QUINTO DOMINGO DE PASCUAS

(Domingo de los Ministerios-4-29-18))

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

“Sin mí ustedes no pueden hacer nada”: Son palabras de Jesús al explicarnos, con la alegoría de “la vid y los sarmientos”, la necesidad de estar unidos a El para “tener vida y dar frutos”.

La primera lectura nos muestra cómo san Pablo, luego de su conversión en el camino de Damasco, se tuvo que presentar a los Apóstoles, a fin de que su misión fuera autentificada dentro del seno de la Iglesia (Hechos 9, 26-31). San Juan (I Jn. 3, 18-24) nos da en primer lugar el resumen de toda su doctrina, cifrado en la intimidad con Jesús: “crean en Jesucristo y ámense mutuamente como El nos mandó”. -Seguidamente, en el Evangelio del día, encontramos la parábola o alegoría de la viña: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”.

La conciencia, sede del discernimiento y moderadora en la búsqueda de la verdad, tiene que estar “bien formada” y “sensibilizada”, de modo que pueda cumplir su misión a cabalidad. Pero la conciencia no es una facultad independiente de nosotros, de nuestra voluntad y de nuestros sentimientos. Debe ser sensible, pero antes tiene que estar bien formada en orden a poder realizar su función moral de discernimiento e influir nuestra voluntad y decisiones con justicia y equidad.

Porque si sólo nos sirve para el remordimiento, bien flaco servicio nos haría y nos resultaría relativamente fácil acallarla. -Concluyendo esta reflexión: la “conciencia” somos nosotros mismos tomando decisiones basadas en la justicia y en las virtudes emanadas del Evangelio; que para eso nos llamamos “cristianos”, o sea, los que somos de Cristo, los que seguimos a Cristo. – San Pablo, guiado por una sana conciencia, formada en la mejor de las tradiciones espirituales judías “a los pies de Gamaliel” como maestro de vida, logró al fin superar sus prejuicios emanados del fanatismo y dejarse “derribar” por Cristo a quien perseguía en sus “hermanos” los cristianos de la primera generación.

“Permanecer en Cristo” significa perseverar en su amor y en las obras que este amor produce en nosotros; obras que sobrepasan nuestras solas capacidades humanas y que son potenciadas por esa fuerza y ese don que sólo Dios puede otorgar. La fe en el Resucitado hace posible el comienzo, en nosotros, de esa dinámica que deberá transformarnos y transformar el mundo: El Amor de Cristo. Si perseveramos, si nos mantenemos unidos a El, El vivirá en nosotros y, finalmente, nosotros viviremos en El para siempre.

 

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