NOSTALGIA DE MATANZAS

Por Hugo J. Byrne

Dedicado a mi ilustre amigo matancero Reverendo Martín Añorga.

“Amable paz de la nativa aldea.

voz melodiosa del paterno río,

feliz hogar en donde me sonrío,

calles en que la gente me tutea…

Jardines que en el aire balacea

las espigas cuajadas de rocío,

diáfano ambiente donde el verso mío

parece, apenas nace, que gorjea.”

Estrofas de “Mi Patria Chica”, soneto del matancero Bonifacio Byrne.

Matanzas no es solamente mi cuna, sino el único lugar del universo al que siempre regreso. A ella, a la Matanzas que conocí de niño y a la que hoy vuelvo solamente en la imaginación, siempre retornaba físicamente desde la primera vez que pasé un día fuera de ella. Esa primera vez fue en un viaje a La Habana de un día, cuando aún era muy niño. Después esos viajes se convertirían en rituales de cuatro o cinco veces por año. Nuestros viajes a La Habana los hacíamos en el automóvil de alquiler del “Tío”.

El “Tío”, cuyo nombre verdadero nunca supe, era un señor canoso y muy serio, aunque se animaba con el enredo que siempre formábamos mi hermano mayor y yo. Alguna que otra vez dejaba que tanto yo como mi hermano agarráramos el timón con la mano izquierda, razón por la que nos disputábamos el asiento de pasajero del frente. Eso era solo posible en las secciones rectas de la Carretera Central y en el viaje de ida, por las reglas que imponía mi padre.

El “Tío” y un español llamado Ventura, eran los dos únicos choferes de alquiler que recuerdo conocer en persona. Había otro apodado “Gavetón”, a quien nunca traté personalmente, de lo que mucho me alegro. Nunca tuve buenas referencias de “Gavetón”.

El auto de Ventura era negro y cuadrado y hubiera podido usarse para una película sobre la mafia de los años treinta, o como limosina funeraria. Ventura era ceremonioso y usaba una gorra negra de chofer. El Obispo de Matanzas, siempre usaba los servicios de Ventura. Del auto que conducía el “Tío”, no recuerdo la marca ni el color, pero era más nuevo y aerodinámico que el de Ventura. El “Tío” estaba en la “piquera” de la acera norte del Parque de la Libertad, frente al Casino Español, el Liceo y el Hotel y cine Velasco.

El automóvil más antiguo que había en Matanzas durante mi niñez era uno que repartía y recogía ropas para una tintorería llamada “El Novator”. El señor que hacía ese trabajo cubría su cabeza con un sombrero de pajilla, de los que para ese entonces usaban solamente Desi Arnaz y Maurice Chevalier. Algunos entre mis compañeros de juego del Parque de la Libertad afirmaban que si cuatro o cinco de nosotros nos agarrábamos con fuerza a la defensa trasera, el carrito del “Novator” no podría arrancar. Por si las moscas nunca lo intentamos. El auto del “Novator” era digno de estar en una vieja foto de la línea de montaje de Henry Ford, al lado de un modelo “T”.

Cerca de la esquina suroeste del Parque de la Libertad y en la acera opuesta, vivía César Casas, político del Partido Auténtico, prestigioso y conocido. Por esas latitudes también se podía encontrar otro activista auténtico, aunque de otra categoría muy diferente: un negro viejo, gran admirador del entonces Presidente Ramón Grau San Martín. El viejo se llamaba nada menos que Fidel.

Fidel ofrecía arengas políticas gratis a quien lo quisiera escuchar y en ocasiones se veía rodeado de curiosos. En una oportunidad un muchacho joven y con ganas de fastidiar, le sacó a Fidel una botellita que guardaba celosamente en el bolsillo trasero del pantalón. Fidel protestó lastimeramente declarando que el frasco contenía una medicina que necesitaba a diario. El chusco contestó que se la devolvería en el acto, lo que hizo, pero no sin antes derramar un chorrito en el pavimento del parque y ponerle un fósforo. La breve llamarada iluminó la esquina del parque y la risa fue general.

Una vez otro hombre, también de la raza negra pero más joven que Fidel, se apareció en el parque con una diadema de plumas al estilo de “Crazy Horse”. En menos tiempo del que lo describo, amarró una soga a un banco anclado al pavimento y el otro extremo a un farol al que se subió como un gato, de manera que la cuerda floja quedara inclinada. Entonces se encaramó en la soga y empezó a subirla desde el banco, llevando en cada mano un mechero encendido. Empezó a gritar: “Miren toos, la lú de la candela, que hace peddé el equilibio”. Momentos después se apareció un policía que le ordenó bajarse, por no haber solicitado permiso para el acto. Mientras tanto varios niños con jarritos de lata pedían a los curiosos una contribución “para el indio negro”.

El Parque de la Libertad, situado al oeste del Palacio Municipal, brindaba amenidades para adultos y chicos por igual. En las tardes de los sábados y domingos dos bandas de música deleitaban a todos, una del Municipio y la otra del Ejército. Ese parque era el epicentro de mi primera infancia. Allí hice amistades de por vida con muchos otros, a pesar de que con la misma facilidad que jugábamos nos peleábamos. Estas reyertas eran frecuentes, pero inocuas. Al día siguiente jugábamos juntos de nuevo como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, había otro niño llamado Ramoncito, con quien peleaba a diario. Su padre era español. Ramón era más corpulento que yo y era él quien iniciaba las broncas. Más de una vez mi hermano mayor “sacó la cara” por mí, para evitarme una paliza. El padre del otro, quien lo llevaba al parque, nos veía peleando pero nunca intervenía. En la última reyerta sin embargo, agarré al gordo por el pelo con la mano izquierda y bajándole la cabeza, pude darle en la cara tres buenas derechas, Entonces el padre intervino por la primera vez: “¡Ramuncitu, lor niñus buenus nu se fajan!”

