MANGOS DE BARAGUÁ

Por Hugo J. Byrne

Además de instruirnos sobre el pasado, la historia es el único medio de identificarnos con él. La vida es un sinnúmero de acontecimientos que nos transporta por un sendero desconocido hasta el final. Lo que hagamos con ese tiempo limitado que nos asigna la Providencia, distingue a individuos famosos (o notorios), del merecidamente ignorado resto. Todos nos vamos en secuencia rápida. Aún así, nadie muere totalmente mientras sea recordado por las generaciones venideras. Ejemplo: Antonio Maceo.

El Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales, cuyo sacrificio por la independencia de Cuba se conmemora mañana, es un ejemplo muy claro de lo que afirmo en el párrafo anterior. Dos fechas se destacan en la vida de Maceo, las que con claridad meridiana describen su contribución a la posteridad.

Esas dos fechas son el quince de marzo de 1878 y el siete de diciembre de 1896. Sin lo que ocurriera en esas dos fechas tan estrechamente relacionadas, Maceo no ocuparía la posición cimera que se ganara en la historia. La primera es la llamada “protesta de Baraguá”. La segunda, su muerte heroica en Punta Brava. De esas dos ocasiones, sólo la primera tuvo numerosos testigos y sólo la primera lo distingue singularmente como un patriota cubano irreductible, cuya voluntad emancipadora no podía diluirse ni torcerse.

En el poblado de “Mangos de Baraguá” cercano a Santiago de Cuba, el Capitán General de la Colonia Española, Arsenio Martínez Campos, había concertado una reunión con el general insurrecto Antonio Maceo Grajales. El caudillo oriental reusaba rendir su tropa, acogiéndose al llamado “Pacto del Zanjón”.

El resto de los altos oficiales de la insurrección cubana, incluido el General Máximo Gómez, ya le había dado la bienvenida a esa tregua, aceptando la oferta de la colonia desde febrero de 1878. Aunque sospechando que las promesas peninsulares nunca se cumplirían a cabalidad, tanto los jefes como la tropa cubana aceptaban que la cruel realidad les era adversa por el momento. Los regionalismos, rémora que desde el un principio dañó las legítimas aspiraciones a la creación de nuestra nacionalidad, en combinación con los eternos conflictos de personalidades y las dificultades de aprovisionamiento bélico a un territorio insular, habían sofocado de momento el heroico esfuerzo redentor.

Martínez Campos era un soldado de extraordinarias habilidades, a cuyos atributos castrenses agregaba una gran capacidad de persuasión. Militar-político en el mejor sentido de la expresión, Martínez Campos comandaba considerable influencia y era muy popular en las Cortes de Madrid.

La medida de esa influencia, se reflejó en un infundio que lo situaba al frente de las fuerzas coloniales durante la campal batalla de “Las Guásimas de Machado” en Camagüey, en marzo de 1874. En esa acción fue donde las fuerzas españolas sufrieran su más dura derrota de esa guerra. La colonia sufrió unas mil bajas, incluidos casi trescientos muertos e incontables otras pérdidas. De haber sido cierta la conjetura y de haber sido hecho prisionero Martínez Campos, no hubiera podido descartarse un fin de las hostilidades favorable a la causa cubana.

Esa batalla, la más importante de la guerra del 68 y la mayor de las dos guerras por la independencia de Cuba al considerar el número de tropas involucradas, se extendió por más de cuatro días. La batalla fue librada en terreno llano, de escasa maleza. La decisiva victoria insurrecta en esa acción precipitó un cambio conservador y erróneo en la estrategia militar colonial, de consecuencias nefastas para Madrid en la insurrección final de 1895, diez y siete años después.

El General Maceo, a contrapelo de la imaginación popular que lo situaba siempre clavado sobre la silla, atacando al “degüello” y con el “Collins” en la diestra, dirigió con brillantez la infantería cubana en el encuentro de Las Guásimas, diezmando al enemigo acorralado. Casi todo lo que valía y brillaba entre la tropa insurrecta de las dos guerras estaba allí: el General Máximo Gómez, estratega de esa emboscada, los Generales Julio y Manuel Sanguily, el General Vicente García, etc. Con esa victoria espectacular, Gómez vengaba la muerte de quien había sustituido al frente de la tropa camagüeyana, Ignacio Agramonte y Loynaz. El legendario guerrero-estadista camagüeyano había caído víctima de una emboscada peninsular en el potrero de Jimaguayú el año anterior.

Convencido de que la sublevación del 68 estaba en sus últimos estertores, Martínez Campos fue sorprendido en Baraguá ante la voluntad irrefrenable de Maceo y ante la acerada e inexpugnable lógica de su argumento: ninguno de los objetivos cubanos fundamentales de la guerra era reconocido por el “Zanjón”. No se ofrecía independencia a Cuba, ni fin a la esclavitud. Frustrado, Martínez Campos concedió: “Entonces… no nos entendemos”. A lo que Maceo inmediatamente ripostó: “Es cierto, General, no nos entendemos”.

Cuando en verdad se observan ciertos excelsos modelos éticos, ningún ejemplo puede mejorar al que legara a los cubanos Antonio Maceo en Mangos de Baraguá. Desde ese lugar, emprendió después la ofensiva cubana que condujera eventualmente a nuestra independencia.

Los cubanos íntegros que aún queden, pueden y deben ser influenciados por ese ejemplo. Para el General de Ópera Buffa que detenta el poder en lo que fuera la República de Cuba y quien debe su posición política y rango militar al nepotismo. Para el “Hermanísimo”, quien nunca hizo fuego contra alguien que no estuviera amarrado a un árbol o una estaca. Para el usurpador de un poder que debía residir solo en la gente, debíamos cantar a coro: Hijo de Lina con quién sabe quien, ¡no nos entendemos!

 

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