PAREDÓN

Por Hugo J. Byrne

(A la memoria de los estudiantes fusilados en 1871)

La Carcajada

(1896)

Aquella mujer malvada,

cuando un patriota caía

con la frente ensangrentada,

lanzaba una carcajada

frenética de alegría.

¡Ay! Los que aquella mujer

miraba con tal placer

sucumbir de esa manera,

cumplían con un deber

muriendo por su bandera.

Y aquella mujer malvada,

aquella mujer impía,

lanzaba una carcajada

cuando un patriota caía

con la frente ensangrentada…

Bonifacio Byrne

Algunos lectores jóvenes quizás no imaginan el verdadero significado de ese grito asesino, cantado a coro por muchos cobardes. A no dudarlo, tampoco los cubanos expatriados recientemente. Especialmente los más jóvenes entre ellos. Mi generación, muy desgraciadamente se familiarizó con esa macabra, sangrienta demanda.

Curioseando de niño, visité sin ser invitado un Centro de Veteranos en Matanzas. Mi edad entonces era pocos meses menos de diez años, pero nunca he olvidado lo que oí en ese lugar, aunque supe mucho después que no podía ser cierto. Dos de los más viejos veteranos celebraban las ejecuciones de la “guerra a muerte”. Por supuesto la llamada “guerra a muerte”, duró unos pocos meses del llamado “Año terrible” (1871), en nuestra primera guerra de independencia (1868-1878). Aquellos ancianos contaban que en su partida libertadora, el mismo soldado insurrecto siempre se brindaba para ejecutar a los prisioneros españoles y que evidentemente gozaba haciéndolo.

Primero tenemos que hacer alguna historia sobre el tema. La llamada “Guerra a muerte” (ejecutar prisioneros) ocurrió solamente en 1871 y empezó con un edicto del Capitán General de la Colonia en Cuba, el rotundo y brutal Conde de Balmaseda. De más está aclarar que los veteranos que vi en ese “Centro”, tenían que serlo de 1895, pues esa experiencia mía data de fines de 1944. Usando simple aritmética y sentido común, tendrían que haber sido nonagenarios o centenarios para haber combatido en 1871. Aunque ancianos, ninguno de ellos probablemente pasaba de 70.

El gordo criminal Balmaseda dictaminó que a partir de cierta fecha todo insurrecto apresado por las fuerzas españolas sería pasado por las armas. Agramonte, quien no creía en paños tibios, respondió con la misma moneda. Los insurrectos sin embargo no contaban con suficientes municiones para dedicarlas a ceremonias de ajusticiamiento. El escaso parque estaba destinado exclusivamente al combate. En consecuencia los españoles prisioneros eran despachados a machetazos. Encontrar los restos despedazados de sus compañeros de armas en la manigua no ayudaba un ápice a mantener la moral de las huestes coloniales. El Capitán General en consecuencia, dio pronta contraorden. De ese incidente histórico emana la infame calumnia colonial que presenta al jefe insurrecto, doctor en leyes y ponente de la constitución de Guaimaro, como a un salvaje sediento de sangre.

Habiendo afirmado eso, es importante aclarar que la ejecución por fusilamiento además de ser un acto de salvajismo, en la mayoría de los casos ni siquiera acarrea una muerte rápida. Si así lo fuera, no sería necesario el llamado tiro de “gracia”. El fusilamiento es una carnicería en miniatura: intestinos, hígado, otras vísceras, cerebro con fragmentos de huesos craneales esparcidos por la tierra ensangrentada, mezclados a restos de alimentos medio digeridos y excremento. Todo apenas se cubre con un poco de polvo de madera antes de ajusticiar al próximo reo. Alrededor de la estaca domina el intenso y fétido hedor de la muerte. Incluso la distancia entre el reo y la escuadra que lo fusila es extremadamente corta para evitar posibles problemas de puntería.

También la palabra “paredón” no es esencialmente correcta, porque siempre hay una distancia considerable entre la estaca a la que está amarrado el reo y cualquier obstrucción vertical. Eso se hace para impedir que un posible rebote hiera a un miembro de la escuadra. Poseo un libro con una foto de un reo francés en 1943, a quien la escuadra alemana ha situado contra la esquina de un edificio con ese propósito.

Hay personas que disfrutan de ese espectáculo macabro. Durante la Guerra de los Diez años cuando las ejecuciones eran públicas, había en La Habana una mujer de mediana edad que no se perdía una, riéndose estrepitosamente ante los estertores de los ajusticiados, ya fueran estos fusilados o agarrotados. Se dice que ella se hizo notoria durante la ejecución de los estudiantes de medicina, el 27 de noviembre del 71. A ella le dedicó el poeta Byrne el poema que encabeza este artículo.

