TRIGESIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(12 de noviembre de 2017)

Padre Joaquín Rodriguez

“La sabiduría, la prudencia, la esperanza, la inmortalidad, la amistad con Cristo”.

Queridos hermanos:

He querido comenzar enunciando todos los temas que encontramos hoy en la liturgia de la Palabra de Dios; un conjunto de virtudes y actitudes concentradas en lo que es la “clave de la acción cristiana” y “producto de un regalo, iniciativa de Dios que nos habilita para la eternidad”: La ESPERANZA que, en la enseñanza de san Pablo, “no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”; y ese “Espíritu” nos lo ha dado Dios por su Hijo. Por eso incluyo la amistad con Cristo en la lista con que comienzo mi reflexión de hoy para ustedes.

Todos caminamos hacia Cristo, pero no de la misma manera. La parábola de hoy nos llama a vivir con seriedad cada momento de nuestra vida, a buscar en cada instante el encuentro con Cristo, pues no sabemos el día ni la hora. Hace pocos días celebrábamos la Solemnidad de todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos, efemérides que nos invitaban a meditar en nuestra “vocación a la santidad y a la vida eterna”, a mirar más allá del día a día del mundo presente, transitorio y caduco; mundo sin sentido si no tenemos en cuenta nuestro verdadero destino: La Eternidad de Dios, la vida verdadera.

En vísperas de la Pasión, Jesús se inspira en las costumbres al celebrar una boda de Galilea (Mateo 25, 1-13) para instruir a sus discípulos sobre la manera de estar preparados para el final de los tiempos; la espera puede parecer larga y desanimante, la actitud de orden es la “vigilancia”. Así entra en estos últimos domingos del tiempo ordinario el tema del “fin de los tiempos”: “Fin del tiempo presente, material, mundano y frívolo” y comienzo del “tiempo de Dios”; el “tiempo de la salvación” que comienza con la llegada del “esposo”, de Cristo que, al fin, viene a salvarnos.

San Pablo nos instruye (I Tes. 4, 13-17) acerca de la suerte de los difuntos; tema que siempre preocupa a todos, creyentes o no, pero que tiene un lugar importante en el ámbito de nuestra esperanza en la vida futura, consecuencia de nuestra FE. El amor de Dios vence a la muerte, la sobrepasa y cambia la tristeza en gozo. Caminamos hacia Dios, y lo hacemos con Cristo.

Jesús es la encarnación de la Sabiduría divina; de esa Sabiduría que ha de ser buscada sin descanso, velando por ella; sabiduría que nos lleva a practicar la prudencia en nuestras vidas (Sab. 6, 13-17).

El libro de la Sabiduría fue escrito muy cerca de la aparición de Cristo o, incluso, durante su propia vida terrena. Si lo leemos con cuidado encontraremos fácilmente su cercanía al Evangelio y al lenguaje paulino. En las Sagradas Escrituras nada es casual, al final siempre es Dios quien nos escribe en ellas.

Preparémonos para el encuentro con el Señor permaneciendo vigilantes, con las lámparas de nuestra fe encendidas y alimentadas con el aceite del amor; iluminando con la luz con que brillan nuestras obras, que son las obras propias de Cristo, muestras de su amor de caridad para con nosotros: Caridad como regalo máximo de Aquel que, en la Cena de despedida nos llamó amigos; confiándonos perpetuar en su nombre y para todos, su amistad y, por ella, su amor.

 

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