EL MATANCERO AUSENTE

Rev. Martín N. Añorga

El próximo domingo 12 de noviembre volveremos a reunirnos las matanceros en el exilio para disfrutar de una tarde de evocaciones, compañerismo y añoranzas. Habrá momentos de emociones, nostalgias, recuerdos, algunos alegres, otros tristes, y sobre todo, de ratificación patriótica.

Cada matancero tiene su cuota individual de recuerdos, y esos recuerdos se reavivarán cuando nos reunamos en la tarde más matancera del año y nos saludemos con abrazos alborozados, y nos llenemos el corazón de hoy con las más lindas vivencias de ayer. Recordar este precioso pedazo de Cuba renueva las amistades, acorta las distancias geográficas y propicia un noble sentimiento de humana solidaridad.

Yo nací el 25 de junio del año 1927 en la barriada de Pueblo Nuevo en la calle Santa Rita. Era la época en que nos iluminábamos con lámparas de carburo y los tranvías eran el medio de transporte público. Recuerdo que recorrían la calzada de Tirry y terminaban su ruta doblando frente a la estación de trenes. Creo que al lado estaba una cárcel.

Mis recuerdos de muchacho matancero incluyen escenas relacionadas con los ríos. Mi abuelita paterna poseía un viejo caserón con una terraza frente al río San Juan, cerca ya de su desembocadura. Recuerdo los dos puentes que hermanaban sus orillas, el de San Luis y el Calixto García, y cerca de éste el imponente teatro Sauto, orgullo legítimo de los matanceros.

Un coterráneo amigo se lamentaba de que nunca había visitado el teatro Sauto. Yo recuerdo este teatro por su precioso edificio, inaugurado el 6 de abril de 1863, su recibidor con estatuas e imágenes de figuras clásicas, sus finas butacas y los parcos circulares, elegantes y altivos, y un detalle que no puedo ignorar es el de su telón original de madera y el espacioso escenario por el que han desfilado las más grandes figuras del arte en todas sus dimensiones.

El nombre con el que se inauguró este teatro fue el de Esteban¸ en homenaje al gobernador del territorio, Pedro Esteban Arraz. Todavía existe la carretera que lleva su nombre, en la que está enclavado el famoso estadio Palmar del Junco. Después fue designado con el apelativo de Colón, en reconocimiento al descubridor. Posteriormente se le confirió el nombre de Martí, para honrar al Apóstol de nuestras libertades; pero finalmente recibió el nombre de Sauto, en homenaje al doctor en Farmacia Ambrosio de la Concepción Sauto y Noda, gran amante de las artes, vecino del lugar y uno de los benefactores más destacados de Matanzas.

Y ya que mencionaba los ríos antes de referirme al famoso teatro Sauto, no puedo ignorar al río Yumurí, que por fabricar el valle que lleva su nombre llegaba lentamente y cansado a entregar sus aguas a la serena amplitud de la bahía. Por la ribera del Yumurí anduve, entre pescadores y humildes viviendas en mi caminata semanal a la barriada de Versalles, donde hay todavía, vibrante y activa, una iglesia presbiteriana situada en una amplia plazoleta, frente al cuartel de la llamada guardia rural.

El seminario en el que estudié está enclavado en una pequeña elevación frente al Yumurí. Recuerdo el par de cuevas que están frente al río, asentadas en la ladera de la sinuosa elevación donde está airoso el sitio recordado donde cursamos nuestra carrera pastoral, vecino del famoso colegio Irene Toland. Muy cerca se extiende el imponente valle Yumurí, con sus palmares, su armoniosa vegetación, y su famosa ermita de Monserrate que humilde y sencilla abre, desde la altura de su ubicación, los brazos a todos los visitantes.

Recuerdo el Pan de Matanzas, que visto desde la carretera que entra a la ciudad parece una bella mujer dormida al amparo del cielo. Muchas veces, al pie de la airosa montaña nos reunimos para celebrar servicios religiosos vespertinos.

Es de obligación mencionar las Cuevas de Bellamar, de fama mundial y belleza espectacular pero ya sobre este tema he escrito exhaustivos artículos, siendo así que decido referirme a la Catedral matancera, sencilla, modesta y humildemente bella. El territorio de Matanzas fue fundado el 12 de octubre de 1693 al colocarse la primera piedra de la Catedral San Carlos de Borromeo y celebrarse la primera misa por el obispo Diego Avelino de Compostela. El templo original era una mezcla de adobe y guano que poco después fue destruido por un huracán. Pasado un tiempo prudencial se inició la construcción de una nueva iglesia, concluida en el año 1735 con todas sus instalaciones disponibles en el 1750. Dañada nuevamente por otro huracán sufrió desperfectos que fueron corrigiéndose, en especial en las dos torres que hasta hoy perduran.

La Catedral se encuentra en el barrio de Matanzas, la sección de la ciudad entre los dos ríos, el San Juan y el Yumurí, a media cuadra del Parque de la Libertad y del Palacio Provincial. Carece de amplios espacios exteriores, situada en una intersección por la que transitaban todos los vehículos que llegaban por la carretera central desde La Habana, los que hoy día en su mayoría optan por el tramo de la llamada Vía Blanca, al noreste de la ciudad. El interior de la Catedral con su techo en tramos de arcos y sus artísticas pinturas, es acogedor por su serena tranquilidad y la sensación de paz que imparte. Frente a la Catedral había una cafetería llamada La Crema donde a menudo disfrutábamos de nuestras meriendas.

Cerca de la Catedral está el parque de La Libertad, en el que paseábamos habitualmente los jóvenes mientras las personas mayores se sentaban en los bancos de madera a tomar fresco, a ver a los muchachos, a dormitar una siesta o a hojear una revista o un libro. A finales del siglo XIX en el centro del parque había una fuente que años más tarde fue reemplazada por un espectacular monumento dedicado a honrar la Memoria de José Marti, y a “la dama de la libertad que rompía las cadenas”. En tiempos de la colonia el parque se llamaba Plaza de Armas, después de ser ganada la Independencia cubana el parque tuvo otros dos nombres. Lo llamaron Parque Central y después Plaza del Gobernador hasta que finalmente se le dio el nombre que hasta hoy ostenta.

Probablemente los matanceros más jóvenes no recuerden el histórico Palmar de Junco, que se halla situado en la calzada de Esteban entre las calles San Ignacio y Monserrate, en la barriada de Pueblo Nuevo. Fue allí, el 27 de diciembre del año 1874 donde se llevó a cabo el primer juego de beisbol oficial en la Isla.

Pudiéramos seguir paseando imaginativamente por nuestra bella Atenas de Cuba, “la ciudad de los puentes”; pero en otra oportunidad lo haremos. Ahora sencillamente esperamos que el próximo domingo 12 de noviembre muchos de nuestros coterráneos nos hablen de sus vivencias en la ciudad más linda de Cuba, y los que gusten del baile se deleiten con los pasos del danzón, ritmo creado por el extraordinario músico Miguel Failde y estrenado el día primero de enero del año 1879 en el Liceo de Matanzas con la pieza titulada “Las Alturas de Simpson”. Por cierto, nunca he podido averiguar quién era Simpson, cuyo nombre identifica una típica barriada matancera y se inmortaliza con el danzón inaugural de Failde. Si algún ilustre matancero lo sabe le agradecería que me lo comunicara.

Termino diciendo que aunque resido en Miami sigo viviendo en Matanzas, hermosa ciudad que se besa plácida con las olas de la bahía que lleva su nombre.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image