LA MALDITA ESTIRPE COLONIAL

Por Hugo J. Byrne

No tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la probable ingratitud de los hombres

(Martí al General Gómez, al ofrecerle el comando insurrecto de 1895).

En un reportaje gráfico que me llega por la red de una publicación llamada “El Toque”, que no conozco, aparecen dos o tres fotos de la casa hoy casi en ruinas donde muriera el Generalísimo Máximo Gómez y Báez. Sería muy mezquino de mi parte no elogiar el texto que acompaña a las fotos.

A diferencia de cuanto pudiera esperarse de agradecimiento histórico hacia el prócer que más contribuyera estratégicamente a la independencia política de la República de Cuba, el reportaje enfatiza el estado de depauperación y abandono de ese lugar. Por razones de respeto a posibles derechos de autoría no reproduzco las fotos. Sin embargo, describo una a continuación, con la amargura de quien aún siente suyo el tormento de la patria en servidumbre, forzada entre muchas otras miserias, a la máxima vergüenza de olvidar a sus legítimos forjadores. Esto fue lo que nos legó la hedionda prole del gallego Ángel Castro.

Hay una que simboliza lo que de verdad representa Máximo Gómez para esa maldita estirpe colonial que explota y oprime a Cuba nuevamente desde enero de 1959. A la izquierda y en primer plano, se puede apreciar un depósito de basura abierto. En segundo plano, la esquina de la casa donde el estratega de la victoria cubana de 1895 exhalara su último aliento.

Prominente, sobre un crudo pedestal de cemento carcomido por el tiempo, expuesto a los rayos del sol y rodeado de escombros y basura, puede verse un renegrido, grotesco busto del Generalísimo. La crónica, que describe el busto como “macrocéfalo”, refiriéndose quizás a que es mayor que el tamaño real, es por lo demás bien justa y refleja la espantosa verdad. Está bien escrita y transpira la ofensiva realidad de semejante abandono.

Para el Madrid de Antonio Cánovas, el General Gómez era la suma infame de todas las maldades. Nunca le perdonaron que hiciera sus primeras armas en las filas coloniales y que después se convirtiera en el azote de las mismas. Nunca le perdonaron a este criollo la marcialidad castrense que caracterizó sus estudios en la Academia Militar de Zaragoza, superando en todo a los peninsulares de su clase.

Pero por sobre todo nunca le perdonaron su victoriosa ofensiva de 1895, convirtiendo a la Colonia Española de Cuba que hasta ese momento consistía en un jugosísimo negocio para el Imperio, en la más colosal de las pérdidas. Infortunadamente no poseo el material recopilado por mi tío Juan D. Byrne (1885-1958) en preparación para una biografía del Generalísimo Gómez. En el mismo año de su muerte, Juan Daniel entregó todos esos documentos históricos al Archivo Nacional. ¿Qué haría el castrismo de los primeros años con toda esa extraordinaria información? Quién sabe. Puede que hoy sea complemento adecuado a los escombros de esa vieja casa del Vedado, que un día fuera residencia del General Gómez.

Sin embargo, puedo recurrir a las impresiones de sus contemporáneos. El primero en esa lista debe ser su oponente en la guerra, ya que la opinión del enemigo suele ser el rasero adecuado en que se mide la real importancia de un guerrero. El Capitán General Arsenio Martínez Campos hizo cuanto humanamente pudo por detener la ofensiva de 1895. Político influyente en Madrid y soldado aguerrido, el general valenciano fue capaz de suprimir la insurrección cubana en la Guerra Grande. En el 95 buscaba afanosamente un honroso empate para propiciar un armisticio similar a El Zanjón: esta vez no lo logró.

Digno e íntegro, Martínez Campos envió su renuncia a Madrid aún antes de la entrada triunfal del Lugarteniente General en Mantua. Se sabía derrotado en buena ley. Cuando otro oficial le enviara una carta regocijada tras la caída de Maceo en diciembre del año siguiente en Punta Brava, el ex Capitán General no se sintió impresionado: “Dice usted que la muerte de Maceo significa el desplome de los mambises, porque ha caído el león insurrecto. Concuerdo que el mulato era un león, pero en lo demás se equivoca usted completamente. Porque mientras viva el viejo zorro no tendremos descanso.”

