TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

“Alegrémonos con la llegada del Mesías”

17 de diciembre de 2017

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

La alegría nos da el tono de este domingo en el que san Pablo nos exhorta a alegrarnos en el Señor, a alegrarnos en el Espíritu dando gracias y perseverando en la oración. Siempre el tercer domingo de Adviento (así como el tercero de Cuaresma) nos convoca en espíritu de gozo, de júbilo por la cercanía del Salvador; en ambos tiempos litúrgicos con propósitos semejantes en cuanto a la mitigación del espíritu penitencial, resaltando el gozo que la vivencia profunda del misterio de Cristo produce en las almas de los fieles.

Hoy nos acercamos con el Profeta (Isaías 61, 1-2ª . 10-11) a Jesús, el “ungido” por excelencia, al día en que, en Nazaret, se aplicará a sí mismo esta profecía. -En el evangelio Jesús es anunciado como Aquel que viene y cuya manifestación es inminente (Juan 1, 6-8 . 19-28). -Cristo nunca ha acabado de venir entre su primera y segunda venida. Por esto nos exhorta san Pablo a vivir en una gozosa esperanza, manteniendo una atención vigilante a todo aquello que Dios espera de nosotros (I Tes. 5, 16-24).

Si queremos centrar hoy la atención en una señal específica que resuma el mensaje de las tres lecturas, tan diversas y complementarias a la vez, ésta será sin dudas “la Luz”. -Jesús es la “Luz del mundo”, quien lo sigue no camina en tinieblas y el “testigo de esa luz” que no brilla con luz propia sino con la adquirida del foco magnífico que es el “Cristo”, brilla tanto que de momento es confundido con Aquel a quien le prepara el camino. Oigamos a san Agustín (Hipona 354-430), quien nos invita a meditar en el tema:

“¿Cómo vino Cristo? Apareció como hombre. Porque era hombre hasta el punto que Dios estaba escondido en él, un hombre notable fue enviado delante de él para hacer que los hombres reconocieran que Cristo era más que un hombre. ¿Quién era el que debía dar testimonio de la Luz? Juan era un hombre de un gran mérito, de una gracia eminente, de una gran elevación. Admírale, pero como se admira un monte: el monte queda en tinieblas mientras no viene la luz a envolverle: Este hombre no era la Luz. No confundas el monte con la luz; no choques contra él en lugar de encontrar en él una ayuda.

Si esta luz es la luz verdadera que ilumina a todo hombre, entonces ilumina también a Juan, a través de quien quería ser manifestado. Viene para iluminar las inteligencias enfermas, para los corazones heridos, para las almas de ojos enfermos, para la gente incapaz de verle directamente. Cubrió a Juan con sus rayos. Proclamando que él mismo había sido iluminado, Juan dio a conocer a aquel que ilumina, a aquel que alumbra, a aquel que es la fuente de todo don.”

 

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