LA CIENCIA DEMÓCRATA

Por Hugo J. Byrne

La prensa dominada por la izquierda “liberal”, o de “main stream” en Estados Unidos, mantiene su campaña por desestabilizar a la presente administración. Su continua crítica del presidente cubre una gama muy diversa y hasta contradictoria. El más reciente ataque es en el tema del medio ambiente y la denuncia oficial de Trump de los acuerdos del llamado “Tratado de París”, convenio que Estados Unidos ya no acatará.

Dos eventos ocurridos a raíz de esa decisión del Ejecutivo americano llamaron mi atención. El primero fue un abortado debate entre el Presentador de Fox News Tucker Carlson y un “ambientalista” cuyo nombre no recuerdo. El otro fue la comparecencia del ex vicepresidente Al Gore en el programa de Chris Wallace de los domingos, también en Fox.

Afirmo que el debate de Carlson fue abortado, porque el otro señor fue incapaz de responder una pregunta bien simple, razón por la que ni siquiera recuerdo su nombre. La pregunta fue repetida al menos tres veces y, al final, quedó sin respuesta. Por regla general recordamos muy bien los nombres de aquellos individuos cuyas palabras o acciones nos impresionan. El resto merecidamente se confina al rastro del olvido.

En la entrevista con Gore, a quien hace años bauticé quizás injustamente como “Masa Boba”, sí hubo respuestas, aunque fueran fantásticas. Gore es un viejo politicastro quien tiene tantas respuestas como hay conejos en el sombrero de un mediocre mago de teatro. El problema es que sus respuestas son carentes de sentido común.

El frustrado debate de Carlson trajo a colación el viejo y desacreditado argumento sobre la opinión de la mayoría en la llamada “comunidad científica”. Nos aseguran que más del 90% de los hombres de ciencia de hoy “cree” en el “calentamiento global”. Sería dado preguntar, ¿cómo llegaron a esa conclusión y es ese tema relativo a la fe, o a la ciencia?

En primer lugar, el debate no es sobre si hay o no calentamiento o enfriamiento terrestre, sino en qué medida este es creado o afectado por la acción humana. Un servidor de los lectores no es científico, pero sí lo suficiente atrevido para asomarme a esa “ciencia demócrata”, religión reaccionaria que no es nueva y que ha encontrado su sumo pontífice en el ex presidente Gore (Bergoglio antes de Bergoglio)...

Como en el caso de otras notorias iglesias, la de Gore es altamente productiva… para Gore. Su “documental”, “Una Verdad Inconveniente”, ha sido muy conveniente para Gore, quien ganara millones de dólares con él y recibiera inmerecida popularidad por sus predicciones absurdas de hecatombes del medio ambiente que nunca ocurrieron.

Este novel “Nostradamus” de la hecatombe anunció en 2006 que la Península de Florida sería tragada literalmente por los océanos, en diez años o menos, debido a la subida del nivel del mar, causada por calentamiento. ¡Qué suerte vivir en Pasadena, aunque sea cerca de la notoria “Falla de San Andrés”! Es posible sobrevivir un terremoto de siete puntos, pero nunca un maremoto de esa categoría.

Cuando Wallace le recordara su ridícula y fallida predicción, la respuesta de Gore merecería formar parte una antología de barbaridades: “He visto peces nadando en las calles de Miami”. ¿Los ha visto usted, amigo lector y residente de allí? He visto a un diminuto pez literalmente caminar por el fondo de una pecera con cuatro pequeñas aletas a guisa de patas. Me dijeron que los llamaban “dog fish” (pez perro). Lo contrario nunca lo he visto. Pero, paciencia: “Una Verdad Inconveniente II” está a punto de ser estrenada en un cine cercano. Quizás Gore los viera justamente después del paso de un ciclón, en cuyo caso no estaban “nadando” en las calles, sino en el agua que las cubría.

El primer “documental” de Gore fue citado por sus cófrades demócratas tratando de aprobar el fracasado proyecto de Obama llamado “Cap and Trade”. Por suerte ni siquiera la mayoría demócrata en el Congreso del 2009 sancionó esa monstruosidad...

