamada Janett Jadil quien me dijo: "Me encanta tal cual eres, aun cuando en algo pensáramos diferente. Ud. es auténtico y es de alma hasta cuando pudiera equivocarse (algo relativo para todos) porque cada uno tiene "su verdad'. Repito la suya me encanta".

Algo muy interesante y que le da peso a este ensayo es: mis íntimos amigos, mis socios fuertes, nunca me halagan. Al contrario, siempre me obligan a tener “bien puestos mis pies en el suelo”.

Por ejemplo, Carlos Hurtado me dice siempre: “El segundo día del año que más disfruto es cuando tú llegas a Miami, el número uno es ¡cuando regresas para California!”. Hugo Byrne me dice: ¡Qué razón tenía mi hermano Mario cuando me decía: “¡Contra, que bruto “mentalmente” es Estebita”! Y su esposa Migdalia Byrne me dice: "¡Que te compre quien no te conozca!"

Sin olvidar jamás a Luis Beato Oteiza cuando me decía: “Tú, para ser semi analfabeto escribes muy bien”.

Entonces, mis queridísimos amigos, señoras y señores, no me queda más remedio que volver a rememorar a mi padre cuando el Representante a la Cámara Armando Fernández Jorva (en la foto inicial) le dijo: "Esteban, tú que eres el que más sabe de política en el pueblo ¿por qué no te postulas para Alcalde?" y papi le dijo: "Porque no me conocen en las zonas rurales". Entonces Armando insistió: "¿Y en la ciudad?" Y el viejo le contestó: "Bueno, Armando, aquí en Güines ¡ME CONOCEN DEMASIADO!"

Y yo digo 64 años más tarde: De lejos no me conocen y de cerca me conocen demasiado.

 

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