DUODECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(25 de junio de 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

“NO TENGAN MIEDO”: …”nada hay encubierto que no llegue a descubrirse”…; “a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”…; “ustedes valen más que los gorriones…”. Jesucristo nos exhorta hoy en el Evangelio a no temer a los hombres y sus maquinaciones; reacción frecuente en este mundo de violencias y malas intenciones, donde el cinismo va apareciendo como respuesta a la deshonestidad y la corrupción de los hombres.

El pecado entró en el mundo por un rechazo del hombre a Dios y a su plan; porque Dios nos creó desde el Amor, o sea, desde su misma naturaleza.

Hoy nos encontramos con el “pavor” de Jeremías, que se ve rodeado de asechanzas malignas, de conspiraciones. Toda conspiración contra el justo viene del “Príncipe de las tinieblas, del espíritu del mal” y se asocian a él quienes lo imitan en su obrar, en su obrar el mal. Pero Dios “libra la vida del pobre de manos del impío”. (Jeremías 20, 10-13).

En el Evangelio (Mateo 10, 26-33) Jesús instruye a los apóstoles que había designado, para que tengan valor ante las contradicciones y confianza ante los fracasos. Ellos habrán de dar testimonio de Jesucristo ante los hombres con su propia vida. El martirio (testimonio supremo hasta dar la vida) será la respuesta de los cristianos en fiel seguimiento a su Maestro que se entregó a la muerte por nosotros.

San Pablo nos enseña, al entrar en la explicación del tema principal de su Carta a los Romanos (Rm. 5, 12-15), que la nueva vida cristiana produce una triple liberación: “de la muerte y el pecado, por la gracia de Cristo, nuevo Adán”, “del propio yo mediante la unión con Cristo”, y “de la antigua Ley”. Por un hombre entró el pecado en el mundo, en la creación, y por un hombre, “Cristo”, entró la gracia redentora que conduce a la NUEVA VIDA EN CRISTO.

Cuando Jesús nos habla de “no tener miedo” está hablando de una experiencia propia, ya conocida de antemano y a la que se va a someter como parte del plan de redención en favor nuestro; también El padeció el miedo, como podemos ver en su experiencia de la “agonía del huerto de los olivos” donde sudó sangre, expresión de miedo y angustia, de pavor ante la pasión que ya comenzaba.

Juan Pablo II comenzó su ministerio petrino exhortándonos a todos a no tener miedo; alentándonos a abrir las puertas a Cristo. El mundo lo oyó, pero no todo el mundo escuchó la intensidad de su llamada que, viniendo de alguien proveniente de la Iglesia evidentemente perseguida, como lo era la polaca de aquellos días, poseía una fuerza inigualable. Sus palabras sonaban auténticas y proféticas. No existe otro camino para vencer el mal y el pecado, las persecuciones evidentes u ocultas, con frecuencia más dañinas y siempre tenebrosas, como las obras del mal, del “espíritu de las tinieblas”.

No tengamos miedo, la fortaleza no nos llegará como el producto de un ejercitarnos o de una técnica espiritual, sino de la “gracia”. No temamos a los hombres; seamos testigos de la verdad siguiendo al “Verdadero”, “al único que nos dice la verdad”: porque “El ES LA VERDAD”.

 

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