ADIOS A TRES HERMANOS DEL EXILIO

Por Hugo J. Byrne

Hace ya muchos años conocí a un fotógrafo gráfico y comentarista de actualidad en el semanario “20 de Mayo” de California y, para ser más exacto en la oficina particular de su Editor y Director, el inolvidable Abel Pérez. En ese mismo lugar Abel me había invitado a contribuir con una columna semanal al “20 de Mayo”. El nuevo amigo, porque amigo fue, demostrándolo siempre con su conducta, se llamaba José Luis Fernández.

Aunque fui Editor Político de otro desaparecido semanario llamado “La Prensa de Los Ángeles” a finales de la década de los sesenta, las obligaciones de mi trabajo y el cambiar de domicilio a una dirección más lejana, redujeron mi capacidad para escribir periódicamente a partir de 1970. Había continuado haciéndolo de forma esporádica y mis ensayos en inglés eran publicados a veces en diarios del área de mi residencia de aquel entonces, como el “Orange County Register”. Después, aunque me retiré oficialmente de mi profesión en 1998 y teóricamente disponía de más tiempo para escribir, la resolución de otros asuntos de índole muy personal me embargaba por completo.

Irónicamente mi amistad con Fernández empezó alrededor de una diferencia entre ambos que pudo ser muy seria y al final tuvo caracteres de comedia. Fernández era muy susceptible y sensitivo: un buen día leí un artículo suyo en “20 de Mayo” acusándome de alimentar una actitud prejuiciosa contra los gallegos. Afirmaba que yo sabía que sus padres eran oriundos de Galicia y que había escrito un artículo difamatorio a los gallegos para molestarlo a él. Agregaba que mi ancestro era “inglés” y que por esa razón sentía prejuicio hacia los españoles en general y por los gallegos en particular. Uniendo la acción a la palabra José Luis emplazó a Abel Pérez y le dijo que tenía que escoger entre sus colaboraciones y las mías. Abel, quien a pesar de su personalidad jovial no tenía mucha paciencia, le dijo que se fuera.

Confieso que en esa época yo también era de todo menos paciente. Sin embargo me dolió que Fernández perdiera su columna en “20 de Mayo” a causa de un simple malentendido. Le escribí diciéndole que mi artículo era sobre Franco, personaje quien nunca ha sido ni será santo de mi devoción, por cubanísimas razones y no contra de los gallegos. Sacando paciencia de donde no había mucha, le expliqué que mi apellido es irlandés, no inglés y que el apellido de mi madre era Santizo, indudablemente gallego. Todos tenemos cuatro abuelos, ocho bisabuelos y diez y seis tatarabuelos y en conclusión el apellido de un tatarabuelo representa solo un dieciséis del ancestro. Mi amigo José Platas me confirmó años después que Santizo es el nombre de una población importante de Galicia.

Le informé que en realidad la única ascendencia prestigiosa para mí es la cubana y que el resto me importaba un pirulí. Finalmente le dije que deploraba la pérdida de su columna en “20 de Mayo”, pero que si persistía en ofenderse yo estaba en total disposición de encararlo donde quisiera.

Algún tiempo después me contestó diciéndome que yo era el único que había considerado la pérdida de su columna como una injusticia y reconocía que todo se originaba en una ofuscación de su parte. ¿Cómo sé que fue mi amigo? Simplemente porque a partir de esa ridícula situación nos identificamos por completo y siempre fue muy generoso tanto conmigo como con mi producción literaria. Solía decir a todos y en especial a su hija, que leyeran mi columna cada semana. ¿Qué más puede esperarse de un verdadero amigo?

José Luis me llamaba regularmente y comentábamos la actualidad, arreglando el mundo en menos de diez minutos de conversación. Esas llamadas se hicieron menos frecuentes con el paso de los años hasta cesar. La última vez que lo vi fue en el sepelio del cronista deportivo Ángel Torres y casi no me reconoció. Supe después que no estaba bien de salud a través de otro amigo, el Doctor Ricardo Calvo, brillante cubano exiliado radicado en Austin, Texas. A través de los buenos oficios de José Luis conocí al Dr. Calvo y tuve el honor de participar junto a él en una conferencia sobre temas cubanos en USC. Fue por el Dr. Calvo que me enteré del deceso de mi amigo Fernández. Mis relaciones de amistad con el polifacético Doctor Calvo, quien ostenta un PHD en Ingeniería Mecánica, recientemente se retiró de la práctica de un Doctorado en Ortopedia infantil, es un experto en asuntos económicos y bancarios, tiene un conocimiento enciclopédico de la historia de Cuba y desde entonces es fuente de erudita información para un servidor de los lectores.