Un tema que siempre me ha fascinado es la idea peregrina de que en cuestiones de ciencia, la opinión mayoritaria nunca debe ser cuestionada. Es decir, que debemos acatar una especie de democracia “científica”, en la que el mandato de la mayoría sea inapelable ¿Por qué no? ¿Acaso Marx no demostró las “virtudes intrínsecas” del “socialismo científico”?

Las lecciones de la historia, disciplina de la que sí conozco algo, indican que ella está repleta de momentos en que brillantes investigadores probaran individualmente que la “comunidad científica” de entonces estaba errada. Podría mencionar a vuelapluma algunos nombres del pasado como Copérnico, Galileo, Colón o Luis Pasteur. Como en todo lo demás fueron esos los que enfrentando prejuicios y el obstáculo de envidiosos e ignorantes, alcanzaron una vida mejor para la humanidad.

Copérnico y Galileo encararon prisión, abuso y maltrato. Galileo fue forzado a abjurar sus conclusiones, afirmando en público que el sol giraba alrededor del la Tierra. Pasteur sufrió persecución sañuda de los ignorantes. Colón prevaleció sobre los seudocientíficos “sabios” de Salamanca. Pero sus victorias finales sobre el obscurantismo de las “comunidades científicas” de sus tiempos fue una realidad que nos benefició a todos.

¿Están ocurriendo cambios atmosféricos? Siempre han ocurrido. Los dinosaurios, hasta donde sabemos, se extinguieron bastante antes de que el Homo Sapiens o sus antepasados hicieran su aparición en este planeta. Por lo tanto la vida humana y sus consecuencias en nada contribuyeron a su desaparición. Sin embargo, recuerdo haber visto “hombres de las cavernas” montados en dinosaurios en las tiras cómicas de “Trucutú”. Sospecho que el abofado ex vicepresidente extrae de ellas sus profundos conocimientos meteorológicos y arqueológicos. En honor a la justicia, no creo que Gore “crea” mucho en su propio evangelio. ¿Por qué dudo de la fe “Gorista”? Veamos.

En primer lugar, la política “ambiental” es un negocio jugoso. No es que Gore no sea buen negociante en todo lo demás. Cuando se postulara para Vicepresidente en 1992, el entonces senador declaró un capital neto de entre $700,000.00 y 1.9 millones. No era una suma despreciable, aunque no multimillonaria. Esa cantidad incluía su residencia de Arlington, Virginia, valuada en el mercado de entonces entre $275,000 y medio millón. No tengo idea de cuánto poseía en 2001 al dejar la Vicepresidencia.

Hoy el ex vicepresidente Albert Gore tiene un capital neto de casi $180, 000,000.00, rivalizando con el del ex candidato presidencial Mitt Romney, tan vilipendiado por su riqueza en el 2012 y varios otros políticos de ambos partidos. Realmente había masa, pero no era “boba”. Para dar una idea de la capacidad comercial de Gore, su capital neto creció hace tres días (Junio 2 del 2017) la friolera de $235,000.

Gore posee una cantidad respetable de mansiones que utilizan cada cual diez veces más energía que la que puede consumir el amable lector promedio en su vivienda. Se desplaza no en primera clase, sino en un “gas guzzling” jet privado, quizás sólo para evitar las trifulcas y malos tratos de la tripulación a la que nosotros los “pelados” estamos expuestos en esta época. Cuando “Current TV” fuera comprada por Al Jazeera en el 2013, Gore era poseedor de un 20% de sus acciones. De los $400 millones de esa transacción Gore retuvo $70 millones netos.

Gore es accionista importante de “Apple” y de “Google”. Como el notorio George Soros, posee valores de “Hedge Funds”. Después del éxito de su “documental”, el ex vicepresidente cobra entre $150,000 y $200,000 por cada discurso o conferencia ambiental. ¿Desea invitarlo a hablar sobre calentamiento? Se va a calentar cuando reciba la cuenta.

 

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