EXILIO DESMEMORIADO

Por Hugo J. Byrne

“La nación que olvida su pasado, carece de futuro”

Winston Spencer Churchill.

En uno de sus muy pocos momentos de frustración, el incansable Martí afirmó que “nuestro vino era agrio, pero era nuestro vino”. Con esa metáfora sombría el forjador de nuestra nación estaba refiriéndose a una tangible debilidad colectiva. ¿Cuál? Todas las culturas tiene características negativas y la nuestra no es excepción de la regla. ¿Cómo se manifiesta el peor defecto cubano? ¿Acaso no existe una profunda e irritante veta frívola en nuestro carácter nacional? Es lo que genéricamente llamamos “delirio de grandeza”, que se manifiesta individualmente de varias maneras.

Cuando Cuba existía y su cultura era una realidad incontrastable, también manifestábamos nuestra capacidad para burlarnos de esa debilidad, pues otra de nuestras características (y esa muy positiva) era nuestra capacidad para reirnos de todo lo humano y lo divino. Recuerdo un personaje de una tira cómica de Cuba, la que como en el caso de “Pancho Vivo”, “el Hombre Siniestro”, etc., representaba esa indiscutible veta pretenciosa de los cubanos: “Fiquito Figurao”.

Detesto las generalizaciones, pero es indudable que ciertas tendencias, gustos y aficiones colectivas pueden ser más comunes que otras, dependiendo de la cultura en que se desarrollen. “El delirio de grandeza” era una bien acusada característica de muchos cubanos.

Ella degeneró en odiosa envidia al arribo del sistema totalitario. ¿Quién no recuerda la satisfacción de muchos al comentar con alegría el despojo de propiedades y negocios a sus legítimos propietarios por el régimen castrista? “No suframos por aquellos que siempre lo tuvieron todo, mientras que el pueblo carecía de tantas cosas.” ¿Quién no recuerda oír esa distorsionada e injusta expresión de envidia, allá por los años 60 o 61?

Otra característica de nuestra sociedad es el olvido. Por supuesto, no me refiero a las distracciones y aún menos al olvido patológico que anuncia la demencia final, pues ese tipo de olvido afecta a individuos de cualquier cultura, sociedad o grupo y nada tiene que ver con el carácter de la sociedad del afectado.

El conocido periodista italiano Aldo Baroni vivió en Cuba por algún tiempo, coincidiendo con la llamada “revolución del 30” y fue testigo del derrocamiento del gobierno del presidente Gerardo Machado el 12 de agosto de 1933. Posteriormente Baroni publicó un documento sobre sus experiencias cubanas cuando residía en Méjico, al que sugestivamente tituló “Cuba, país de poca memoria”.

Siempre me he sentido orgulloso de los medios del exilio cubano que publican mis comentarios semanales. No necesariamente porque sean míos, sino por lo que ello representa en términos de coincidencia con muy firmes convicciones patrióticas. Muchas publicaciones recordaron el 24 de febrero, fecha del inicio de la última guerra por nuestra independencia, aunque no todas.

Entre las primeras, se destacó una crónica muy completa y bien escrita por mi amigo Demetrio Pérez Jr. en el semanario Libre, del que Demetrio es Editor y Director. Esa efeméride tiene un valor histórico incalculable porque a partir de esa fecha la insurrección cubana puso en práctica la estrategia que resultara adecuada a la conquista de nuestra independencia.

Es un signo muy negativo para el posible futuro de Cuba en libertad que una fecha como esa pasara inadvertida para tantos exiliados quienes ya sea por casualidad u olvido la recordaron solo por el asesinato de cuatro mártires del destierro sobre las aguas del Canal de la Florida en 1996.

Ese acto criminal de los hermanos Castro, ocurrido y tolerado durante la presidencia de Clinton siempre debe recordarse no solamente porque continúa impune, sino por ser un clásico ejemplo del doblez de Washington ante la agresión castrista, empezando en 1959. La gran tragedia nacional entre el Grito de Baire, el 24 de febrero de 1895 y la derrota final de la colonia en 1898, no le costó a Cuba solo cuatro vidas inocentes, sino entre 250,000 y 400,000, de acuerdo a serios estimados. Gracias al Tratado de París, del que los cubanos de entonces fueron excluidos, los culpables de semejante genocidio pudieran regresar libres e impunes a su madriguera, de la cual nunca debieron salir.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image