Lo que el público en general apenas conoce es lo que motivó todo este infame episodio que culminara en el asesinato de los ocho estudiantes inocentes y escogidos al azar. Para ello es imprescindible describir quién era el “caudillo” Don Gonzalo Castañón Escaro, la lápida de cuya tumba en el Cementerio Espada supuestamente había sido objeto de profanación, como reclamaban los llamados “voluntarios de La Habana”.

Castañón era un escritor asturiano de 35 años de edad, editor de un libelo habanero irónicamente llamado “La voz de Cuba”. Desde ese “órgano de prensa” se insultaba cotidianamente a nuestros libertadores llamándolos “bandidos” y a sus esposas e hijas llamándolas “prostitutas”. No es necesario recordar que la llamada “prensa” castrista escribió otro tanto contra los campesinos en las montañas del Escambray, en el centro de Cuba, durante su heroico alzamiento entre 1959 y 1965. Tengamos en cuenta que Castro era hijo de un soldado del carnicero Weyler con su entonces amancebada sirvienta, Lina Ruz.

Castañón era también uno de los principales caudillos de un grupo uniformado llamado “Voluntarios de La Habana”, supuestamente paramilitar y en apoyo de la Colonia, pero el que en realidad lo único que hacía era provocar a los criollos, vejar a cuantas mujeres encontraba en el camino, emborracharse y escandalizar. Castañón era Coronel de esta patulea sudorosa y maloliente.

Durante la misma época el cubano desterrado Juan Reyes, desde Cayo Hueso editaba la publicación exilada “El Republicano”. En un artículo de fondo de su periódico, Reyes contestó los insultos vejaminosos de Castañón. Este último supuestamente ofendido por la respuesta del cubano, lo retó a un duelo desde su libelo en enero de 1870.

Castañón tenía indiscutible cultura literaria y sabía que en la mayoría de los estados de Estados Unidos se había ilegalizado el duelo, empezando en 1839, 35 años después del notorio y trágico desenlace del encuentro entre Alexander Hamilton y Aaron Burr. No sé si era ilegal en la Florida por ese entonces, pero sospecho que sí.

Sea lo que fuere, Castañón navegó hasta el Cayo acompañado de otros cuatro de sus edecanes coloniales, teniendo la insolencia de hospedarse en el hotel “Russell House” de la calle Duval, justo en frente de las oficinas de Reyes. Acto seguido se personó en esa oficina, confrontando a Reyes, frotándole un ejemplar del “Republicano” en la cara y abofeteándolo. Reyes, aunque solo siete años mayor que Castañón, era un hombre de precaria salud, poco capaz de responder a una confrontación de esa índole.

Sin embargo reportó la agresión física a la policía, la que procedió al arresto de Castañón, quien pagó fianza confiado en salir de Cayo Hueso antes del primer día de mayo, fecha fijada para el juicio. Gonzalo Castañón planeaba regresar en triunfo a La Habana.

Nada sabía el asturiano sobre lo que en realidad enfrentaba. En ese entonces nadie insultaba a un cubano libre sin sufrir consecuencias: un humilde panadero, pero probado come-candela llamado Mateo Orozco, envió un reto a Castañón por carta. En él Orozco exigía retractación de todos sus insultos a Cuba, o la muerte a sus manos. Castañón contestó que aceptaba el desafío, pero evitó salir del hotel durante dos días en espera del arribo de un barco rumbo al puerto de La Habana.

En la tarde del tercer día, Orozco y dos hermanos de apellido Botella, se presentaron frente al amplio portal del “Russell House”, demandando a gritos la presencia de Castañón. Éste, quien no era cobarde y considerando que no tenía alternativa, escogió la confrontación y salió con sus edecanes. Los insultos mutuos precedieron al intercambio de fuego entre Castañón y Orozco. Orozco y los otros dos cubanos salieron ilesos del tiroteo. No así Castañón, quien disparó cinco veces, pero terminó con heridas de bala en el cuello y la ingle. Llevado a su habitación por sus segundos, el arrogante asturiano expiró minutos después.

Los hermanos Botella fueron arrestados, pero Orozco pudo esquivar a las autoridades. El juicio fue suspendido por no haber testigos presentes por parte de los acusadores y los hermanos Botella fueron puestos en libertad.

Los restos de Castañón fueron devueltos a Cuba, donde los “Voluntarios de La Habana y otros numerosos partidarios de la férula peninsular le rindieron honores apoteósicos, aunque no exactamente en las circunstancias que él esperaba.

La cuenta se la pasaron los “Voluntarios” a Cuba, asesinando a ocho inocentes un año después. El epílogo de esta historia sangrienta la conocen sobradamente los lectores y huelga repetirlo.

 

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