LAS SIETE PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ

PARROQUIA SAN MARTIN DE PORRES- CUARESMA DEL AÑO DEL SEÑOR 2018- P. Joaquín Rodríguez.

-El Viernes Santo solemos meditar las llamadas “siete palabras de Cristo en la cruz”. Textos tomados de los evangelios de Marcos, Lucas y Juan nos introducen en la oración continua del Maestro, que nos entrega toda su humanidad y nos abraza con su amor divino en las últimas horas sublimes de su paso por nuestra tierra tan maltratada y ensangrentada por sus hermanos, a quienes vino a rescatar del pecado y de la muerte. Meditemos brevemente estas palabras: Frases, Oraciones, Súplicas del “Cordero sin mancha” que, mientras conversa con “el Padre del Cielo” y “los suyos que quedan en el mundo de los hombres”, nos enseña como muere un justo; “el Justo que nos purifica con su justicia” y con su sangre derramada nos lava los pies y el corazón.

PRIMERA PALABRA: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

¿A quiénes perdona Jesús, por quiénes intercede? Nos perdona a todos, intercede por todos ante el Padre. Sin su intercesión no podríamos vivir un instante ante Dios, ni merecer su perdón. ¿Nuestro pecado? La desobediencia. ¿Es suficiente una desobediencia para merecer la condena? Para Dios, ante Dios toda ofensa es grande y su alcance infinito porque ofende, no a un hombre sino a Dios: Al Creador, al Dador de todo bien, a quien sostiene la vida, toda vida; ofende a quien es el Juez, el único Juez Justo.

El Génesis nos dice que el pecado origen de todos los pecados, “pecado original” lo llamamos, consistió en desobedecer a Dios y en querer ser lo que nunca podremos llegar a ser: Ser como Dios. Pecado de desobediencia soberbia y pretensiosa …ser como Dios, tener su ciencia, su poder. Al final, sólo descubrimos que estamos desnudos, temerosos y sin fuerzas para regresar al estado anterior; es lo único que nos enseña el pecado, la desobediencia a Dios.

-Los verdugos ejecutaban órdenes, pero no sabían lo que hacían; tampoco Pilato, que lo condena por cobardía y una mezcla de oportunismo y desprecio por aquel pueblo; sabían más los sacerdotes y doctores de la Ley pero, ciegos a la verdad, obcecados en las tinieblas evadían a la Luz del Mundo y resultaban ser los más ignorantes: Ignorantes de la Gracia y cerrados al Espíritu de Dios.

SEÑOR, LIBRANOS DE ESA IGNORANCIA Y DESLUMBRANOS CON TU LUZ.

SEGUNDA PALABRA: “En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. - Son éstas las palabras del que llamamos con justicia “el buen ladrón”, que reclaman y reciben la respuesta del que “no ha faltado en nada”, de este compañero de suplicio transformado, por el esplendor de la gracia de la muerte del “Justo”, en discípulo primicia de su muerte, del nuevo pueblo, de la Iglesia que ya cosecha nuevos discípulos, de los privilegiados que ven morir al Justo y se dejan “bañar” en su luz, y lavar con el agua que brota de su costado, y beber su sangre, acogiendo Su Camino, participando en su muerte y en los frutos de la misma: El Paraíso, la Vida Eterna.

SEÑOR, QUE SEPA YO ACOGER ESTA INVITACION A LA SUPLICA HUMILDE, CLAVADO EN MI CRUZ NO REDENTORA, PARA QUE APRENDA A BUSCAR Y ABRAZAR LA TUYA QUE SI ME LIBERA Y REDIME.

TERCERA PALABRA: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27)

“Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” -La recibió como madre. Es la Iglesia de Jesús siendo confiada a la Madre, a su propia Madre. Después de orar al Padre, habiendo comido con sus discípulos la Pascua, oración en la que los pone en sus manos, ahora los pone en las manos de la Madre. La Iglesia, en su misión maternal, tiene un modelo en María, la madre de Jesús y, en ella, “los discípulos que quedan en el mundo”, la “Iglesia del Cordero”, tienen una Madre, la que Cristo escogió para nosotros y nos la entrega como testamento supremo de amor; para que la Iglesia se configure a imagen de María: La Madre, la Mujer. Evangelio y Apocalipsis se juntan en este legado; porque María es “la Mujer rodeada de estrellas y con la luna bajo sus pies”; porque María es la Mujer de “la hora de Jesús”: En Caná y en el Calvario. María es también el “pueblo peregrino”, es “la casa de Dios”, es “la esposa sin mancha ni arrugas”; es la obra perfecta de Dios.

SEÑOR, QUE EN LAS HORAS DE MI PASION SIEMPRE ENCUENTRE A LA MADRE, EN MI VIDA Y EN LA IGLESIA.

CUARTA PALABRA: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34)

Palabras de un salmo, oración privilegiada del Pueblo de Dios: de Israel y de la Iglesia. Palabras del alma del Hijo del Amor del Padre, que siente el abandono que siente cada hombre ante la muerte. Después de la cruelísima pasión, clavado en la cruz infamante, el Hijo desahoga su desaliento, su soledad. Rodeado de soldados, a la vista de la Madre y del Discípulo amado y las piadosas mujeres, aletargado por la pérdida de sangre, las convulsiones de la deshidratación y del tétanos incipiente, de los nervios quebrados por los clavos, de las espinas en su cráneo; la muerte se acerca como un alivio prometedor, descanso de la infamia, del agotamiento y del dolor. Peor aún es el abandono y la percepción, en su carne maltrecha, que de nada ha servido la entrega. Sí, también el abandono es parte de la Pasión y Muerte del Cristo; para que no le falte nada de lo nuestro a su pasión, pasión que nos toca a nosotros completar, también, en la carne en la que hemos pecado: en la nuestra.

