LOS VISIGODOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

(Siglo VI-Siglo VIII)

En el siglo VI los visigodos se establecieron en la Península Ibérica, tras la derrota del rey Alarico frente a Clodoveo, en la Galia. Inicialmente instalados en este territorio, la llegada de los francos obligó a su desplazamiento al sur de los Pirineos. Fue el inicio de un período aproximado de dos siglos en el que la población visigoda (de origen germánico) se integró con la autóctona, hispano-romana, adaptando sus leyes y costumbres al derecho que ellos mismos aportaban. Establecieron su capital en Toledo, ciudad desde la que controlaron la administración del reino.

En el momento en que los visigodos llegaron a la Península, el territorio estaba habitado por otros pueblos germánicos, que habían llegado previamente en una primera oleada migratoria. Era el caso de los suevos (establecidos en la actual Galicia), los vándalos (en el sur de la Península) y los alanos (en el centro). Los primeros fueron los únicos que, en principio, resistieron al avance visigodo, ya que los vándalos huyeron al Norte de África y los alanos, simplemente, desaparecieron.

En la historia de los visigodos en la Península Ibérica hay que distinguir dos etapas, diferenciadas por la tendencia religiosa del poder. Desde un primer momento, cuando los visigodos se convierten al Cristianismo, lo hacen bajo el credo arriano. Su característica principal era la negación de la consustancialidad de Dios y Cristo; es decir, que fueran una misma persona. De esta manera, Jesús quedaría subordinado al Padre.

La monarquía que regía el universo visigodo era electiva. El rey era elegido por un consejo, aunque existieron intentos por hacerla hereditaria. Esta circunstancia provocó numerosas luchas internas, lo que debilitó la institución. A pesar de ello, hubo monarcas muy destacados durante este período arriano, como fue el caso de Atanagildo, en cuyo reinado se produjo la invasión del sur de la Península por parte de los bizantinos de Justiniano. Pero, por encima de todos, brilló con luz propia la figura de Leovigildo. Bajo su mando, desapareció el poder suevo en Galicia, quedando la Península prácticamente unificada, a excepción de los territorios bajo poder bizantino.

Uno de los hechos más destacados del reinado de Leovigildo fue la rebelión de su hijo Hermenegildo. Convertido al Catolicismo, el príncipe visigodo se rebeló contra su padre en una lucha que tuvo tintes religiosos y políticos. Finalmente, su intentona falló, siendo apresado y ejecutado en Tarragona. Este hecho le valió la santidad para la Iglesia Católica.

Sin embargo, sería con otro hijo de Leovigildo, Recaredo, cuando el Catolicismo terminaría triunfando en el reino. Con la convocatoria del III Concilio de Toledo, el nuevo monarca abjuraba de su fe arriana y se pasaba al credo católico; con él, se convertían los miembros de la Corte, la nobleza y, por ende, el pueblo que todavía no lo había hecho con anterioridad. De esta manera comenzaba la segunda etapa en la historia de los visigodos en la Península.

En este momento aparecerán reyes muy destacados, como Suintila (con el que se terminaron expulsando a los bizantinos de la Península) o Recesvinto (redactor del Liber Iudicum, que compilaba el derecho romano y el germánico). En el año 710 subía al poder don Rodrigo, pero sería por poco tiempo. Un año después, los musulmanes del norte de África atravesaban el Estrecho de Gibraltar e invadían la Península. El rey les hizo frente en un lugar no muy determinado de la provincia de Cádiz, pero fue vencido y su rastro se perdió para siempre. Se iniciaría así una nueva etapa en la historia peninsular.

Esta época se vio marcada por una fuerte influencia de la Iglesia Católica. Destacaremos la figura de san Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías, un compendio enciclopédico del saber de la época. Por otra parte, no podemos olvidar la cultura material que nos legaron los visigodos. Lo más destacado fue su labor como orfebres. De importancia magna fueron las coronas votivas que se realizaban para los reyes, elaboradas en oro y numerosas piedras preciosas.

Dos siglos de poder visigodo en la Península nos han legado una historia de una progresiva integración con la población nativa y de una monarquía electiva muy inestable, cuyos errores favoreció la llegada de los musulmanes desde el norte de África. Un momento de transición entre la caída del Imperio Romano y la creación de Al-Andalus que nos ha legado una rica cultura y un ejemplo de adaptación para la posteridad.

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