LO QUE PASÓ EN LA ISLA

Por Esteban Fernández

Un hombre malo, muy malo, terriblemente malo, tenía una capacidad enorme para mentir, para engañar, para convencer a todo el mundo de sus buenas intenciones.

Joven, fuerte, abogado, orador histriónico, atrevido y capaz de producir hechos heroicos sin arriesgarse a recibir ni un solo arañazo.

Muy difícil encontrar en todo el mundo y en la historia universal a un monstruo que no posea un solitario escrúpulo. Este tipo era uno de ellos.

En su intento por apoderase de una nación se le unieron buenos y malos. En la distancia a la mayoría le pareció que él y sus seguidores eran todos magníficos combatientes. Los malos eran los que usurparan el poder un 10 de marzo del año 52.

Él mismo se acreditó un triunfo que en realidad era muy parecido al obtenido por el boxeador Sugar Ray Leonard cuando ganó la pelea al Roberto Durán decir el famoso “No más”.

A sus adversarios dentro de las filas revolucionarias los fue eliminando usando miles de artimañas. Los buenos -dentro o fuera de sus seguidores- se fueron (o él los fue) apartando. Algunos (casi todos) habían luchado por lograr la victoria mucho más que él. Pero NINGUNO poseía su falta total de reparos ni remilgos.

Al barrer con los buenos entonces los malos y los oportunistas hacen ola. Casi me atrevería a decir que los perversos casi fueron un millón. Quizás más, quizás menos, pero los suficientes para auparlo y ayudarlos a destruir completamente a un país.

Claro está que la gente decente hizo esfuerzos descomunales para quitarse de encima ese engendro del mal que les cayó encima. Lucharon, guerrearon, murieron, fueron a cumplir largas condenas de cárcel, y en cantidades record abandonaron a la nación.

El hombre más taimado del mundo moderno logró el apoyo de todos y cada uno de los H.P. que la Isla parió. Los vistió de verde olivo, le dio uniformes de milicianos, los hizo ministros, les dio grados de coroneles y generales y a algunos hasta los hizo millonarios. A los demás canallas les dio migajas y ciertas prebendas. Mientras, torturar era un acto de heroísmo.

A los asesinos les dio medallas. Hizo de la delación un honor. Y del paredón de fusilamientos una solución de cualquier peligro cierto o imaginario.

Consiguió que en otras naciones implantaran e imitaran el horror que nosotros hemos -y seguimos- padeciendo. Individuos crueles e infames en todos los parajes le hicieron caso y siguieron sus órdenes.

Y este aborto de la naturaleza, el peor de los seres humanos (si es que “ser humano” se le pudo mal llamar) no conforme con una vida dedicada a desgraciar y desangrar a la patria que lo vio nacer, en su lecho de enfermo grave le da el encargo a su criado más fiel, a su terrible y despiadado hermano, para que se ponga al frente de todas las alimañas y gusarapos de Cuba para que siga la pulverización de la nación que un día fue próspera y feliz.

Y hoy en día ese monstruo se encuentra en un lugar extremadamente caliente donde todos en su entorno son bajos, astutos, depravados, malignos, ladinos, pérfidos, tramposos, pícaros, malvados y zorros donde no existe gente buena a la cual subyugar.

Pero yo tengo la tentación de pensar que en estos momentos se encuentra conspirando con los más perversos que ha dado la humanidad para darle un golpe de estado a Lucifer y hacerse cargo del infierno.

 

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