EL PAÍS MINADO POR UNA BOMBA

Cosme Beccar Varela

correo@labotellaalmar.com

Supongamos que una línea aérea recibe un mensaje anónimo de que en el avión tal o cual, que sale tal día a tal hora, un pasajero, conocido por su militancia de izquierda, llevará una bomba. La gerencia resuelve no tomar en serio la amenaza y mantiene el plan de viajar con ese avión, aunque le avisa al capitán y a la tripulación, que controlen los equipajes.

Llega el momento y se acerca a la puerta de embarque un pasajero acompañado de unos diez individuos con carteles contra el imperialismo y la tiranía de las clases dominantes. Los encargados de la puerta de entrada al avión revisan muy especialmente el equipaje del individuo, pero no encuentran anda sospechoso. El futuro viajero saluda con el puño izquierdo cerrado a sus acompañantes y se dirige hacia el avión.

El modesto empleado a cargo de la seguridad del vuelo, observa estupefacto la incuria de los demás empleados y resuelve cortar el paso al personaje. Éste empieza a reclamar en voz alto: "Tengo derecho a viajar. Ud. me discrimina porque tengo color de pueblo." El pobre vigilador -tan de pueblo como el pretendiente al ingreso- le explica que hay una amenaza de bomba y que además de su equipaje de mano es necesario se saque de la bodega su equipaje no acompañado y que debe esperar a que eso se haga. El otro se indigna y empieza a protestar en voz alta. La tripulación avisa al capitán, éste sale y mira la escena. El resto del pasaje, asisten con indiferencia a la escena. No toman partido pero empiezan a molestarse por la demora y comentan entre ellos que el vigilador está exagerando las precauciones. Pero éste no ceja y espera órdenes del capitán que, sin embargo, aprovechando un momento de desconcierto, se vuelve a la cabina y se encierra allí dentro.

El reclamante en vista de que el custodio no ceja, les ordena a sus acompañantes que lo sujeten. El pobre hombre, viéndose rodeado de esa pequeña turba y notando que dos o tres de ellos tienen cuchillos en las manos, saca su arma y les apunta. Los otros lo atacan y él dispara matando a uno e hiriendo a otros dos. Inmediatamente sale el capitán de la cabina y ordena a la Policía del Aeropuerto que desarmen y detengan al vigilador. Así se hace, mientras una ambulancia se lleva al muerto y a los heridos, acompañados por el Comisario de a bordo que les pide disculpas y manda condolencias a la familia del muerto. Por el último, el capitán le pide disculpas al pasajero sospechoso, asegurándole que en su avión no se discrimina a los pasajeros y lo invita a embarcarse sin más tardanza. El resto de los pasajeros condenan la intransigencia y la violencia del vigilador detenido que es llevado preso con esposas en las muñecas.

El avión despega y dos horas después explota la bomba y el avión desaparece en las aguas del Oceano Atlántico.

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Esta es una parábola que muertra en forma bastante aproximada lo que está pasando en la argentina del 2017.

Poco a poco el país se va hundiendo en el caos social y político. El proceso es gradual para no alarmar al "buen burgués" pero cada una de sus etapas lo va tornando más irreversible porque implica una modificación de la opinión pública en el sentido deseado por los autores de la tragedia cuyo objetivo es instalación de un Estado neo-comunista, o sea, el equivalente de la explosión del avión.

El país está amenazado por una crisis económica y un desorden social generalizado. Sin embargo, el equivalente del capitán del avión es un Presidente inmoral e incompetente, sin amor a la Justicia, sin autoridad, sin la inteligencia de un estadista, manejado por un asesor extranjero rentado cuya especialidad es "ganar elecciones", según su propia confesión, y no servir al bien común de un país que no es el suyo; que ha delegado su poder en un jefe de gabinete oportunista y sin seriedad y en 21 ministros más un centenar de Secretarios de Estado. Es decir, un Presidente sin autoridad moral ni intelectual que no se atreve a servir la Justicia, por temor a los injustos que la ofenden.

Todos ellos pertenecen a un "partido" de "rejuntados" ("cambiemos") inescrupulosos y de poca monta, sin ideales y sin otro objetivo que durar y gozar de las prebendas del gobierno.

Hay una "intelligentzia" de agnósticos, que odian la tradiciones argentinas y pretenden abatir la organización nacional basada en el Derecho y substituirla por ese Estado neo-comunista en el que la moral cristiana será abolida y en el que quedarán anuladas todas las libertades legítimas y toda posibilidad de defenderlas ante un tribunal equitativo y eficiente. Es una minoría, pero poderosa porque dispone de los medios de comunicación masiva y de grandes cantidades de plata. Sus integrantes quieren un Estado neo-comunista pero viven como príncipes y con eso atraen a muchos jóvenes ambiciosos y sin principios a los que van "formando" a su imagen y semejanza. Esa minoría es la dueña del éxito y a cambio de éste, la gran mayoría de los jóvenes capaces adoptan sus ideas y sus objetivos políticos.

