HISTORIA DE TRES MADRES

Rev. Martín N. Añorga

Voy a contarles las historias de tres madres. Es mi manera de celebrar este año el siempre emotivo Día de las Madres.

Era yo muy joven cuando conocí a Doña Lucía Casañas, una imponente mujer de raza negra, fuerte como un roble, alta como un pino y generosa como una santa. Doña Lucía vivía con sus tres pequeños hijos en un dilapidado barrio que todos conocían como “Las Yaguas”, protegido por una modesta loma, y a los márgenes de la ciudad. Todos los que allí vivían eran considerados como indigentes.

Una de las hijas de Doña Lucía (nunca supe porqué del apelativo de “doña”) asistía a la Escuela Bíblica Dominical de la iglesia en la que yo era parte del grupo de jóvenes. Siempre iba vestidita de limpio, con su cabello uniformado de trenzas cuidadosamente anudadas con cintas de colores. En aquellos tiempos los jóvenes solíamos visitarnos y participar juntos de actividades recreativas. Natalia, así se llamaba la joven, nunca quiso darnos su dirección, ni hacía referencias a su familia.

Una tarde, en los patios de la iglesia, entablé conversación con Natalia. Me dijo que planeaba estudiar enfermería y que ya tenía los contactos hechos para entrar a la escuela. La alenté a que convirtiera sus sueños en realidad. Animado por la conversación, le pregunté por su familia y le expresé mis deseos de visitarla. Nunca olvidaré a esta jovencita, de bello rostro bronceado y blanca mirada, cuando se echó a llorar, confesándome lo que ella creía era un triste secreto de su vida. “¡Vivo en las Yaguas, en una chocita con techos de zinc, piso de tierra, sin luz eléctrica y sin muebles para sentarnos”, dijo entre sollozos. Me contó que le daría mucha pena que los demás supieran esto. Su padre había desaparecido hace años y su mamá era una pobre lavandera, analfabeta y sin familia.

Fui al hogar de Natalia y conocí a su mamá y a sus hermanitos. Doña Lucía me recibió con cariñosa naturalidad y a pesar de que yo era apenas un adolescente, me atendió como se atiende a una persona importante. En una esquina, colgando de un clavo de la pared acartonada, había dos uniformes de enfermera, blancos, almidonados y listos para ser usados con el mayor de los orgullos. Eran los de Natalita (así le llamaban su madre y sus hermanos).

Pasaron los años, y en una de mis visitas a mi casa, esta vez por celebrarse el Día de las Madres, pregunté por Natalita. Les visité en una casa modesta, pero limpia, amoblada con gusto y llena de luz y sonrisas. Allí estaba Doña Lucía, preparando una aromática cena de la que disfruté como inesperado invitado. Natalita trabajaba ya en el hospital Calixto García y los dos hermanos eran empleados de una conocida fábrica de galletas. “Mi madre es la heroína de nuestras vidas. Trabajaba de día y de noche para que nosotros nos preparáramos, y ahora es nuestra reina”, dijeron casi al unísono los dos muchachos. Al rato llegó Natalita, un poco más espigada, hecha ya casi una mujer, enfundada con orgullo en su blanco traje de enfermera. Se abrazó a su madre, y me dijo alborozada: “¡Gracias por venir a vernos!”. Aquel cuadro fue una inspiración. Era un sábado por la tarde, y al día siguiente tendríamos el Día de las Madres. ¡Doña Lucía era una madre tan especial que un solo domingo no alcanzaba para que sus hijos le dijeran cuánto la amaban!. “Mamá no es reina de un día: ¡es la reina de todos nuestros días!”, dijo Natalita mientras me alcanzaba una golosina.