No recuerdo ser agresivo de niño, pero era demasiado imprudente aún para mi edad. En una oportunidad descendí del segundo piso de mi casa hasta patio del primero, agarrándome de una enredadera desde el balcón interior. Creía que podía emular a Tarzán. Por supuesto la enredadera no aguantó mi peso y caí en la higuera que había sembrado mi abuelo paterno en un cantero. Estaba magullado, avergonzado y con un tremendo susto, pero todavía en una pieza. Milagrosamente no sufrí fracturas.

El origen de mi pasada y superada agresividad la achaco a un incidente académico. Fui educado en mi casa hasta el tercer grado. Mis padres de común acuerdo con el director de la escuela donde finalmente me matricularon, decidieran pasarme del cuarto grado directamente al sexto. No dudo que esa promoción me ayudara en el aspecto didáctico, pero en el orden social fue un gran desastre. Los otros alumnos resintieron la presencia del advenedizo “sabelotodo” y me hicieron la vida imposible dentro y fuera de la clase. En ocasiones no quería ir a la escuela, pero sin decírselo a mis padres enfrenté a la difícil situación lo mejor que pude. Sucedió que llegué a ser el primero de mi clase en virtud de haber obtenido el mejor resultado de la escuela en el examen de admisión al Bachillerato. En la ceremonia de fin de curso en el teatro “Sauto” de Matanzas, varios condiscípulos entre quienes me habían hecho la vida difícil, vinieron a felicitarme.

Eso debió haber sido el final de todo, pero infortunadamente no lo fue. Si fui un niño precoz, fui aún más precoz haciéndome hombre. Durante los meses del verano crecí y me desarrollé casi a la misma estatura de hoy (teniendo en cuenta que a los 83 mido dos pulgadas menos de estatura). Era entonces tan fuerte como un hombre, pero carente del sentido común que da la madurez. En consecuencia, quería desquitarme de los presuntos “agravios” y busqué en vano a los perpetradores. Solo encontré a uno sentado en la puerta de una iglesia en Milanés, frente al Instituto de Matanzas. Frenético, lo insulté profusamente sin reacción alguna de su parte. Poseído de furia irracional me alejé del lugar a paso ligero. Entonces empujé a otro señor quien nada tenía que ver con mi porfía, pero el que no se apartó prontamente de mi camino. Este se defendió con una cuchilla y aunque fue a dar a la cuneta, yo terminé con una cortada en la falange del dedo medio de la mano derecha. A pesar de los años transcurridos, aún puedo ver la cicatriz. ¿Culpa de hormonas revueltas? No, culpa de un muchacho malcriado y atrevido quien tuvo suerte de que no lo mataran ese día.

En mi juventud, Matanzas era una verdadera mina de muchachas atractivas, bonitas e inteligentes. Esa fue la revelación más agradable de mi temprana juventud. Mi madre era profesora de educación física en la Escuela Primaria Superior Número Uno de Matanzas. Después fue profesora en la Escuela del Hogar de Matanzas. Algunas de sus antiguas alumnas la siguieron a la Escuela del Hogar, entre ellas una amiga quien enviudó hace años y actualmente vive solita en New Jersey a los 89 y aún conduce su auto. No es de extrañar que yo regresara a Matanzas en diciembre de 1959, para casarme con otra de las antiguas alumnas de mi madre.

Siempre me intrigó el origen de la costumbre de pasear alrededor del Parque de la Libertad, los jóvenes a favor de las manecillas del reloj y las muchachas en la dirección opuesta. Algún tiempo después supe que eso era de uso común en otros centros urbanos del interior de Cuba. La idea de cortejar al aire libre y sin el pesado lastre de una chaperona, me pareció genial. En una ocasión regresando a mi casa desde el parque, vi en la puerta de su residencia a mi futura esposa. Desde ese instante dejé de dar vueltas. Una nota curiosa: el cura que me casó eventualmente dejó el sacerdocio y es el finado esposo de mi amiga de New Jersey.

Uno de los testigos de la boda, Antonio Pérez Alonso, jefe de ventas del negocio que me empleaba en La Habana, en conversación con las tías de mi novia dijo que no sabía que en Matanzas hubiera tantas mujeres lindas. Así es que no estoy solo en esa opinión.

No es procedente cubrir aquí mis trágicas experiencias y extraordinarias bendiciones ocurridas desde que salí de Matanzas por la vez postrera. Aunque haya transcurrido la mayor parte de mi vida en California, el capítulo más memorable de ella discurrió entre los ríos San Juan y Yumurí. El parque de la Libertad, presidido por una estatua de José Martí y el símbolo de la libertad rompiendo las cadenas, con el Palacio Municipal y la majestuosa bahía en un segundo plano los veo a diario. La foto panorámica está colgando de la pared este del dormitorio, sobre el mueble del ordenador. Es obsequio de una buena amiga y tía de uno de mis yernos. Podría ver esa añorada escena hasta con los ojos cerrados.

Podría ver esa añorada escena hasta con los ojos cerrados.

 

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