Mientras aparentan ser gente civilizada e inofensiva, los más encumbrados organizan una banda de agitadores violentos, capaces de llegar hasta el asesinato, para crear caos social con cualquier pretexto. Usurpan las calles, rutas, tierras, empresas en dificultades, amenazan, rompen y protestan, anulando la paz pública. Son tantos y tan violentos, que sólo pueden y deben ser contenidos por las FFAA y las FFSS, si es que quiere mantenerse el orden indispensable para asegurar los derechos de propiedad, de transitar y de trabajar. Pero cada vez que esas Fuerzas intervienen para reprimir a aquellos delincuentes, ellos mismos matan a uno de su banda o de tal manera amenazan a la fuerza pública, que ésta se defiende y termina habiendo un muerto.

Con ese muerto en mano, la comparsa de la prensa arma un "tolle, tolle" contra los soldados y policías que han cumplido con su deber, sin que sus jefes los defiendan con la energía debida. La consecuencia es que las cabezas de la "intelligentzia" dominan con sus mentiras a la opinión pública, los agitadores tienen mayor audacia y mayor libertad de acción y los encargados de mantener el orden están cada vez más desalentados.

El caso actual de los supuestos "mapuches" es típico. Tiroteando a los soldados de la Prefectura que tenían orden de desalojarlo a él y su banda de unos terrenos de Villa Mascardi, Bariloche, terrenos boscosos y empinados muy aptos para ocultarse y resistir armados, uno de los jefes de los invasores, Rafael Nahuel, fue muerto. Con descaro indescriptible, el "referente social del Papa" Juan Grabois, declaró ayer: "Rafael Nahuel no era un terrorista, no tenía 27 años ni usaba armas. Tenía 22, era carpintero y participaba del Colectivo Al Margen (CTEP Bariloche).Lo mataron por la espalda. ¡Exigimos justicia y diálogo urgente!" ("Clarín", 27/11/2017, pag. 10). ¿Cómo puede "saber" (o mentir sobre) todo eso el tal Grabolis si no es parte de la agresión? Este Grabois es de la "intelligenzia" directiva del caos social, al igual que el Papa que lo nombró miembro de su consejo asesor para cuestiones sociales y a quien visita con frecuencia en Roma. Este aval vaticano es una poderosa palanca subversiva aplicada en contra de nuestro país.

Además de eso, según informa "La Nación" del 27/11 (pag. 12) el Juez Villanueva, que ordenó el desalojo, resolvió desarmar a los valientes soldados de Prefectura para someterlos a una investigación (¿?), realizar una inspección ocular en el lugar de los hechos ¡¡acompañado por el Obispo de Bariloche Mons. Juan José Chaparro!! (¿en este caso no vale la vieja idea liberal de la separación del Iglesia y del Estado?) y ceder por cuatro días el terreno usurpado a los grupos de izquierda responsables de la tragedia para hacer "duelo" por el delincuente muerto (ibidem). La noticia que acabo de citar de "La Nación" informa que el grupo subversivo enfrentó a los soldados con poderosas armas de guerra de tal calibre que "arrancaron ramas gruesa de cuajo". Es decir, había un riesgo grave para esos soldados si no se defendían.

Sin embargo, el asunto está siendo tratado como si fuera un accidente lamentable; la ex-terrorista Bullrich, actual ministro de Seguridad, mandó por televisión "sus condolencias" a la familia del guerrillero muerto pero no mandó sus felicitaciones a los soldados por su coraje. Y el intendente de Bariloche, obviamente también astilla del mismo palo que los agresores, dijo: "Lamentamos profundamente la muerte de un vecino de nuestra ciudad..." ("La Nación" 27/11/2017, pag. 13) ¡como si Nahuel hubiera sido baleado mientras tomaba mate en la puerta de su casa de Bariloche y no en medio de un bosque usurpado y tendiendo una emboscada a los soldados legítimos!

Esto va cada vez peor. Los 44 tripulantes del submarino "San Juan" murieron en cumplimiento de su deber, mal enviados por las autoridades, pero la izquierda no dice nada. El famoso Maldonado murió porque estaba huyendo de la ley que había violado al cortar una ruta nacional junto con los supuestos "mapuches", que usurpan una estancia del Sur. Y aunque se probó que su muerte fue causada por él mismo, la izquierda sigue negando los hechos comprobados como tales y "exigiendo justicia". ¡Si se hiciera, todos ellos deberían estar presos!

Como vemos, la parábola del comienzo de este artículo refleja con bastante fidelidad la situación del país, mal gobernado y con una amenaza de bomba, cada vez más cerca de explotar, mientras los indiferentes suicidas que aquí habitan no quieren darse cuenta de la realidad.

 

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