SEÑOR, CONCEDEME EL DON DE LA ENTREGA Y LA CONFIANZA DE QUE TU NUNCA ME ABANDONAS.

QUINTA PALABRA: “Tengo sed” (Jn 19,28)

Desde la palabra cuarta seguimos a Jesús con versos de las Escrituras santas, aplicables al justo perseguido que ha puesto su confianza y confiado su alma a Dios. La sed física natural, agravada por las horas de pasión, del proceso, de burlas y latigazos. La de la pérdida de sangre y la deshidratación física es también, en la Pasión de Jesús, palabra divina a la naturaleza que le oculta su compasión, al hombre que vuelve el rostro, al que no ve ni quiere ver.

Es la ausencia de “sed de Dios” en nosotros reclamándonos en Aquel que la padece por nosotros, que muere en nuestro lugar. Es también la sed de los que claman por justicia, por dignidad, por solidaridad, por compasión. -Desde la cruz, Jesús nos reclama que obremos con justicia al compartir, con fraternidad al servir, con misericordia al perdonar. Desde la cruz, también nos enseña que es rico quien tiene amor para dar y generosidad para la renuncia de lo superfluo; pero también de lo conveniente y hasta de lo necesario por el amor de Dios, por la sed de Dios.

SEÑOR, QUE NUNCA DEJE DE ESTAR SEDIENTO DE TI; QUE NUNCA DEJE DE SACIAR LA SED DE MIS HERMANOS.

SEXTA PALABRA: “Está cumplido” (Jn 19-30)

En la cruz se consuma el diálogo del Huerto de los olivos. Allí dialoga Jesús con el Padre, diálogo bañado en la agonía de la “hora” que se aproxima, de la “hora” de las “tinieblas”, de la “hora” que, finalmente, ya ha llegado. Dialogan las dos naturalezas de Jesús: la humana implora “si es posible aparta de mí este cáliz”, la divina acepta “pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. ¡Qué perfecto modelo de oración! Jesús, el Buen Pastor, va siempre delante del rebaño; siempre nos enseña, nos muestra el camino. No evade la prueba, no calcula riesgos, siempre lo guía el amor. Amor del que es “primicia”, el fruto escogido, el “hijo predilecto”. “Está cumplido”, consumada la obra del sacrificio, de la entrega, de la Redención, …del Amor. Ante la escena que nos dibujan los evangelistas sobre la muerte de Jesús y oyendo vibrar sus palabras en mi corazón, me pregunto: ¿Sé orar, sé dialogar con Dios, …con mis hermanos? O prefiero imponer mis criterios, mis gustos, mis caprichos, … ¿Cuál es el asunto de mi oración, de mi “diálogo” con Dios, con mis semejantes? “

SEÑOR: QUE EN MIS OCUPACIONES, EN MIS PROYECTOS Y BUSQUEDAS, EN LA VIDA, EN MIS RELACIONES HUMANAS, …BUSQUE SIEMPRE QUE SE CUMPLA TU VOLUNTAD.

SEPTIMA PALABRA: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46)

“Y dicho esto, expiró” Así concluye el evangelista el relato solemne de la pasión y muerte de Jesús. A continuación y con premura nos relata lo que ocurre después de su muerte, hasta concluir con la sepultura y el silencio que cierra este capítulo del evangelio. Los relatos de la pasión constituyen los primeros escritos evangélicos, el corazón de esas piezas literarias, catequéticas, testimoniales que luego adoptarían como nombre el de su propósito: “evangelio”, “buena nueva, buena noticia”. ¿Puede ser buena noticia el relato de la muerte de un hombre? A esto respondemos que sí, porque se trata de la buena noticia de nuestra salvación; quien la escucha y cree, se salva. Se salva de sus pecados, de la condenación; se salva del odio, se salva de ser envidioso, avaricioso, mentiroso, homicida. Se salva de quedarse fuera del plan de Dios por su propia elección y maldad; porque la bondad viene sólo de Dios. -El momento de la muerte es siempre solemne y único; marca el hito entre la vida que termina y la vida que empieza, esta vez para siempre. Es solemne porque se juega todo: la vida eterna o la muerte eterna. Es solemne porque pertenece por entero a Dios, no importa por qué caminos lleguemos, siempre pertenece a Dios porque es con Dios con quien nos encontraremos. Jesús: el Justo, el amigo, el hermano, el Hijo amado del Padre será pronto EL SEÑOR; porque vendrá pronto la luz, porque resucitará de entre los muertos con su propio poder, con la fuerza del Espíritu y respondiendo a la llamada del Padre. Jesús Resucitado será entonces el Señor de la vida y de la muerte, será el Cielo prometido, será nuestra vida y nuestra resurrección; entonces también a El encomendaremos nosotros el espíritu.

SEÑOR: QUE SEPA DECIR CONTIGO, EN LAS PRUEBAS Y A LA HORA DE MI MUERTE, “PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU”. “AMEN”.

 

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