¿ESFUERZO PERDIDO?

Por Hugo J. Byrne

La jurisprudencia Americana tiene un mecanismo de acuerdo al cual ciertos delitos no pueden ser llevados a tribunales después de haber transcurrido cierto tiempo. Se llama “estatuto de limitaciones”. En realidad no conozco con precisión cómo y en qué medida se aplica ese estatuto a la violación de las leyes de neutralidad.

Por si las moscas, hace mucho rato que cada vez que publico algo de estos recuerdos sobre un noble esfuerzo fallido, nunca menciono otros nombres. Solamente el mío. Cuando estas cosas ocurrieron hace ya cincuenta y tres años, me sentía muy feliz de mi participación en ellas. Era mi obligación hacia mi patria, lo que para mí quiere decir hacia mi familia. Nunca me arrepentiré. Si pudiera regresar a esa era pretérita y amarga, haría lo mismo que hice entonces. ¿Sacrificio inútil? Sólo oímos estos en los discursos de los políticos. El resto es sacrificio real, pero es ejemplo, que más tarde o más temprano germina a la eternidad.

En 1963 cuando fuimos dados de baja del Ejército de Estados Unidos, muchos de nosotros nos mantuvimos en contacto furtivo para seguir luchando violentamente contra el castrismo, enfrentando lo que fuera y sin parar mientes en consecuencias personales. La mayoría de los soldados de Ft. Knox y Ft. Jackson, permanecieron en el sur de la .Florida. Yo no podía darme ese lujo.

Sólo en Los Ángeles encontré trabajo en mi profesión compensado adecuadamente y un gran amigo quien trabajaba para la misma empresa, hizo posible mi entrevista de empleo. Después de la muerte de mi primera esposa y con mis dos hijas mayores aún pequeñitas, llegué a California y empecé a trabajar. Era la época del surgimiento de las organizaciones activas del destierro cubano, como “Comandos L”, “Alpha 66”, etc. Inmediatamente me afilié a una de ellas. En el sur de California había una colonia muy considerable de desterrados cubanos.

Mientras hacía mi entrenamiento básico en Fort Jackson sufrí temporalmente una baja dramática de glóbulos blancos. Me examinó personalmente el Coronel Jacobs, director del hospital del Fuerte, donde pasé algo más de una semana. Un par de días estuve en un pabellón largo con camas a ambos lados de un pasillo en el centro, igual que en las películas viejas de la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo que vino directamente a verme una doctora rubia de apellido Ellis, joven belleza americana que ostentaba el rango de Capitán (dos barras verticales de plata en su cofia).

De más está decir que en cuanto Ellis se fue, muchos de los otros soldados en el pabellón se cansaron de hacerme bromas. La mayoría eran cubanos y dos o tres eran de mi compañía. Había otro cubano cuyo nombre no recuerdo, pero a quien apodaban “Televisión” y el que no estaba en mi compañía. Por alguna razón que no comprendía entonces, el tal “Televisión” no me gustaba. Hablaba continuamente y hacía preguntas a todo el mundo, incluyendo lo que no era de su incumbencia. El tipo era pedante.

Después me llevaron a un cuarto semiprivado, con dos camas. El otro enfermo era un viejo sargento que tenía una condición cardiaca grave. En cuanto mi nivel de glóbulos blancos llegó a normal, me enviaron de regreso a la barraca ocupada por mi compañía. El Dr. Jacobs diagnosticó un virus y más nunca los glóbulos blancos, ni los rojos ni “los verdes” me han molestado.

Regresemos a mis actividades “extracurriculares” en California. Una de ellas era el entrenamiento de voluntarios para realizar ataques comando contra la tiranía castrista. La otra era conseguir los implementos de combate y vitualla, para enviarlos, junto a los voluntarios, a la Florida. En desarrollar todas esas actividades subrepticias, fracasé estrepitosamente.

El peor y último fracaso fue el resultado de una obvia infiltración en nuestras filas. No por parte de los castristas, sino evidentemente de nuestros antiguos “aliados” en Washington. Se trataba de un envío de armas y vituallas en un camión. Las armas que habían sido inspeccionadas por mí en Sedona y Scottsdale, Arizona, incluían un cañón finlandés de 20mm, una cantidad que no recuerdo de M1 Garands y otras armas largas de diferentes calibres. Municiones en gran cantidad para todas esas armas, K-rations, trajes de campaña moteados, botas, medicamentos, etc.

Condujo el camión con el alijo de armas un voluntario norteamericano a quien conocí en un almuerzo de cubanos del exilio, al que fui invitado a hablar. Después supe que por otra vía desconocida por mí, ese señor se había ofrecido para hacer la travesía y que la delegación oficial del organismo al que yo pertenecía, había aceptado su ofrecimiento. ¿Cuáles eran sus credenciales? Aparte de pertenecer a la asociación llamada “Young Americans for Freedom”, reclamo del cual nunca vi evidencia alguna, sus credenciales eran cero. Por otra parte, el señor se expresaba muy bien en inglés y parecía bien enterado de muchas cosas importantes en ese tipo de actividad.

Escasamente una semana después de la partida del cargamento para la Florida y en un bar donde a veces me detenía para un “gin and tonic” al salir de mi trabajo (entonces en la vecindad de City of Commerce), alguien se sentó en la banqueta contigua. “¿Te acuerdas de mí, Hugo?” Era “Television”. Nunca fui bueno para recordar nombres pero sí caras. Especialmente aquellos que me simpatizan, o a quienes detesto. Me invitó a un segundo trago y decliné su oferta. Nunca he sido adicto a la bebida y soy exclusivo (discriminador si se quiere) para escoger con quien bebo. Acto seguido “Television” describió en detalles el camión, el chofer y la carga, agregando que había sido interceptado por las autoridades federales en Texas.

Viendo que me levantaba para irme agregó, “Mejor será que te portes bien en el futuro si no quieres que te deporten”. Riposté que no podía ser deportado a un país carente de relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Nunca he olvidado su respuesta: “En Guantánamo tenemos una cerca de hierro, pero con puerta a un campo que ha sido totalmente minado por tu amigo Fidel”.

 

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