En su carta-renuncia a Cánovas, Martínez Campos admite: “Aún si los insurrectos son derrotados en campaña, o forzados a la rendición, mi opinión sincera y leal es que… con o sin reformas, les ofrezcamos perdón o exterminio, tendremos otra guerra en diez años; y si no hacemos otra cosa que desangrarnos, tendremos otra y después otra. ¿Puede España continuar ese ciclo indefinidamente?”

Citaré a otro extranjero cuya opinión de Gómez no podía basarse en el estudio de su estrategia, pues a pesar de figurar en la historia como uno de los soldados más agresivos y exitosos en la historia de Estados Unidos, al conocer a Gómez era un simple aventurero voluntario a la guerra por nuestra independencia: Frederick Funston.

Vencedor de Victoria de las Tunas en 1897, futuro Brigadier General del Ejército Libertador de Cuba, futuro General del Ejército de Estados Unidos y único general recipiente de la Medalla de Honor en la campaña de Filipinas (donde capturara al Presidente filipino Emilio Aguinaldo), Jefe del Cuerpo Expedicionario de Estados Unidos en Veracruz y Jefe de “Presidio” en San Francisco, durante el terremoto y el voraz incendio de 1906 (el que controlara con explosivos). En su primera conversación con el General Gómez, Funston, hombre parco en sus elogios, lo describe así: “parecía un hombrecito insignificante hasta que se apreciaban sus ojos, por los que echaba fuego.

Funston, quien llega a territorio cubano en el famoso remolcador “Dauntless”, junto a dos piezas de artillería, es asignado a esas armas. A través de un intérprete Gómez le pregunta: “¿Qué sabe usted de cañones?” Funston responde “casi nada”. Gómez contesta: “bueno, usted no puede ser peor que el último americano que entrevisté, quien afirmaba saberlo todo y… sabía mierda”.

El tercer extranjero que deseo mencionar aquí es el Coronel del Ejército Libertador de Cuba, Orestes Ferrara Marino. A diferencia de los otros dos, no creo que por lo menos entre los lectores de mi generación nadie necesite detalles de su extensa y fructífera vida. Sin embargo, admitiendo que no quedan muchos de mi generación, debo aclarar que Ferrara era nativo de Nápoles, Italia. Hombre de letras, interrumpió sus estudios para ir de voluntario a Cuba en armas y se distinguió por su arrojo, cruzando valles y maniguas a campo traviesa, sufriendo fiebres y el inminente acoso de las columnas españolas, hasta encontrar casi milagrosamente una partida de alzados que lo llevara al campamento del General Gómez. Casi coincidiendo con las hostilidades entre Washington y Madrid, Ferrara se distinguió en diversos combates y se ganó la confianza absoluta de Gómez. Sobre sus relaciones con este último, escribió este “condotiero sin paga”, una memoria interesante y aleccionadora.

Ferrara hizo una carrera espectacular en la vida republicana de Cuba: graduado en leyes en la Universidad de La Habana, de la que fue maestro en esa disciplina, fue juez, periodista, político y escritor extraordinario. El napolitano escribió la mejor biografía del Papa Alejandro VI (en mi nada humilde opinión), la que titulara “El Papa Borgia”. Esta obra, traducida a varios idiomas, es una joya literaria. He leído la biografía del mismo personaje por Clemente Fusero y no se le aproxima.

Representante por Las Villas, Presidente de la Cámara, Embajador en Washington y Presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de Gerardo Machado, Editor del “Heraldo de Cuba”, primer periódico de circulación nacional en Cuba republicana, constituyente de 1940, Ferra fue quizás el personaje más polifacético de nuestra historia. ¿Quién era siempre su héroe? Máximo Gómez.

Soldado entre soldados, Gómez siempre personificó el ideal del legítimo patriota. Pudo ser nuestro primer presidente y sacrificó cualquier aspiración personal a la causa que representaba. Pudo aspirar a la jefatura del Ejército y prefirió pasar a la historia como Jefe supremo en la Guerra. Aceptó la doble nacionalidad (cubana y dominicana) para evitar el siempre despreciable trampolín político. En otras palabras, Máximo Gómez y Báez era antípoda de Cánovas, Franco o Castro. Por eso su busto en el Vedado permanece rodeado de inmundicia.

 

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