RECUERDOS DE LA CRISIS DE OCTUBRE

Por Hugo J. Byrne,

(A la memoria de Mario Byrne (1933-2008)

¡Ídolo y mártir del cubano suelo!

¡Qué odio tan grande al español tendría

cuando subir al cielo no quería

por no hallar españoles en el cielo!

Era ser libre su constante anhelo

y por serlo luchó con energía,

sin saber que no era tiempo todavía

de que emprendiera el águila su vuelo…

¡Su fin horrible el corazón lacera!

Fue, para mengua de la hispana escoria,

tostado lentamente en una hoguera.

Su trágico suplicio fue su gloria,

y nos legó al morir de esa manera

¡su odio profundo y su sangrienta historia!

“Hatuey”, por Bonifacio Byrne

A finales de octubre de 1962 sufría la situación más triste en mi vida: el deceso de mi primera esposa a los 26, con menos de tres años de muy feliz matrimonio, víctima de una súbita, cruel y devastadora enfermedad. Sufrir ese desolador vacío y al mismo tiempo procurarlo todo para mi restante y adorada familia infantil, eran mis primeros pasos escalando una montaña abrupta e inhóspita: había que hacerlo en un país extraño hablando otro idioma, donde entonces tenía pocas relaciones de familia y ninguna amistad.

Cuando un hombre se ve forzosamente desarraigado del sitio que sus mentores le han enseñado a venerar desde la cuna, sin la certeza de un regreso honorable, todo parece fenecer. Es imperiosa la fortaleza de espíritu para perseverar, enfrentando la vida. Todos los verdaderos exiliados han encarado desafíos inenarrables y a fuerza de gran trabajo y determinación han logrado, por lo menos en este país, forjarse un lugar al sol. No me quejo: hoy le doy gracias diariamente a la Providencia. Pero entonces me parecía abrumado por todas mis adversidades.

Por eso el drama que se desarrollaba en mi alrededor en octubre de 1962, al principio no me impactó en su importancia. Desde la ventana del segundo piso donde residía, vi a mi suegro, quien vivía en el edificio contiguo hablando animadamente con un vecino. Sólo puedo recordar la primera parte de la conversación: “Washington acaba de ordenar un bloqueo naval de Cuba”.

Por ese tiempo trabajaba en un negocio subsidiario y anexo a “Tucker Aluminum”, fábrica de estructuras de aluminio. Aburridos de la monotonía del interior del edificio, los seis o siete cubanos que laborábamos allí almorzábamos en su traspatio de césped. La hierba terminaba en la barrera de un ferrocarril que pasaba dos veces al día.

El 22 de octubre del 62, día que oyera a mi suegro informando a su vecino los dramáticos acontecimientos, los comensales del “lunch” vimos pasar un tren muy diferente a los habituales. Tenía muchos más vagones, los que pasaban rebosantes de tropas y material bélico en dirección sur. Había vagones abiertos cargados de tanques, idénticos a los que había visto en las noticias enfrentando a sus contrapartidas soviéticos en el “Check Point Charley” de Berlín, en octubre de 1961.

Esa fue la ocasión cuando el apátrida Walter Ulbritch recibiera la luz verde de Moscú para erigir el muro de Berlín. En ese momento las tensiones de la “guerra Fría” entre el régimen totalitario de los soviéticos y las naciones libres de occidente encabezadas por los Estados Unidos, alcanzaron su punto más candente desde el fin de la guerra en Europa hasta la crisis de los misiles, un año después.

Durante los días de la confrontación de octubre del 62, muchos creyeron que las posibilidades de una guerra nuclear eran muy grandes. Mentiría si afirmara que yo no estaba entre ellos. Aún creía firmemente que cualquier gobierno americano aseguraría la integridad de sus fronteras y las vidas de sus ciudadanos.

Otro que compartía esa noción entonces era mi hermano mayor Mario Byrne. Para Mario, esa confrontación no podía tener otro resultado que no fuera la eliminación definitiva del régimen castrista. Otra actitud era inconcebible. El emplazamiento de misiles de alcance intermedio en Cuba nunca hubiera sucedido sin la anuencia y bienvenida de Fidel Castro. Lo que implicaba, de acuerdo a la lógica más elemental que la supresión de su régimen era un objetivo básico a la futura seguridad americana. Esa realidad fue bien evidente. Castro no se limitó a colaborar con los soviéticos, sino que en el momento más crítico de la confrontación, demandó del Kremlin un ataque nuclear contra Washington.

Mi madre, dos tías y Mario eran los únicos miembros de mi familia aún residiendo en Cuba durante la crisis de octubre. Mario y mi madre vinieron de Cuba vía Méjico a fines de los sesenta y mis dos tías llegaron aquí al principio de los setenta. Todos ellos descansan para siempre en esta tierra -hasta hoy- libre.

Al decir de la mayoría, el epílogo de esa crisis fue humillante para Castro. Para muchos otros fue muy decepcionante y me conté entre ellos. Algunos no pudieron disimular su frustración. Mario fue uno de ellos. En esa oportunidad una dama en su entorno públicamente expresó su alivio de que Cuba se hubiera librado de un holocausto nuclear.

Mi hermano fue siempre ecuánime y poco dado a exabruptos. Sin embargo esa vez dio rienda suelta a su profunda frustración sin parar mientes en el peligro que lo rodeaba: “Señora, eso es la garantía total de que sigamos siendo esclavos. Yo anhelo la guerra, aunque la primera bomba atómica me caiga aquí” (y con el dedo índice se apuntó verticalmente a la cabeza). Esa protesta pública impromptu me fue contada por otro amigo exiliado, quien también, como tantos otros, pasó. El 28 de octubre de 1962 Cuba expiró. ¿Resucitará algún día?

 

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