REMEMORANDO UNA MASACRE TERRORISTA

Por Hugo J. Byrne

Durante los ataques terroristas sufridos en áreas rurales del norte de Angola contra la dominación colonial portuguesa en 1960, recordamos un sangriento incidente, particularmente ilustrativo al analizar la reciente tragedia de Florida. Se trata de la masacre de casi todos los colonos portugueses por los angolanos terroristas de la facción dirigida por el entonces caudillo independentista Holden Roberto, en una aldea en las cercanías de la ciudad de Carmona.

A diferencia de Cuba, donde estos machetes se esgrimieron sólo en irresistibles cargas de caballería contra tropas enemigas en legítima acción bélica, en Angola se aplicaron en súbita matanza terrorista contra infelices mercaderes indefensos y sus familias. En pocos minutos casi todos los habitantes blancos de esa población fueron despedazados a machetazos por los terroristas. Esta masacre incluyó a los angolanos empleados por los portugueses y no respetó ni a las mujeres ni a los niños. Las mujeres fueron violadas repetidamente y después asesinadas usando el método bestial de introducirles las "catanas" en la vagina. Los cadáveres de los niños de brazos fueron usados como "balones" en un macabro "juego de fútbol" en la cancha local, el que fue filmado por uno de los "rebeldes", para usar la película como instrumento de terror.

Los criminales de Roberto (una de las facciones en la posterior guerra angolana que fuera respaldada -a medias- por la CIA) no lograron exterminar a todos los colonos. Sobrevivieron 4 portugueses: El carnicero local, su esposa e hija y un médico carmonense que llegaba en su Land Rover a la localidad en ese trágico momento. Alertado por los gritos de las víctimas el doctor regresó a Carmona para dar la voz de alarma, no sin antes despachar con su pistola a un par de terroristas que trataban de cerrarle el paso.

La ciudad de Carmona, la más importante del norte de Angola en esa época, fue también víctima de un ataque terrorista similar, pero gracias a la intervención del mencionado galeno, los asesinos de Roberto, despojados de la ventaja de la sorpresa, fueron rechazados con grandes bajas por los colonos y la policía local.

La descripción de como el carnicero y su familia sobrevivieron la matanza es digna de estudio. Localizada en el centro mismo de la población, al igual que muchas otras tiendas locales, la carnicería contaba con una entrada amplia, cubierta por una puerta metálica del modelo que se enrolla en la parte superior. A diferencia del resto de los comercios aledaños, era una estructura de dos pisos y el segundo era usado como vivienda por la familia del carnicero.

Como prevención contra robos, tanto la puerta posterior como las ventanas de la primera planta tenían rejas con gruesos candados. El carnicero tenía la costumbre de asomarse a una ventana que daba al frente del negocio cada mañana para saludar a sus clientes (casi todas mujeres locales) y conversar con las mismas por unos minutos antes de bajar y abrir la carnicería.

Esa mañana el carnicero notó con preocupación que el número de hombres entre sus clientes esperando que se abriera la tienda era inusitadamente grande. Al mismo tiempo observó que muchas caras le eran desconocidas. Lo que más lo preocupó era que muchos de ellos vestían con abrigos largos, a pesar de la temperatura cálida de esa mañana.

Hombre de temperamento decidido el carnicero era, como tantos de los originales colonos portugueses de África, un ávido cazador y poseía varios rifles y abundante parque para los mismos. Cuando uno de los nativos le pidió desde abajo: "Abra la tienda, jefe", el carnicero le contestó: "En un minuto amigo, en un minuto".

Pero al preguntarle su hija de catorce años, quien compartía con su padre la afición a la caza y a las armas de fuego, si quería que ella abriera la tienda, el colono portugués le contestó en voz queda: "Por nada en este mundo bajes al primer piso. Dile a tu madre que se encierre en su cuarto y tú tráeme mi rifle y toma el tuyo con todo el parque que tenemos para ambos."

De pronto, a la hora en que oficialmente se abrían los mercados locales, un pandemonio espantoso se desató en la población, con gritos desgarradores acompañados del ruido tajante de las "catanas" penetrando carne humana. Deshaciéndose de sus abrigos y blandiendo las "catanas" que en ellos escondían, los pretensos clientes del carnicero la emprendieron infructuosamente a machetazos contra la cortina de metal de la entrada.

Desde su reducto en la ventana del piso superior, el carnicero y su hija los hicieron pagar con la vida. Bien pronto los cadáveres de los terroristas se apilaban frente a la carnicería. Tras un fallido intento de quemar el establecimiento, los "patriotas" de Holden Roberto pusieron pies en polvorosa ante la metralla certera que les regalaban el carnicero y su hija. Después el portugués se dedicó a cazar a la distancia a los malhechores, en un vano esfuerzo por salvar a sus infelices vecinos.

Cuando las fuerzas del orden llegaron al pueblo desde Carmona al atardecer, los buitres cercaban la desierta población. Trémulos y sin poder contener el llanto, los soldados encontraron al carnicero y su familia todavía atrincherados en su atalaya del piso alto... Treinta y dos terroristas habían mordido el polvo tratando de asesinarlos.

Cuando los dos estúpidos criminales disfrazados en sendos grotescos "trench coats", irrumpieron en la escuela superior "Columbine" de Colorado para masacrar a trece inocentes y causar serias heridas a otra decena, hace varios años, nadie consideró su vestimenta poco apropiada. Nadie tenía allí tampoco los medios para hacerles frente y así evitar o al menos atenuar la matanza. Otro tanto ocurrió cuando otro criminal masacrara sin piedad a diez y siete alumnos en un High School de la Florida, más recientemente.

La siembra de nihilismo "liberal", con sus agendas fallidas de "self Steem", de irresponsabilidad individual, indisciplina didáctica y "sensitivity training", rindieron su única cosecha posible: crimen, injusticia y muerte. ¿Y cuál es la reacción ante tanto crimen y tanta sangre de justos?

De acuerdo a esa doctrina muy en boga, todos somos culpables. Todos somos asesinos en potencia. Nuestro gran pecado consiste en rechazar desarmarnos y encomendar nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, a la "bondadosa protección del estado omnipotente".

 

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