LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR (Domingo 6 de agosto de 2017 – 18vo. del tiempo ordinario)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

La Solemnidad que celebramos hoy nos propone la contemplación de un misterio de nuestra fe que, a su vez, nos introduce en el ámbito de la Revelación; revelación de la divinidad de Jesús “el Cristo” y de su propósito de asociarnos al misterio de su “glorificación”, misterio al que hemos sido incorporados en el Bautismo.

Por medio de la transfiguración de Cristo en la montaña, los discípulos pudieron contemplar su gloria y hacerse capaces de comprender el misterio de la crucifixión libremente aceptada, y de proclamar que Cristo es el resplandor de la gloria del Padre. Esta fiesta tiene su origen en la dedicación de las iglesias edificadas en el monte Tabor. Encontramos indicios de la celebración de esta fiesta ya en el siglo VI.

En el relato de la Transfiguración, el evangelista hace notar la blancura resplandeciente de las vestiduras de Jesús (Mateo 17, 1-9), “su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Hay en ello una alusión a la visión de Daniel que nos ha narrado la primera lectura (Daniel 7, 9-10, 13-14): Jesús se identifica a la vez con Dios, cuyo vestido es “blanco como la nieve”, y con el “Hijo del hombre, a quien se dio honor y reino”.

La epístola o segunda lectura (II Pedro 1, 16-19) da testimonio de la importancia con que la primera generación cristiana se refería a la Transfiguración de Jesús, como hecho y misterio, y como cimiento de nuestra fe. La Transfiguración, pues, no es un hecho aislado o una simple preparación para la dura experiencia de la Pasión, tanto para Jesús como (y, sobre todo) para los discípulos; es también (y más aún) la manifestación y un desbordarse de la divinidad que ya no puede permanecer más oculta ante la inminencia de la Pasión humillante, derrota en apariencia, destinada a transformarse en el triunfo glorioso de la Resurrección. Después de su resurrección, Jesús sería ya, y para siempre, el Cristo y Señor de la Gloria.

El hecho y misterio que hoy celebramos tiene que ver con la esperanza de la Iglesia, ESPERANZA de la plenitud y de la “vida futura”. Los cristianos no nos limitamos a celebrar efemérides, o fechas notables: Celebramos los “misterios de nuestra fe”. La Transfiguración cae en esta categoría.

¿Por qué celebrar de nuevo algo que cada año meditamos el segundo domingo de Cuaresma? Yo diría que, más que repetir o celebrar una fiesta antigua relacionada con lugares de culto, al celebrarla actualizamos un misterio que, junto con el Bautismo del Señor, nos invita a entrar en la “nube” de la intimidad con Dios y nos relaciona con la larga tradición del Pueblo elegido (Moisés y Elías). La “Ley” y los “Profetas” son actores siempre vivos de un pueblo que peregrina en la Tierra pero que tiene su mirada puesta en el Cielo, destino de gloria y plenitud al que Dios nos ha destinado desde su llamada, desde nuestra vocación a ser su Pueblo, el Pueblo de la Nueva Alianza.

 

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