SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

(34º del tiempo ordinario – Nov.26/ 2017.)

Padre Joaquín Rodriguez

Mis queridos hermanos:

REINAR CON CRISTO SIGNIFICA “SERVIR CON EL” Y TAMBIEN, “SERVIRLO A EL”: EN EL POBRE, EN EL ENFERMO, EN EL HAMBRIENTO, EN EL SEDIENTO, EN EL SIN TECHO, EN EL PRESO…; en fin, en todo aquel desde quien El nos reclama practicar las “obras de misericordia”.

Hoy celebramos a Cristo, Rey del Universo; volveremos a acercarnos a este título en el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, celebración que le otorga al título de Rey un tinte muy particular y que nos invita a acercarnos al mismo despojados de todo sentimiento de triunfalismo y de poder. Su poder sólo se manifiesta en el servicio y la misericordia.

El Papa Pío XI instituyó esta solemnidad con la carta encíclica “Quas primas” el 11 de diciembre de 1925 y, después del Vaticano II, ha sido colocada el último domingo del Tiempo Ordinario como final del año litúrgico. Con ella expresamos el sentido de consumación del plan de Dios que conlleva este título: “Cristo es la cabeza de la Iglesia y el primogénito de toda la creación que, en El, ha llegado a su plenitud”.

El discurso de Jesús sobre las realidades últimas según san Mateo, termina este día con la manifestación de Cristo como supremo Pastor, Rey y Juez de todos los hombres, conforme a la profecía de Ezequiel (Ezequiel 34, 11-12 . 15-17), para realizar la definitiva separación de buenos y malos, según el criterio del trato que dieron al prójimo en esta vida (Mateo 25, 31-46). Cristo comenzó su reinado junto al Padre como verdadero Dios y hombre a partir de su Resurrección. Al final de los tiempos, incorporará a su reino a todos los justos con sus cuerpos y almas glorificados (I Corintios 15, 20-26 . 28).

Los hombres, limitados por la muerte como final de nuestro andar terreno, solemos preocuparnos por el destino final, a veces como único objetivo de nuestras vidas. A veces, también, pretendemos huir ante la realidad inexorable de nuestro destino temporal. Para Dios, el día a día es más importante; por eso el mensaje del profeta Ezequiel donde Dios asume, en el tiempo de los hombres, su rol de pastor, imagen recia y tierna a la vez y que se convierte en acusación para los negligentes y esquilmadores jefes de su Pueblo. Por eso, quienes nos identificamos como ovejas de su rebaño, lejos de amedrentarnos ante la imagen del Juicio Final, nos sentimos consolados de que al fin Dios llegue a nuestras vidas como el Buen Pastor, como el Padre amoroso y tierno que nos defiende, nos consuela y nos hace justicia.

Dios siempre nos sorprende aunque, si somos coherentes con el Evangelio, deberíamos ir bien preparados para el examen final que el Evangelista nos relata dentro de la estructura de un Juicio, donde los juzgados se sorprenden a la par: “los unos, por haber practicado el amor sin cálculo”; “los otros, por la indiferencia con que ha vivido”. – Trabajemos para que la sorpresa nos sea grata en ese encuentro final con el Juez-Misericordia y Padre, que nos amó primero.

 

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