LA HONRADEZ

Por el Rev. Martín N. Añorga

Voy a empezar este artículo contando una experiencia personal. Yo llegué a Miami en el año 1963, y cierta mañana en la calle Flagler vi un estanquillo donde se vendía periódicos, dándome cuenta de que no había vendedor alguno, sino un simple plato donde los transeúntes depositaban el importe del periódico que adquirían. Se me ocurrió preguntarle a alguien quién era el responsable del modesto negocio que corría el riesgo de que le robaran su dinero. La respuesta –y han pasado cincuenta y cuatro años no la olvido: “Aquí nadie roba”.

Hoy me pregunto qué ha pasado con la virtud de la honradez. Vivimos abrazados de la desconfianza, sintiéndonos amenazados por la delincuencia que se ha hecho tristemente epidémica en nuestra comunidad.

La delincuencia tiene muy serias ramificaciones. Tenemos que cuidarnos de las estafas que abundan en los sistemas cibernéticos. Una señora me contaba que le habían comunicado en su correo electrónico que se había ganado un millón de dólares en un concurso. Estaba lista para contestar un cuestionario, que de contestarlo, le hubiera costado hasta el último centavo en su cuenta de banco. En el periódico he leído sobre ancianos que han sido despojados de su dinero por medio del viejo truco del boleto de lotería premiado. Tristemente no puede confiarse en personas desconocidas que nos ofrezcan beneficios a los que no hemos aspirado. Hay que sospechar de lo que es gratis o de lo que parece ser muy buena opción económica.

Hay maneras de defenderse de la amenaza de las estafas. Las damas en un restaurante no deben dejar colgadas sus bolsas del respaldo de sus sillas, en nuestros automóviles debemos mantener las ventanillas herméticamente cerradas y a la hora de estacionar nuestros vehículos debemos hacerlo teniendo en cuenta la más segura manera de retornar al mismo. Hoy día nuestros hogares se protegen con cámaras y cerraduras en las puertas garantizadas por su seguridad; pero no siempre podemos depender de equipos eléctricos. Debemos estar atentos personalmente a nuestro entorno y tener a mano alguna tarjeta en la que tengamos anotados los números telefónicos de las autoridades competentes y los servicios de emergencia.

Aparte de los peligros individuales de la delincuencia, hay que cuidarse de los que sucede a nuestro alrededor. En un banco aparece de pronto un asaltante que pone en peligro nuestra vida y sin darnos cuenta nos acercamos a un muy útil equipo llamado ATM (Automatic Teller Machine), o en español “cajero automático”, en presencia de personas que no conocemos. Nos exponemos a que nos roben la información que hemos expuesto, o a que nos asalten en cuanto nos retiremos con el dinero que hemos solicitado.

Un serio problema que nos afecta a todos tiene que ver con el uso de las tarjetas de crédito. Su uso es indispensable, pero a veces somos temerosos cuando necesitamos llenar de gasolina los tanques de nuestros vehículos. Dice un informe policiaco que en la Florida alrededor de un dieciocho por ciento de estaciones que venden combustible están afectadas, sin conocimiento de los propietarios, de una técnica que copia automáticamente nuestra tarjeta de crédito. Lo mismo sucede en ciertos negocios en los que las personas que nos atienden se alejan del sitio en el que les entregamos nuestras tarjetas para registrar el gasto en el que hemos incurrido. No quisiéramos vivir en el pánico ni atados a la creencia de que todas las personas que nos rodean o nos sirven tienen nexos con la delincuencia, pero nunca está de más andar prevenidos y alertas.

“Es desconsolador pensar cuánta gente se asombra de la honradez y cuán pocas se escandalizan por el engaño”, dijo el autor Noél Coward. Son razonables sus palabras cuando les prestamos la atención a los noticieros en la televisión. Muy raras veces he visto que se exalte un acto virtuoso, todas las noticias tienen que ver con accidentes, crímenes, robos, asaltos, peleas y ataques sexuales.

Me confesó un amigo periodista que la información que vende es la tragedia, no la virtud. Tiene razón, pero yo estimo que a veces ver una novela, o mirar un programa de noticias ha llegado a convertirse en un acto morboso.

Me decía un señor con quien entablé una conversación en un consultorio médico que la honradez no era productiva, que hoy día había que hacer trampas para ganar dinero y vivir con comodidad. Cuando le pregunté si en su vida el practicaba esa filosofía me contestó con cierto tono de protesta: “No, yo soy un hombre pobre, pero honrado”. No sé por qué hay que asociar la honestidad con la pobreza, como si todos los seres humanos que vivimos satisfactoriamente al nivel de nuestras economías fuéramos tontos o despistados. Bien decía la madre Teresa de Calcuta: “la honestidad y la transparencia te hacen vulnerable. De cualquier manera se honesto y transparente”.

Muchas personas pierden la noción de que para el delito siempre existe la posibilidad del castigo. En una revista leí hace poco la historia de un hombre que estuvo preso por diez años debido a un asalto en el que resultó herida una persona. Confesaba que no valió la pena el dinero que robó porque perdió el respeto de sus hijos, la compañía de su esposa y el acceso a un trabajo respetable, y en cuanto al producto del asalto se le diluyó en gastos legales y en el pago de multa y devoluciones. En efecto, hay en nuestro medio un desborde de la delincuencia; pero existen leyes que no soportan sus transgresores y que tarde o temprano derraman su peso sobre los delincuentes.

¿Por qué hay personas que se hunden en la torpeza del crimen? Una respuesta tiene que ver con el hecho de que el apego a las drogas es una ruptura riesgosa con las normas de la moral. Con tal de conseguir una ración de heroína una mujer se prostituye y un joven es capaz de llegar al colmo del asesinato.

Lo inaceptable es que en la mayoría de las novelas que se televisan se exalta la personalidad de traficantes, viciosos y delincuentes. Ver a un traficante de droga convertido en señor y jefe respetado por individuos serviles, lleno de lujos, codiciado por mujeres y violador inmune de las leyes es una forma de envenenar la mente de personas susceptibles ante los llamados de la tentación.

No puede negarse que vivimos en una época de violenta delincuencia; pero gracias a Dios existe todavía en una mayoría multitudinaria el respeto a las más altas normas sociales, “La honestidad es el primer capítulo en el libro de la sabiduría”, dijo Thomas Jefferson. Y en el mundo hay mucha gente sabia. Repetimos, gracias a Dios.



 

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