La otra madre de la que quiero hablarles se llama Hilda Orosa, y vive en Miami desde hace muchos años. Era miembro de la Iglesia de la cual fui pastor por cerca de treinta años, y a su esposo Luis y a sus hijos, les quise con profundo amor cristiano. Hilda no era lo que se dice una jovencita cuando cayó encinta. Los médicos le aconsejaron que se hiciera diferentes chequeos y que tuviera especiales cuidados en el proceso de su gestación. Hubo quienes le hablaron de las posibilidades de que su hijo naciera con alguna anormalidad; pero Hilda se mantuvo firme en su decisión de traer su hijo al mundo.

Una mañana, bien temprano, fui al Hospital para acompañar a Hilda y a su familia el día en que le correspondía dar a luz. Finalmente nació Ricky, recibido con un espléndido gozo de parte de toda su familia. Un médico amigo se me acercó para pedirme que hablara con Hilda y que le dijera que su niño tenía los síntomas de ser víctima del síndrome de Down. Momento difícil que afrontamos los pastores; pero que en este caso fue una experiencia iluminadora. “Es mi hijo, un regalo de Dios, y tal como venga, lo amaré y lo cuidaré siempre”, me dijo Hilda secándose las vibrantes lágrimas que le recorrían el rostro.

Estuve en contacto con Ricky desde que nació hasta el momento de su muerte, cuando contaba ya veintisiete años. Vivió todo ese tiempo amparado por el amor de sus padres y por la sabiduría con que lo condujeron. Ricky fue a una escuela especial y se graduó de “High School” en los términos de su escuela. Sabía contar con esmero su dinero, tenía en orden su habitación, era en extremo cariñoso, y en la iglesia, en la hora social, repartía el café con eficiencia y alegría. Ver a Ricky y a Hilda era siempre un cuadro casi religioso, en el que el amor se vestía de rostros humanos. Para mí Hilda es una de las madres más dedicadas que yo he conocido. Desterró de su corazón un sentimiento de lástima que hubiera sido nocivo para su hijo. Lo educó, dentro de las posibilidades, con autoridad y cariño. Y Ricky fue un niño feliz, y un joven agraciado por el amor de Dios.

Hoy, ya casi en el Día de las Madres, yo le hago llegar a Hilda Orosa mi más intenso mensaje de felicitación. Ella es una madre que fue amada por un hijo de limitada inteligencia, pero de ilimitada gratitud.

La tercera madre de la que voy a hablar se llamaba Margarita Palomo, una elegante dama que en Cuba vivió sus mejores tiempos, pero que llegó al exilio tarde en su vida, sola y sin recursos. Margarita era una persona llena de ternuras, y en la iglesia todos reíamos con ella, debido a sus siempre festivas ocurrencias.

Andando los tiempos empezamos a notar que Margarita adelgazaba de forma ostensible, sus energías se iban apagando y su agudo sentido del humor palidecía por días. La llevamos, en contra de su voluntad, a un médico. Después de los chequeos de rigor el diagnóstico fue anemia y desnutrición. Fuimos a un supermercado y a una farmacia y le compramos nutrientes y reconstituyentes. Me correspondió la tarea de llevar todo esto a su casa. Lo que sucedió es para no olvidarlo. Margarita tenía los anaqueles llenos de todo tipo de alimentos enlatados y el refrigerador atestado de carne, pollo y pescado. ¿Cómo era posible que esta amada anciana sufriera de desnutrición teniendo todos estos artículos a su alcance?

“¡Nada de eso es mío!”, me dijo con firmeza, y añadió, “Todo es para mi hijo que está al venir de Cuba”. Y en efecto, a las varias semanas llegó de Cuba el hijo de Margarita; pero solamente estuvo a su lado por breves días. Fue hacia otros sitios a buscar más propicios horizontes y no volvimos a verlo.

Margarita me fue ejemplo de lo que es una verdadera madre. Padeció hambre, frío, pobreza y angustias por el amor que le profesaba al fruto de sus entrañas. Recuerdo la mañana de un Día de las Madres que la llamé al frente de la congregación y le entregué un ramo de flores. Su reacción hizo reír a todos: “Así se hace, las flores se dan en vida y no cuando uno se muere”.

 

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