EL BOSTEZO

Por el Rev. Martín N. Añorga

Ayer me correspondió sentarme en un consultorio médico al lado de un señor que era una fábrica automática de bostezos. Observé a los demás pacientes y descubrí para mi asombro que algunos disimuladamente trataban de ocultar sus bostezos, en tanto que otros los disfrutaban a total boca abierta. Me pregunté por qué el bostezo, que muchos consideran impropio, es tan contagioso. Y buscando la respuesta se me ocurrió escribir este artículo.

El bostezo se define como “la acción incontrolada de abrir la boca con separación muy amplia de las mandíbulas para realizar una inspiración profunda, seguida por una satisfactoria expulsión de aire”. Cada vez que bostezamos hay una serie de gestos que se producen inconscientemente: los músculos faciales se estiran, se inclina la cabeza hacia atrás, se cierran o se entornan los ojos, se lagrimea, se saliva.

¿Por qué es contagioso? Hay varias respuestas, aunque ninguna de ellas me complazca totalmente. Una teoría indica que el bostezo sirve para mantener a las personas en un mismo estado y listas para trabajare juntas. Mi experiencia personal difiere de esta tesis, porque he notado que en la mayoría de los casos el bostezo es el preludio del sueño, y suele contagiarse porque a todos nos satisface dormir.

Hay quienes piensan que el bostezo contagioso sirve para mantener al grupo alerta, tesis con la que tampoco concuerdo, porque cuando empezamos, por alguna rezón, a sentir deseos de dormir, sean provocados o espontáneos, disminuimos nuestra habilidad para estar atentos a lo que nos rodea.

Debido a que no existe una conclusión unánimemente aceptada, nosotros tenemos derecho a exponer la nuestra. Dado que el bostezo es una demanda corporal de oxígeno que se produce de manera no planeada, los que vemos bostezar a otra persona y el placer con que lo hace, sentimos involuntariamente la necesidad de imitarla. Realmente no hay nada más confortable que bostezar, siendo la práctica completamente inocua, no comparable con el estornudo, que es un rociamiento de saliva y de gérmenes. Bostezar es, pues, un placer. Y eso no quiere decir que andemos por todas partes, y en todos lugares y circunstancias, enseñando nuestras amígdalas dándonos el gusto de bostezar.

El bostezo suele ser, sin embargo, un comportamiento poco entendido. A los que hablamos en público el bostezo nos parece una señal de aburrimiento o desaprobación a lo que decimos. En muchos casos nuestros padres nos indicaban que cuando bostezáramos nos tapáramos la boca y que de ser posible, lo hiciéramos apartándonos de los demás. Bostezar cuando tenemos una visita suele tomarse como una indicación para los visitantes de que es hora de despedirse. A un novio no se le ocurre jamás bostezar ante su novia; pero entre los esposos esa barrera se franquea abiertamente, de tal manera que cuando están en cualquier tipo de actividad y uno de los dos bosteza suena la sirena inaudible que nos señala que debemos irnos a dormir. A un maestro no hay cosa que le moleste más que un alumno bostezando. Hacerlo aparentemente quiere decir que hay poco interés en lo que se trata de enseñarle o que la explicación del profesor es propicia para el sueño.

Existen varias explicaciones sobre la naturaleza del bostezo. La teoría más comúnmente mencionada es que el bostezo es un acto reflejo por falta de oxigenación en la sangre por lo cual el cerebro nos lo provoca para que se llenen nuestros pulmones de aire. Parece elegante la explicación; pero la mayoría de los médicos y los estudiosos del tema afirma que es errónea.

En relación con la concepción fisiológica del bostezo, tenemos a los que creen que sus funciones son múltiples. Opinan algunas personas, increíblemente, que el bostezo contribuye a controlar la temperatura corporal, y equilibra el metabolismo, ayudando al flujo de sangre en el proceso digestivo. Cuando uno lee cosas como éstas se siente más inclinado a bostezar que a tomarse las pastillas ordenadas por el médico; pero lamentablemente las nociones expuestas no están aprobadas por la Administración Federal de Medicamentos.

Una cosa es segura: cuando bostezamos y estiramos los brazos y ensanchamos el pecho experimentamos una sensación de descanso que nos apacigua cualquier inconveniencia que estemos sufriendo.

No todos los bostezos son iguales. Su duración puede variar, pero generalmente dura unos tres segundos, y ya hemos visto que en ese breve espacio de tiempo cabe una serie de opiniones reflexiones y teorías. Lo que no está sujeto a discusión es que es imposible bostezar a medias. O se bosteza, o no. Puede disimularse hasta cierto punto, pero no haya manera de hacerlo de forma tal que nadie lo note.

Vamos a ofrecer tres simples consejos a nuestros amigos lectores sobre el “mágico arte del bostezo”: a) cuando se le aparezca un bostezo, no trate de cerrarle las puertas. Déjele el espacio que necesite y disfrútelo; b) en su casa, o cuando esté solo, acompañe el bostezo con un sonoro suspiro. Esa licencia es sencillamente placentera, y c) no trate de interpretar los bostezos ajenos, si son señal de aburrimiento, cansancio o mala educación. Confórmese con imitarlos. Eso es suficiente.

El polifacético escritor chileno Hernán Lavín Cerda dijo en uno de sus ensayos que “la humanidad es una interminable cadena de bostezos”, citando a algunos antropólogos que estiman que la conducta humana está en permanente desarrollo desde los tiempos en que el hombre empezó a razonar hasta hoy. Sin embargo, los investigadores sugieren que hay elementos que han persistido a través de los siglos, que aunque han perdido su significado original, siguen vigentes, y entre éstos, el bostezo. El hombre primitivo probablemente no había articulado un lenguaje explícito, de aquí que tuviera que depender del llamado “lenguaje corporal”, que todavía solemos usar. Quizás el bostezo era un llamado a agruparse o un aviso sobre determinado peligro común. Más que esto, nos dicen los sabios de la antropología, que “el bostezo es una práctica misteriosa que ha traspasado las distancias del tiempo y sigue siendo elocuente y variado, según el gusto o la preferencia de sus intérpretes”.

`Para terminar, me pregunto, y quisiera que alguien me conteste la pregunta: “¿por qué el bostezo no es tema que se trate en la poesía ni es fuente de frases o pensamientos ingeniosos o llamativos? Después de mucho buscar me encontré con dos citas: “en ocasiones la vida es sólo el bostezo de un sueño …”, del poeta argentino Marcelo D. Ferrer, y esta otra del genial poeta chileno José Santos Chocano, “el bostezo de la Pampa verde es como una fatiga que reposa o como una esperanza que se pierde”.

Yo me atrevería a crear una frase más romántica: “cuando bostezas el aire que de tu boca vuela es una tormenta de amor que despierta mi corazón dormido”.

Bien, una nota final: si ha leído este artículo completo, confiéseme cuántas veces ha bostezado.

 

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