Un día hace ya unos seis u ocho años, Fernández me invitó a un desayuno para presentarme a una pareja de amigos con quienes mi esposa y yo podríamos tener mucho en común. Se trataba del Dr. Manuel Coto y su esposa Norma. Oriundo de Guanabacoa y graduado de la Universidad de La Habana, el Dr. Coto se había especializado en Urología.

Anfitrión genial y criollo por antonomasia, Manolo Coto y un servidor hicimos conexión inmediata. Exactamente lo mismo ocurrió entre su gentilísima esposa Norma y Migdalia, ambas maestras retiradas. La conversación de Coto era como un torrente interminable, matizado con anécdotas reales que nunca aburrían.

Manolo solo dejaba de hablar cuando cantaba. La música, más que un entretenimiento era para Manolo una pasión. Interpretaba canciones y boleros populares de nuestra generación cubana como un profesional. Conocía a los autores y a todo lo relacionado con las vidas de ellos y los orígenes de esa música. En suma, un musicólogo devenido en intérprete, ¿o quizás lo contrario? También poseía un gran sentido del ritmo y era gran bailador, provocando la envidia de quienes como yo tenemos dos pies izquierdos. Nunca olvidaré la feliz ocasión en que Migdalia y yo fuimos huéspedes de su hogar de Orlando Florida, en noviembre de 2016 y aún menos la extraordinaria cena que disfrutamos en su compañía y la de esos otros dos buenos amigos, el Dr. Bertie Bustamante y su bella esposa.

Los detalles de la vida profesional de Manolo Coto fueron descritos en una elegía publicada a raíz de su deceso por el “Orlando Sun Sentinel”, del 18 de enero, que me enviara uno de sus hijos, Juan Carlos Coto. He decidido publicarlos como agregado, para hacer de este ensayo una expresión totalmente personal.

He dejado para el final lo que quizás pertenezca al principio. Durante la parte más ingrata de mi vida en el destierro conocí a Idilio González, quien había sido copropietario de una planta de ensamblaje de gabinetes metálicos en La Habana. Idilio es un dibujante técnico y un consumado caricaturista.

Recién había pasado por la trágica, extemporánea pérdida de mi primera esposa a los tiernos 26 años de edad, madre de mis dos hijas mayores y estaba de vuelta de la frustración de mi breve servicio militar en Fort Jackson, cuando encontré trabajo en “Quality Extruders”, subsidiaria de “Tucker Aluminum”. En la Tucker, una planta de fabricación de láminas de aluminio, trabajaban varios cubanos del exilio, entre ellos Ileana Álvarez, (q. e. p. d.), hermana de mi amigo de la primera infancia Santiago Álvarez, muy conocido por su lucha desde aquí sin pedir ni dar cuartel a los esbirros del castrato.

Allí conocí a Idilio González, quien me preguntó si me interesaría trabajar en Los Ángeles. Desde entonces nació una amistad que ha durado toda la vida.

Efectivamente, mi primer empleo en California fue a través de mi amistad con Idilio. El negocio se llamaba Inland Steel Products Company, subsidiaria del entonces poderoso Conglomerado de Inland Steel. Poco tiempo después coincidimos en Bechtel Power Corp, donde trabajé por dieciséis años. Idilio trabajó para Bechtel hasta su retiro. Su esposa, Aurora González, compañera de toda su vida, madre de sus dos hijos y persona de raras virtudes, murió recientemente al final de una cruel enfermedad.

Aurora era una de esos tres cubanos del destierro a quienes dedico esta breve elegía por haber representado algo de lo mejor entre nuestra muy maltratada generación cubana. Hasta pronto hermanos. Descansen en paz.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image