VIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(20 de agosto de 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Considerando la variedad de tiempo, lugar y carisma de la “autores sagrados” vemos una unidad temática en las tres lecturas de la Liturgia de la Palabra de este domingo, y éste es el del LLAMAMIENTO dirigido por Dios a quienes no pertenecen al pueblo judío cuyo llamado, sin embargo, es referido por san Pablo en su carta a los Romanos como irrevocable, así como los dones otorgados por Dios al Pueblo de la Antigua Alianza; “privilegio” de elección y “misterio” del rechazo de Israel a Cristo.

En la primera lectura (Isaías 56, 1.6-7), Dios declara por su profeta: “Mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos”. En el evangelio vemos cómo Jesús alaba la fe de una mujer extranjera y cura a su hija. (Mateo 15, 21-28) “Al desobedecer ellos (los judíos), dice san Pablo (Romanos 11,13-15.29-32), habéis obtenido (los paganos) misericordia”, aun cuando Israel sigue conservando misteriosamente un puesto de preferencia dentro del plan de Dios.

“Observar el derecho” y “practicar la justicia” (comienzo del texto de Isaías) son mandatos universales de nuestra naturaleza creada y forman parte de nuestra vocación o llamada como miembros de la humanidad; vocación que, respondida y puesta en práctica, nos “humaniza”. A dones universales, respuestas universales como miembros de una misma FAMILIA HUMANA; actitud y compromiso básicos para merecer los “dones” recibidos al ser “creados”. Porque partimos de nuestra condición de criaturas llamadas a la filiación, filiación que Cristo selló por y para nosotros en la Cruz.

Dios otorga “dones irrevocables”: Así como los otorgó a Israel, y los mantiene a pesar de su infidelidad al plan de Dios en Cristo; así los otorga a todos los “bautizados en la sangre de Cristo” y los mantiene a pesar de nuestros pecados.

Por último, Dios nos reclama la Fe para otorgarnos la sanación y la plenitud de la Gracia que nos ofrece en plenitud. El encuentro con la mujer cananea nos muestra esa necesidad y como Dios nos “reta” a creer, a creer confiando totalmente, a creer con una “gran fe”. Nada sustituye el encuentro personal y directo con Jesús, y este encuentro pasa por la “búsqueda”, con “humildad”, y en actitud “dialogante”, aunque haya que gritar y llamar la atención de todos, pero que Jesús nos oiga y sepa que lo buscamos y lo necesitamos. Todas son condiciones necesarias, indispensables para recibir y poseer la FE VIVA. -Que, como le dice Jesús a la mujer cananea que, a todo trance, suplica la sanación para su hija; podamos oírle decirnos, también a nosotros: “¡Qué grande es tu fe! : Que se cumpla lo que deseas… Y quedemos curados, sanados para siempre.

 

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